El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 2: El hombre que murió

Los golpes volvieron a sonar. Valentina no apartaba los ojos de Tomás, quien permanecía frente a ella, inmóvil, con la respiración contenida.

—¿Quién es? —preguntó ella.
Tomás negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Valentina lo miró incrédula.
—¿Cómo que no lo sabés?
—No lo sé.
—Entonces abrí.
Tomás levantó una mano.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si fuera alguien que viene a buscarme, no quiero que sepa que estoy acá.

Valentina soltó una risa nerviosa.
—Tomás, estás parado en mi departamento.
—Lo sé.
—¿Y querés que crea que nadie va a darse cuenta?
—Quiero que pensemos antes de hacer algo.

Ella cruzó los brazos.
—Vos no tenés derecho a decirme qué hacer.

Tomás bajó la mirada. Por un instante pareció que iba a responder, pero no lo hizo. Los dos permanecieron en silencio. Los golpes no volvieron a repetirse. Valentina miró hacia la puerta y después a Tomás.

—Voy a llamar a la policía. —Sacó el teléfono.
Tomás dio un paso hacia ella.
—No.
—Apartate.
—Valentina...
—Apartate.

Él se detuvo y ella desbloqueó el teléfono.
—¿Qué pensás hacer? —preguntó él—. Si llamás a la policía, van a preguntar quién soy.
—Eso sería bastante sencillo.
—No para alguien que oficialmente está muerto.

Valentina se quedó mirándolo.
—Entonces explicame.
Tomás respiró profundamente.
—No puedo.
—Siempre lo mismo.
—No es tan simple.
—Para mí sí —replicó Valentina, levantando el teléfono—. Hay un hombre que oficialmente está muerto parado en mi departamento a medianoche. Alguien acaba de golpear mi puerta tres veces. Y vos querés que me quede tranquila.
—No quiero que estés tranquila.
—¿Entonces qué querés?

Tomás la miró a los ojos.
—Que estés viva.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. Valentina sintió que algo se quebraba en su interior. Porque esa frase, ese tono... era Tomás. El mismo Tomás que una vez la esperaba afuera de la universidad cuando ella tenía miedo de volver sola. El mismo que caminaba del lado de la calle para protegerla del tráfico, el que la llamaba cuando llegaba tarde a casa. El mismo hombre que había muerto.

Bajó lentamente el teléfono.
—No podés hacer esto.
Tomás frunció el ceño.
—¿Qué?
—Aparecer después de siete años y hablarme como si nada hubiera pasado.
—Nunca pensé que sería como si nada hubiera pasado.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Tomás la observó durante unos segundos.
—Porque no tenía otra opción.
—Siempre hay otra opción.
—No esta vez.

Valentina quiso responder, pero entonces escuchó algo. Un leve ruido metálico. Los dos miraron hacia la puerta y Tomás levantó un dedo pidiendo silencio. Esperaron. Nada.

Él se acercó lentamente mientras Valentina lo seguía con la mirada. Apoyó el oído contra la puerta. Pasaron cinco segundos. Diez. Quince. Finalmente, se apartó.
—No hay nadie.
—¿Cómo lo sabés?
—Porque si siguieran ahí, ya habrían hecho algo.
Valentina lo miró.
—Eso no me tranquiliza.

Tomás casi sonrió.
—Nunca fuiste buena para tranquilizarte.
Ella sintió una punzada en el pecho.
—Y vos nunca fuiste bueno para decir la verdad.

La sonrisa desapareció y Tomás bajó la mirada.
—No —admitió—. Nunca fui bueno para eso.

La sinceridad de aquella respuesta la desarmó más que cualquier explicación. Tomás abrió lentamente la puerta y Valentina contuvo la respiración. El pasillo estaba vacío. No había nadie, solamente las luces blancas del edificio y el sonido lejano de la lluvia. Él salió unos centímetros, miró hacia la escalera y después hacia el ascensor. Nada.

—¿Ves? —dijo.
Valentina se acercó.
—¿Y entonces?

Tomás bajó la mirada. En el suelo, justo frente a la puerta, había un sobre blanco. Valentina sintió un escalofrío.
—¿Eso estaba ahí antes?
Tomás negó con la cabeza y se agachó. No lo tocó, solo lo observó durante unos segundos.
—¿Qué tiene?
—No lo sé.
—Abrilo.
Tomás levantó la mirada.
—No. Podría ser una trampa.
Valentina lo miró fijamente.
—Todo lo que está pasando es una trampa.

Como él no respondió, ella hizo el amague de agacharse. Él intentó detenerla.
—Valentina, esperá.
—Estoy cansada de esperar —replicó ella, rozando el sobre con los dedos.
—No sabemos quién lo dejó.
—Entonces averigüémoslo.

Valentina lo tomó. Pesaba muy poco. No tenía nombre, ni dirección, ni sello. Solamente una pequeña marca negra en una de las esquinas: una especie de círculo atravesado por una línea. Tomás palideció al verlo.

—¿Qué pasa? —preguntó ella al notarlo.
—Nada.
—No me digas «nada».
—No es importante.
—Tomás.
Él apartó la mirada.
—Abrilo.
Valentina arqueó una ceja.
—¿Ahora sí?
—Sí.

Abrió el sobre. Dentro había una fotografía, nada más. La sacó lentamente y, durante unos segundos, no entendió lo que estaba viendo. Después reconoció el lugar. Y al hombre. Y sintió que el estómago se le cerraba.
—No...

Tomás permaneció inmóvil. Valentina levantó la imagen: estaba tomada en el exterior de un edificio, con tres hombres parados frente a la entrada. El primero era Tomás. Más joven, sin barba, con el mismo cabello oscuro. El segundo era un hombre que Valentina conocía demasiado bien: su padre, Ricardo Ríos. Y el tercero... Valentina dejó de respirar.
—Gabriel Ferrer.




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