Siete años atrás
La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que Tomás apenas podía distinguir la carretera. Apretó el volante con la mano manchada de sangre y miró el reloj del tablero: 02:07.
El dolor en el costado le cortaba la respiración, un recordatorio constante del disparo que había recibido horas atrás.
El teléfono vibró sobre el asiento del acompañante. Tomás no quería atender, pero el aparato volvió a vibrar. Finalmente, lo tomó.
—¿Sí?
Durante unos segundos solo escuchó estática. Después, una voz de mujer.
—¿Seguís vivo?
Tomás miró el espejo retrovisor. Un automóvil negro avanzaba detrás de él, manteniendo la misma distancia desde hacía varios minutos.
—Sí. Logré salir.
—Entonces escuchame con atención.
—¿Quién sos?
—No importa. Lo que importa es que tenés que cambiar de ruta.
Tomás frunció el ceño, sintiendo el sabor metálico en la boca.
—¿Dónde está Ricardo?
Hubo un silencio del otro lado.
—Tomás, ya no podés confiar en nadie.
—¿Dónde está Ricardo?
—Ya sabe que sobreviviste al galpón.
El automóvil negro aceleró. Tomás volvió a mirar el espejo.
—¿Quién sos?
La mujer tardó unos segundos en responder.
—Alguien que intentó advertirte demasiado tarde.
—Decime tu nombre.
Silencio.
—Sofía.
Tomás sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con la herida.
—Eso es imposible.
—No tenemos tiempo.
—Sofía está con Valentina.
—Lo sé.
La llamada se cortó. Tomás intentó devolverla: número inexistente.
El automóvil negro se acercaba cada vez más. Tomás pisó el acelerador, ignorando la punzada de dolor en el abdomen, y el velocímetro pasó de cien a ciento veinte kilómetros por hora. La lluvia convertía el asfalto en una superficie resbaladiza y brillante.
Entonces el teléfono vibró otra vez. Un mensaje. Tomás lo abrió.
Era una fotografía. Valentina. Dormida en su habitación. La imagen parecía haber sido tomada desde el interior de la casa. Debajo, había una sola frase:
«Si querés que ella viva, esta noche tenés que morir.»
Tomás sintió que el pecho se le cerraba. Miró nuevamente el automóvil que lo seguía, y después observó la fotografía de la mujer que amaba. Durante unos segundos no hizo nada, solo escuchar el sonido de la lluvia y su propia respiración agitada.
Finalmente, redujo la velocidad. El automóvil negro hizo lo mismo. Tomás entendió que ya no estaba escapando: estaba llevando a quienes lo perseguían exactamente adonde quería.
Tomó el teléfono manchado de sangre y escribió un último mensaje.
«Deciles que acepto.»
Lo envió y después apagó el aparato. No sabía quién había enviado la fotografía, no sabía quién estaba detrás de aquella amenaza, y tampoco sabía si Ricardo lo había entregado.
Pero había una cosa que sí sabía: si querían que Tomás Vidal muriera aquella noche, tendrían que conformarse con una muerte que pudieran creer. Tendrían que conformarse con el cuerpo del hombre que Ricardo había preparado para reemplazarlo.
Porque él no pensaba morir. Pensaba desaparecer. Y para conseguirlo, tendría que convertirse en otro hombre.
Esa fue la noche en que Tomás Vidal murió. O, al menos, eso fue lo que todos creyeron.