El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 3: La prueba

Valentina seguía mirando la pantalla del teléfono de Tomás. «Ya es demasiado tarde». Las palabras parecían haberse quedado suspendidas en el aire.
—¿Qué significa? —preguntó ella.

Tomás guardó el teléfono en el bolsillo.
—Que tenemos que irnos.
—No.
Él la miró.
—¿No?
—No me voy a ir con vos a ninguna parte hasta que me digas la verdad.

Tomás apretó la mandíbula.
—No tenemos tiempo.
—Hace siete años que tengo tiempo.

La frase lo dejó sin respuesta. Valentina tomó la fotografía que había dejado sobre la mesa.
—Quiero saber una sola cosa.
—¿Qué?
—¿Sos realmente Tomás?

Él la observó durante varios segundos.
—Sí.
—Eso no alcanza.
—¿Qué querés que haga?
Valentina sintió que la rabia le ganaba al miedo.
—Demostralo.

Tomás bajó la mirada. Por primera vez desde que había aparecido, pareció entender que no podía pedirle confianza; no después de siete años de silencio.
—¿Qué querés saber?

Valentina pensó. Había cientos de recuerdos, cosas que solamente ellos dos podían conocer. Pero eligió una.
—La noche en que nos conocimos.

Tomás levantó lentamente los ojos.
—Llovía.
Valentina no dijo nada.
—Vos tenías una campera roja que odiabas porque se te había roto el cierre. Habías salido de una entrevista de trabajo y estabas esperando un taxi frente al bar de la calle Defensa.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—Eso podría saberlo cualquiera.

Tomás continuó.
—Tenías un café en la mano. Te habías quemado dos dedos y dijiste que era la peor noche de tu vida.
Ella tragó saliva.
—¿Y qué pasó después?
Tomás sonrió apenas.
—Me dijiste que dejara de mirarte.
Valentina sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Y qué te respondí?
—Que estaba tratando de decidir si eras peligrosa.

Una lágrima amenazó con escapar.
—No dijiste eso.
—Sí.
—Dijiste que estabas tratando de decidir si eras insoportable.

Tomás esbozó una sonrisa pequeña. La misma de siempre. Valentina apartó la mirada. No quería creerle, pero una parte de ella ya lo había reconocido antes de escuchar su nombre.

—Hay otra cosa —dijo ella.
Tomás esperó.
—El anillo.
Él se quedó inmóvil. Valentina tocó el pequeño anillo que llevaba colgado del cuello como un dije.
—Me lo regalaste una semana antes de morir.
Tomás observó la joya.
—No lo tenías puesto cuando ocurrió el accidente.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Cómo sabés?
—Porque lo dejaste en mi auto.

Ella se quedó helada. Tomás se acercó lentamente.
—El día anterior a mi supuesta muerte me llamaste para pedirme que te lo devolviera.
Valentina cerró los ojos. Recordaba aquella conversación; recordaba haber discutido con él y haberle dicho que pasaría a buscarlo al día siguiente. Nunca lo hizo, porque al día siguiente él murió.

—¿Dónde está? —preguntó.
Tomás la miró.
—Lo devolví.
—¿A quién?
—A tu padre.
Valentina sintió un frío profundo.
—¿Cuándo?
—Después del accidente.
Ella dio un paso atrás.
—Entonces mi padre tenía algo tuyo.
—Sí.
—¿Y nunca me lo entregó?
Tomás negó con la cabeza.

Valentina miró la fotografía. De repente, todas las piezas parecían formar una imagen que todavía no podía entender.
—Quiero ver a mi padre.
Tomás no respondió.
—Quiero hablar con él.
—No podés.
—¿Por qué?
—Porque Ricardo está muerto.

Valentina sintió que el mundo volvía a detenerse.
—¿Qué?
—Tu padre murió hace ocho meses.
Ella lo miró fijamente.
—Eso ya lo sé.
—No —dijo Tomás—. No sabés cómo murió.

El silencio volvió a instalarse. Valentina sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Qué estás diciendo?
Tomás miró hacia la ventana.
—Que tu padre no murió de un infarto.

Antes de que pudiera explicar, el teléfono de Valentina vibró. Un mensaje. Era Sofía.
«¿Estás despierta? Necesito hablar con vos. Es urgente.»

Valentina frunció el ceño.
—Es Sofía.
Tomás reaccionó de inmediato.
—¿Quién es?
—Mi mejor amiga.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace seis años.
Tomás la miró con una expresión difícil de interpretar.
—¿Confías en ella?
—Sí.
—No deberías confiar en nadie.

Valentina guardó el teléfono.
—No voy a empezar a desconfiar de todas las personas que conozco porque vos apareciste de entre los muertos.
Tomás casi sonrió.
—Justo eso es lo que esperaba que dijeras.

Un golpe seco resonó en el piso de abajo. Tomás dejó de sonreír.
—Tenemos que salir por atrás.
—¿Por qué?
—Porque ya nos encontraron.
Valentina lo miró.
—¿Quiénes?

Tomás se acercó a la puerta.
—Los que mataron al hombre que ocupó mi lugar.
Valentina sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué hombre?
Tomás abrió la puerta apenas unos centímetros.
—El hombre cuyo cuerpo enterraste hace siete años.

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