La voz al otro lado de la madera pintada de blanco no volvió a repetirse, pero su eco parecía haber quedado atrapado en el pasillo.
Valentina permaneció inmóvil. Sentía el latido de su propio corazón latiendo con fuerza contra sus costillas, un tamborileo sordo que amenazaba con ensordecerla. Durante unos segundos largos y agónicos, fue incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
Gabriel Ferrer.
Ese nombre había sido hasta ahora una abstracción. Había aparecido garabateado en el reverso de una fotografía vieja que pertenecía a su padre. Había aparecido como un fantasma en las conversaciones apresuradas de Tomás. Había estado agazapado detrás de una red de secretos y conspiraciones que, hasta esa misma noche, ella ni siquiera sabía que existía. Era un mito, un villano sin rostro en una historia a medio contar.
Y ahora, el mito estaba parado del otro lado de su puerta. En su casa. A menos de un metro de distancia.
Tomás levantó lentamente una mano, con los músculos del brazo tensos bajo la tela húmeda de su campera, y le indicó que no hiciera ningún movimiento. Su postura había cambiado; ya no era el hombre que le rogaba que confiara en él. Era un animal acorralado evaluando sus opciones de supervivencia.
Valentina lo miró, buscando una respuesta en sus ojos oscuros, pero él simplemente se llevó un dedo a los labios, exigiendo un silencio absoluto. Después señaló la puerta, pidiéndole que escuchara.
El tiempo pareció ralentizarse. Tres segundos. Cuatro. Cinco.
La lluvia seguía azotando furiosamente los cristales del balcón a espaldas de Valentina, pero dentro del departamento, la tensión era tan densa que casi podía cortarse. Finalmente, Gabriel volvió a hablar. Su tono no revelaba prisa ni ansiedad.
—Sé que están ahí.
Tomás no respondió. Ni siquiera parpadeó. Mantuvo la vista clavada en la mirilla oscura de la puerta, evaluando el peso de los pasos de su enemigo en la alfombra del pasillo.
—Y también sé que estás con él, Valentina.
Al escuchar su nombre en esa voz educada y extrañamente familiar, ella sintió un escalofrío que le erizó la piel de la nuca. No era una amenaza gritada; era una confirmación de poder. Él sabía dónde vivía, sabía con quién estaba y sabía que estaban atrapados.
Tomás se acercó a la puerta arrastrando los pies para no hacer ruido. —¿Cómo sabe que estoy acá? —susurró ella, acercándose lo suficiente para que solo él pudiera escucharla. —Porque probablemente nunca dejamos de estar vigilados. —¿"Dejamos"? —repitió Valentina, atrapando la palabra en el aire—. ¿Qué significa eso?
Tomás la miró de reojo, con la mandíbula apretada. —Después te explico. Valentina apretó los dientes, sintiendo que la frustración comenzaba a ganarle la batalla al miedo. —Siempre decís eso.
Tomás no respondió, pero no apartó la mirada de la puerta. Del otro lado, se escuchó un leve roce de tela, seguido por el sonido de Gabriel soltando un suspiro pesado, como el de un padre lidiando con niños tercos.
—Tomás.
El simple sonido de su nombre, pronunciado con tanta familiaridad, hizo que Valentina volviera a mirar al hombre que tenía a su lado. Gabriel continuó: —Sé que no querés verme. Silencio. La lluvia seguía cayendo afuera. —Y entiendo por qué.
Tomás bajó la vista y apoyó lentamente la mano sobre el picaporte metálico. Sus dedos, que minutos antes estaban firmes, ahora temblaban de manera casi imperceptible. Valentina lo notó y negó rápidamente con la cabeza, agarrándole la muñeca. Él se detuvo y la miró. —¿Qué estás haciendo? —susurró ella, con los ojos muy abiertos. —Necesito saber qué quiere. —Puede ser una trampa. Podría haber hombres armados con él. —Ya es una trampa, Valentina. Ya estamos adentro.
Ella se quedó callada, sabiendo que tenía razón. Estaban en un tercer piso. No había escapatoria fácil. Tomás miró nuevamente hacia la puerta, enderezó la espalda y, finalmente, rompió el silencio que había mantenido durante siete años.
—Gabriel.
Por primera vez desde que había tocado el timbre, el hombre del otro lado tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz destilaba una satisfacción fría. —Sabía que tarde o temprano ibas a hablar. —¿Qué querés? —la voz de Tomás fue dura, rasposa. —Hablar.
Tomás soltó una risa seca, carente de cualquier tipo de humor. —Siete años escondido en las sombras, ¿y esa es tu mejor excusa? —No vine a buscar una pelea, Tomás. —Entonces date la vuelta y andate. —No puedo. —¿Por qué? Hubo un breve silencio en el pasillo, un segundo en el que Gabriel pareció medir sus siguientes palabras con precisión quirúrgica. —Porque si me voy, otros van a venir. Y te aseguro que ellos no van a tocar el timbre.
Tomás cerró los ojos y apoyó la frente contra la madera de la puerta. Valentina observó su rostro, estudiando las líneas de tensión alrededor de su boca. Había algo diferente en él en ese momento. No era solo el miedo de un fugitivo siendo acorralado. Era reconocimiento. Era el dolor antiguo y no resuelto de una traición. Era como si aquella conversación a través de la puerta no hubiera comenzado esa noche tormentosa, sino muchos años atrás, en una sala de juntas o en una oficina vacía.
—¿Cuántos? —preguntó Tomás, abriendo los ojos. —¿Qué? —¿Cuántos saben que estoy vivo?