El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 7: La llave que no existía

La puerta se cerró lentamente, con un clic metálico que resonó en el pasillo como el eco de una sentencia. Valentina permaneció frente a ella, petrificada, con los ojos clavados en la madera pintada de blanco por donde Gabriel Ferrer acababa de desaparecer. El aire a su alrededor parecía haberse vuelto más denso, contaminado por el rastro de la loción cara de Gabriel y la abrumadora certeza de que su vida había sido una farsa.

Durante varios segundos, interminables y pesados, no dijo nada. Tomás tampoco. El silencio del departamento parecía diferente ahora, distinto a la quietud de la madrugada. Era un silencio opresivo. Más pesado. Como si la sola presencia de Gabriel hubiera dejado algo agazapado detrás de él en las sombras del living. Una amenaza invisible. Una pregunta sin formular. O, peor aún, ambas cosas.

Valentina bajó lentamente la mirada hacia la fotografía que todavía sostenía entre los dedos temblorosos. El papel fotográfico brillante le quemaba la piel. —Una llave —murmuró, con la voz apenas por encima de un susurro.

Tomás estaba junto a la ventana, observando la calle a través de una rendija en las cortinas, vigilando fantasmas en la lluvia. —Sí. —Mi padre tenía una llave —repitió ella, tratando de anclar esa nueva pieza de información en su mente fracturada. —Eso dijo Gabriel. —No. —Valentina levantó la mirada de golpe, sintiendo cómo una chispa de rabia encendía su frustración—. Vos también dijiste que mi padre había dejado documentos.

Tomás no respondió de inmediato. Siguió mirando hacia la oscuridad exterior, como si las respuestas estuvieran ocultas en el asfalto mojado. —Y ahora aparece él, de la nada, diciendo que existe una caja de seguridad —insistió Valentina, acortando la distancia entre ellos. —No sabemos si existe realmente. —Gabriel dijo que sí. —Gabriel miente con demasiada facilidad, Valentina. Lo hace respirando.

Valentina soltó un suspiro áspero y dejó la fotografía sobre la mesa de cristal. El sonido del papel golpeando el vidrio fue seco, definitivo. —Entonces vamos a averiguar qué parte de lo que dijo es mentira. Tomás se giró por fin y la observó, evaluando la repentina firmeza en su postura. —¿Cómo pensás hacerlo? —Empezando por mi padre. Las cosas que dejó. Tomás frunció el ceño, cruzándose de brazos. —Ricardo está muerto. —Pero sus cosas siguen existiendo —replicó ella, ya moviéndose hacia el pasillo. —La policía revisó su casa de arriba abajo. —La policía no sabía lo que estamos buscando.

Tomás guardó silencio, reconociendo la lógica aplastante de su argumento. Valentina caminó con paso decidido hasta una pequeña biblioteca de roble oscuro que ocupaba una de las paredes principales del departamento. Sus dedos recorrieron los lomos de los libros con familiaridad melancólica. —Después de que murió, vacié algunas cosas de su casa antes de entregar las llaves —explicó, sin mirarlo. —¿Cuáles? —Las personales. Las que creí que tenían valor sentimental.

Tomás se acercó, deteniéndose a un metro de ella. —¿Y dejaste algo? —Sí. Cajas enteras de papeleo inútil, ropa... pero me traje lo importante. Valentina comenzó a revisar los estantes con urgencia. Apartó libros de derecho, movió carpetas de recortes, desplazó fotografías enmarcadas y una vieja caja de madera tallada. El polvo bailaba bajo la luz tenue de la lámpara de pie. Tomás observaba cada movimiento de sus manos, tenso como una cuerda de piano.

—¿Qué estás buscando exactamente? —Un reloj. —¿Un reloj? —Tomás arqueó una ceja, desconcertado. —Mi padre tenía uno antiguo. De bolsillo, de plata gastada. Era de mi abuelo. Después de su muerte me lo quedé y lo traje acá. Tomás se quedó completamente quieto. —¿Dónde está? —No lo sé. —Valentina siguió buscando, vaciando un cajón inferior con movimientos cada vez más erráticos—. Desapareció hace unos meses. —¿Cuándo?

Ella se detuvo en seco. Sus manos quedaron suspendidas en el aire. —Después de la muerte de mi padre. Puso la casa patas arriba buscando unos papeles y nunca más lo vi. Tomás la miró, y su expresión se endureció. —¿Estás segura? —Sí. Completamente. —¿Quién tenía acceso a tu casa en ese tiempo?

Valentina repasó mentalmente la lista, contando con los dedos. —Yo. Sofía. El encargado del edificio por si había alguna emergencia. Tomás no dijo nada, pero sus ojos se oscurecieron. —¿Qué? —preguntó Valentina, notando el cambio. —Nada. —Tomás. Te conozco. Hablá. —Dijiste que Sofía es tu mejor amiga. —Sí. Lo es. —¿Y ella tenía llave de tu casa?

Valentina lo miró, sintiendo cómo el estómago se le encogía ante la implicación. —Sí. El silencio volvió a caer sobre ellos, espeso e incómodo. —No empieces —dijo ella, a la defensiva. —No dije nada. —Pero lo pensaste. Se te nota en la cara. —Solo estoy tratando de entender cómo desaparecen las cosas de un departamento cerrado. —Sofía no tiene nada que ver con esto. Ha estado conmigo en los peores momentos. Tomás apartó la mirada hacia la biblioteca revuelta. —Ojalá tengas razón. Por tu bien.

Valentina continuó buscando, tragándose el nudo de duda que él acababa de plantar en su garganta. Abrió otro cajón. Nada. Otro más. Nada. Finalmente, agachada frente al estante más bajo, encontró una caja pequeña de cartón reforzado, oculta detrás de unos álbumes de fotos. La reconoció al instante. El pulso se le aceleró. Era la caja donde había guardado las pertenencias que el hospital le había entregado en una bolsa de plástico transparente antes de que su padre muriera.

La abrió con cuidado. Un olor a encierro y a loción de afeitar antigua subió hasta ella. Dentro había fotografías antiguas con los bordes amarillentos, algunas cartas dobladas y un pequeño manojo de llaves en una argolla metálica. Valentina las tomó y las hizo tintinear bajo la luz. Una. Dos. Tres. Las examinó una por una, comparándolas mentalmente con la imagen que Gabriel le había mostrado. Ninguna parecía corresponder con la fotografía. Eran llaves de puertas comunes, desgastadas por el uso. —No está.




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