La lluvia llevaba casi dos horas golpeando las ventanas cuando sonó el timbre.
Valentina levantó la mirada de la computadora. Eran las 23:47; nadie iba a visitarla a esa hora, y mucho menos un miércoles. Volvió a mirar la pantalla, intentando concentrarse en el artículo que llevaba tres horas queriendo terminar. El cursor parpadeaba al final de una frase que había reescrito seis veces.
Otro timbrazo. Esta vez, más largo.
Valentina suspiró.
—¿Quién puede ser?
Se levantó del sillón y dejó la computadora sobre la mesa. El departamento estaba casi a oscuras, solamente la luz de la cocina y el reflejo azulado de la pantalla iluminaban el living. Caminó hasta la puerta y, antes de abrir, miró por la mirilla. No vio a nadie. Frunció el ceño y esperó unos segundos.
Nada. Probablemente algún vecino se había equivocado de departamento.
Volvió a girarse para regresar al sillón. Entonces, el sonido la paralizó. Esta vez no fue un toque breve de timbre, sino tres golpes en la madera.
Lentos.
Secos.
Como si quien estaba del otro lado supiera perfectamente que ella estaba allí. Se acercó nuevamente a la puerta.
—¿Quién es?
Silencio.
—¿Quién?
Nadie respondió. Valentina sintió una incomodidad inexplicable y bajó la vista hacia el teléfono que llevaba en el bolsillo. Podía llamar a Sofía, o directamente a la policía, pero se sintió ridícula al pensarlo. Vivía en un edificio con seguridad las veinticuatro horas; además, había una sensación. Una maldita sensación de que ya había escuchado esos golpes antes. No sabía dónde ni cuándo, pero los conocía.
Apoyó la mano sobre el picaporte, lo giró y abrió apenas unos centímetros.
—¿Qué necesita?
No hubo respuesta. Abrió un poco más y entonces lo vio.
Un hombre estaba parado al otro lado del pasillo. Alto, mojado por la lluvia, llevaba una campera negra y el cabello oscuro pegado a la frente. Valentina levantó la mirada lentamente. Primero vio sus manos. Después, la cicatriz que atravesaba parte de su cuello. Luego, sus ojos.
Y el mundo dejó de tener sentido. El aire desapareció de sus pulmones; no pudo moverse ni hablar. El hombre tampoco dijo nada. Simplemente la miró, como si hubiera esperado siete años para volver a hacerlo.
Valentina retrocedió un paso.
—No...
El hombre tragó saliva.
—Hola, Vale.
La puerta casi se le escapó de las manos.
No. No podía ser. Había escuchado esa voz demasiadas veces. En sueños, en recuerdos, en grabaciones que había borrado y vuelto a recuperar más veces de las que podía admitir. Pero eso no era posible. Tomás Vidal estaba muerto. Había muerto siete años atrás. Valentina había visto las fotografías del accidente, había reconocido su reloj y había estado en su funeral. Había llorado hasta quedarse sin voz, intentando aceptar que el hombre que amaba no volvería.
Y ahora estaba allí. Frente a ella. Vivo. Respirando.
Valentina negó lentamente con la cabeza.
—No.
Tomás dio un paso hacia ella.
—Valentina...
—No me llames así.
Él se detuvo. Durante unos segundos ninguno dijo nada; solo se escuchaba la lluvia golpeando las ventanas del pasillo. Valentina sintió que las piernas empezaban a temblarle.
—Vos estás muerto.
Tomás bajó la mirada.
—Lo sé.
—Yo fui a tu funeral. Enterré tu ataúd.
Tomás levantó nuevamente los ojos.
—No era mi cuerpo.
Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué?
Tomás miró hacia ambos extremos del pasillo y su expresión cambió. Ya no parecía el hombre que había conocido. Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo huyendo.
—No puedo explicártelo acá.
—¿Siete años y eso es lo primero que me decís?
—Valentina...
—¡Siete años! —su voz rebotó por el pasillo.
Tomás hizo un gesto apurado para pedirle silencio.
—Bajá la voz.
Ella soltó una risa nerviosa.
—¿Que baje la voz? ¿Después de aparecer de la nada en mi casa?
—No estoy acá para hacerte daño.
—Entonces decime por qué estás acá.
Tomás la miró, y por primera vez Valentina vio algo que nunca había visto en sus ojos: miedo. No por él. Miedo por ella.
—Porque alguien sabe que todavía estoy vivo —dijo Tomás, dando un paso hacia adelante.
Valentina dejó de respirar.
—¿Quién?
Él no respondió. Miró nuevamente hacia el pasillo y después volvió a mirarla.
—Y ahora saben que vos también lo sabés.
Un ruido metálico resonó al final del corredor. Los dos giraron la cabeza. Tomás reaccionó inmediatamente: entró al departamento y cerró la puerta detrás de él.
Valentina retrocedió.
—¿Qué estás haciendo?
Tomás apoyó un dedo sobre sus labios.
—Apagá las luces. Ahora.
Valentina no se movió. Tomás la miró fijamente.
—Valentina, por favor.
Había algo en su voz. Algo que le recordó al hombre que había amado y que había perdido. Sin entender por qué, Valentina caminó hasta la cocina y apagó la luz. El departamento quedó completamente oscuro. Tomás se acercó a la ventana y miró hacia la calle mientras ella permanecía inmóvil detrás de él.