El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 4: La primera amenaza

—El hombre cuyo cuerpo enterraste hace siete años.

Valentina dejó de respirar.
—¿Qué acabás de decir?
Tomás no respondió; seguía mirando el pasillo.
—Tomás.
—Después.
—No.
Él se volvió hacia ella.
—Si querés vivir, ahora.

La frase consiguió moverla. Valentina tomó su bolso y guardó la fotografía.
—¿Por dónde?
—Cocina.
—¿Adónde vamos?
—Al edificio de al lado.
—¿Y después?
—Después improvisamos.
—Odio cuando decís eso.
—Yo también.

Cruzaron el departamento. Tomás se movía con una seguridad extraña, como si conociera perfectamente cada rincón. Valentina lo siguió hasta una puerta de servicio.
—¿Cómo sabías que estaba ahí?
—Lo recordaba.
—¿De cuándo?
Tomás la miró.
—De antes.

No explicó más. Bajaron por una escalera estrecha. El edificio estaba en silencio, hasta que escucharon pasos. Valentina se detuvo y Tomás levantó una mano. Los pasos se acercaban. Uno. Dos. Tres. Tomás la tomó de la muñeca y la llevó hacia una puerta lateral. Esperaron.

Dos hombres pasaron por el corredor. Valentina apenas podía respirar y no alcanzó a ver sus rostros.
—El departamento está vacío —dijo uno de ellos.
—Entonces revisá abajo —respondió el otro.

Tomás esperó hasta que las voces se alejaron y después abrió la puerta. Salieron al estacionamiento interno. La lluvia seguía cayendo.
—¿Quiénes eran? —susurró Valentina.
—Los que vinieron por mí.
—¿Cómo sabían que estaba acá?
Tomás la miró.
—Por vos.

Ella se quedó quieta.
—¿Qué?
—No llegaron siguiéndome.
—Entonces...
—Te estaban vigilando antes de que yo apareciera.

Valentina sintió miedo de verdad. No por Tomás, sino por ella. Caminaron hasta una salida trasera. Tomás sacó unas llaves del bolsillo y Valentina lo miró.
—¿De dónde sacaste eso?
—No importa.
—Para mí sí.
—Después.

Abrió la puerta. Afuera había un automóvil estacionado, pero no era el suyo. Tomás miró alrededor.
—Subí.
Valentina dudó.
—¿A dónde me llevás?
—A un lugar seguro.
—Eso dijiste antes.
—Y sigo pensando lo mismo.

Ella subió y Tomás arrancó. Durante varios minutos ninguno habló. Buenos Aires pasaba frente a las ventanas en manchas de luz y lluvia. Valentina miró el reflejo de Tomás en el parabrisas. Era él. Cada gesto, cada silencio, cada manera de apretar el volante cuando estaba nervioso. Pero algo había cambiado: el hombre que ella conocía había desaparecido siete años, y el que estaba sentado a su lado había aprendido a sobrevivir.

—¿Dónde estuviste? —preguntó.
Tomás no apartó los ojos del camino.
—En muchos lugares.
—¿Solo?
—La mayor parte del tiempo.
—¿Nunca intentaste volver?
Tomás tardó en responder.
—Una vez.
—¿Cuándo?
—Hace tres años.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque vi a alguien siguiéndote.

Valentina sintió un escalofrío.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Y no me dijiste nada?
—Si te decía algo, iban a saber que seguía vivo.
Ella apretó los labios.
—¿Y me vigilaste?
—Te protegí desde lejos.
Valentina soltó una risa triste.
—Eso no es proteger.
Tomás la miró por un segundo.
—Era lo único que podía hacer.

El automóvil se detuvo frente a un pequeño edificio.
—Llegamos.
Valentina miró hacia afuera.
—¿Dónde estamos?
—En mi casa.
Ella volvió la cabeza.
—¿Tenés una casa?
—Ahora sí.

Entraron. El departamento era pequeño, ordenado y casi vacío. No había fotografías, no había recuerdos, no había nada que pareciera pertenecerle a una vida normal. Valentina sintió una tristeza inesperada.
—Vivís como si fueras a irte mañana.
Tomás dejó las llaves sobre una mesa.
—Siempre estoy preparado para hacerlo.

Ella observó una pared en la que colgaba una única fotografía. Valentina se acercó. Era ella, mucho más joven, sentada en una plaza. Tomás se acercó rápidamente y tomó la foto.
—No deberías verla.
—¿Cuánto tiempo la tuviste?
—Siete años.
Valentina lo miró.
—¿Por qué?

Tomás no respondió. El teléfono de Valentina volvió a vibrar: Sofía. Esta vez era una llamada. Valentina atendió.
—¿Sofi?
Silencio.
—¿Sofía?
Una respiración, y después una voz.
—Vale...
Valentina se puso de pie.
—¿Qué pasó?
—No vengas a mi casa.
—¿Por qué?
—Porque hay alguien acá.

La llamada se cortó. Valentina miró a Tomás.
—Era Sofía.
Él ya estaba buscando las llaves.
—Nos vamos.
—¿Adónde?
—A buscarla.
—¿No dijiste que no confiara en nadie?
Tomás la miró.
—Sofía te llamó asustada.
—Sí.
—Y alguien quería que escucháramos esa llamada.

Valentina sintió un escalofrío.
—¿Pensás que es una trampa?
—Creo que quieren separarnos.
—¿Por qué?
Tomás se acercó.
—Porque juntos tenemos demasiadas preguntas.

Volvieron al automóvil, pero antes de arrancar, Tomás miró hacia el edificio. Una sombra cruzó una ventana del tercer piso. Tomás se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No me mientas.

Tomás arrancó.
—Hay alguien en mi casa.
Valentina miró hacia atrás.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Y qué hacemos?
Tomás apretó el volante.
—Ahora sí tenemos un problema.




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