El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 5: El hombre que todos respetaban

A las nueve de la mañana, Gabriel Ferrer entró en la sala de reuniones como si nada hubiera ocurrido. Llevaba un traje oscuro, corbata gris y una carpeta bajo el brazo. Sonrió a los cuatro hombres que lo esperaban.

—Buenos días.
Todos respondieron. Gabriel dejó la carpeta sobre la mesa.
—Empecemos.

Nadie habría imaginado que durante toda la noche había recibido tres llamadas de un número privado. Nadie habría imaginado que llevaba horas pensando en un automóvil negro estacionado frente a un edificio, y mucho menos que la fotografía de tres hombres, tomada siete años atrás, seguía siendo una amenaza para él.

Gabriel se sentó.
—¿Tenemos noticias?
El hombre sentado a su derecha negó con la cabeza.
—Todavía no.
Gabriel lo observó.
—Entonces busquen mejor.
—Estamos revisando los movimientos de Valentina Ríos.

El nombre provocó un silencio. Gabriel apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Está sola?
—No.
—¿Con quién?
El hombre dudó.
—Con Tomás Vidal.

Gabriel cerró los ojos durante un segundo. Cuando volvió a abrirlos, ya no sonreía.
—Entonces está confirmado.
—Sí.
—¿Están seguros de que es él?
—Completamente.

Gabriel se recostó en la silla. Siete años. Habían pasado siete años desde que Tomás Vidal había desaparecido, siete años desde aquella noche en que todos habían aceptado que estaba muerto. Todos menos tres personas: Ricardo Ríos, Gabriel Ferrer, y el propio Tomás.

Gabriel miró por la ventana; Buenos Aires se extendía bajo una mañana gris.
—¿Dónde está Ricardo?
El hombre frente a él bajó la mirada.
—Ricardo murió hace ocho meses.
Gabriel lo miró.
—Sé cuándo murió.
—Entonces sabés que no podemos preguntarle nada.

Gabriel sonrió.
—No necesito preguntarle —dijo, y sacó una fotografía de la carpeta. La misma fotografía que Valentina había recibido—. Porque él dejó esto.
El hombre observó la imagen.
—¿La encontró Valentina?
—No.
—¿Entonces?
Gabriel levantó la mirada.
—La encontró Tomás.

El silencio volvió a instalarse.
—Eso cambia las cosas —comentó el hombre.
—No —respondió Gabriel—. Las complica.

Guardó la fotografía.
—¿Qué sabemos de la chica?
—Periodista freelance. Veintisiete años. Vive sola. Tiene una amiga llamada Sofía Méndez. Sin antecedentes. Ninguna relación conocida con Ferrer & Asociados.
Gabriel levantó una ceja.
—¿Ninguna?
—Ninguna que aparezca en los registros.
—Entonces no buscaron suficiente.

El hombre asintió. Gabriel tomó el teléfono; había un mensaje nuevo.
«Los tenemos localizados».
Gabriel escribió una sola palabra: «No». Borró. Volvió a escribir: «Todavía no». Envió el mensaje.

El hombre lo observó.
—¿Por qué no quiere que los encuentren?
Gabriel lo miró.
—Porque si Tomás muere ahora, nunca sabremos qué recuerda.
—¿Y Valentina?
Gabriel dejó el teléfono sobre la mesa.
—Valentina no sabe nada.
—¿Está seguro?
Gabriel sonrió.
—Todavía.

***

Valentina no había dormido. Estaba sentada frente a una taza de café que llevaba más de una hora fría. Tomás estaba frente a la ventana y había permanecido así desde que llegaron.

—¿Quién es Gabriel Ferrer? —preguntó ella.
Tomás no respondió.
—No me digas que no sabés.
—Lo conozco.
—Eso ya lo imaginé.
Tomás se giró.
—Gabriel no es quien parece. Es peligroso.

Valentina tomó la fotografía.
—Mi padre estaba con él.
—Sí.
—Y vos también.
—Sí.
—Entonces los tres estaban involucrados.
Tomás la miró.
—No exactamente.
—¿Qué significa «no exactamente»?

Tomás se sentó frente a ella.
—Tu padre intentó sacarnos de ese mundo.
—¿Qué mundo?
—Dinero. Empresas. Contratos. Gente que compra voluntades.
Valentina frunció el ceño.
—Mi padre era abogado.
—También era mucho más que eso —Tomás bajó la voz—. Tu padre descubrió algo.
—¿Qué?
—Una red de empresas que movía dinero utilizando identidades falsas.

Valentina se quedó inmóvil.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Tomás la miró directamente.
—Todo.
—No entiendo.
—Porque una de esas identidades... —Se detuvo.
Valentina esperó.
—¿Qué?
Tomás no respondió.
—Tomás.
—Tu nombre aparece en esos archivos.

Valentina sintió que el corazón se le detenía.
—¿Mi nombre?
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Mentís.
—No.
—Entonces decime qué significa.

Tomás se levantó.
—Necesitamos encontrar los documentos de tu padre.
—¿Dónde?
—No lo sé.

Valentina recordó algo. Una frase, una conversación de meses atrás.
—Mi padre tenía una caja —dijo.
Tomás se volvió.
—¿Qué caja?
—Una caja de seguridad. En un banco.
Tomás se acercó.
—¿Tenés acceso?
—No.
—¿Quién lo tiene?
Valentina lo miró.
—Gabriel Ferrer.

Tomás se quedó completamente quieto.
—¿Cómo sabés eso?
—Porque mi padre me lo dijo antes de morir.
Tomás palideció.
—¿Cuándo?
—Tres días antes.
—¿Qué más dijo?
Valentina intentó recordar.
—Me dijo que si alguna vez alguien preguntaba por vos...
Tomás se acercó un paso.
—¿Qué?
—Que no dijera que te conocía.

Él cerró los ojos.
—Tu padre sabía que iba a pasar.
—¿Qué cosa?
Tomás abrió los ojos.
—Que yo volvería.

Antes de que Valentina pudiera responder, alguien llamó a la puerta. Una sola vez. Ambos se quedaron inmóviles. Tomás llevó lentamente una mano hacia la cintura y Valentina sintió que el corazón empezaba a golpearle el pecho.

—¿Quién es? —preguntó ella.
Silencio. Tomás se acercó a la puerta.
—Quedate atrás —le susurró.
—¿Quién es? —repitió ella.




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