El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 8: El reloj

El silencio que siguió a las palabras de Tomás fue insoportable. Era un silencio denso, cargado de reproches mudos y de verdades a medias que amenazaban con asfixiar el poco oxígeno que quedaba en el departamento.

Valentina permaneció inmóvil frente a él, con los músculos en tensión, sintiendo cómo el cansancio de las últimas horas comenzaba a pasarle una factura física. Le dolían los ojos, le pesaba el cuerpo, pero sobre todo, le dolía la incertidumbre constante.

—¿Quién? —preguntó finalmente, quebrando la quietud con una voz que sonó más frágil de lo que hubiera deseado. Tomás no respondió. Sus ojos oscuros evitaban los de ella, fijos en algún punto indefinido del piso de madera. —¿Quién encontró el reloj, Tomás? Respondé. —Todavía no lo sé con certeza. —Acabás de decir que sabés quién. —Dije que alguien lo encontró. No dije que tuviera un nombre. —Tomás. —El tono de Valentina fue una advertencia estricta.

Él apartó la mirada hacia la ventana, frotándose el puente de la nariz con dos dedos, en un gesto de puro agotamiento. —Hay cosas que todavía no recuerdo con claridad, Valentina. Es como intentar mirar a través de un vidrio empañado. Veo sombras, siluetas, escucho fragmentos de conversaciones... pero me faltan las piezas para unirlas.

Valentina sintió una mezcla tóxica de frustración y miedo. Dio un paso hacia él, acortando la distancia. —¿No las recordás, o simplemente no querés contármelas para "protegerme" otra vez? Tomás la miró a los ojos, y la sinceridad en su expresión la desarmó por un segundo. —Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Ella negó con la cabeza, retrocediendo. —No puedo seguir así. No puedo jugar a las adivinanzas con mi propia vida. —Lo sé. Creeme que lo sé. —Cada vez que creo que estamos cerca de una respuesta, cada vez que parece que el rompecabezas tiene sentido, aparece otra pregunta que tira todo abajo. —Así funciona esto, Valentina. Quienes armaron este sistema lo diseñaron exactamente para eso. Para que te pierdas en el laberinto. —No. Así funciona cuando alguien te está ocultando algo deliberadamente.

Tomás permaneció callado, aceptando el golpe. Sabía que ella tenía razón en desconfiar.

Valentina tomó el teléfono de la mesa de cristal y volvió a mirar la pantalla iluminada, releyendo el último mensaje anónimo que acababan de recibir. «Busquen el reloj.»

—¿Por qué alguien querría que encontremos esto? —murmuró ella, más para sí misma que para él. —Porque ese objeto debe contener algo vital. —¿Un reloj de bolsillo antiguo? ¿Qué puede tener? ¿Un microfilm? —No necesariamente el reloj en sí mismo —la corrigió Tomás, acercándose a la mesa—. Pensalo. Si solamente quisieran que encontráramos un objeto para darnos información, no necesitarían advertirnos con mensajes crípticos. Lo habrían dejado en tu buzón o te lo habrían mandado por correo.

Valentina frunció el ceño, intentando seguir su lógica. —No entiendo. Tomás señaló la pantalla del celular. —Si nos dicen que lo busquemos, es porque quieren que sigamos una pista. Quieren ver cómo nos movemos. —Exactamente. Quieren que salgamos a la luz. —¿Y por qué harían eso? Tomás respiró profundamente, preparándose para lo peor. —Porque alguien quiere que lleguemos a un lugar determinado. Nos están guiando como a ratones en un laberinto.

Valentina lo observó, sintiendo que el pánico volvía a instalarse en su estómago. —¿Una trampa? —Probablemente. —Entonces no vamos. Nos quedamos acá y buscamos otra forma. Tomás asintió, aunque su lenguaje corporal sugería que esa paz no duraría mucho. —No todavía, al menos.

Valentina dejó el teléfono sobre la mesa, cruzándose de brazos para retener su propio calor corporal. —Quiero que me digas qué recordás de aquella noche. Hacé el esfuerzo. Tomás permaneció en silencio. —La noche en que murió mi padre, Tomás. Necesito saberlo.

Él cerró los ojos, forzando a su mente a sumergirse en las aguas turbias de sus memorias alteradas. —Recuerdo el hospital —comenzó, con voz ronca—. El olor a lavandina y a medicamentos. La luz blanca y parpadeante de los tubos fluorescentes. —¿Qué más? —Un pasillo. Largo, con baldosas gastadas. —¿Cuál pasillo? ¿El de su habitación? —El segundo piso. Terapia intensiva.

Valentina se acercó lentamente, sin querer romper la frágil conexión que él estaba estableciendo con su pasado. —¿Estabas solo? Tomás negó con la cabeza, sin abrir los ojos. —No. —¿Quién estaba con vos? —No lo sé. Alguien de la organización de Gabriel, tal vez. Me mantenían a raya. —¿La mujer de la que hablaste antes? —No. Ella llegó después. Irrumpió en el piso como si fuera la dueña del lugar.

Valentina sintió un escalofrío al imaginar a una extraña merodeando cerca de la cama de muerte de su padre. —¿La viste bien? —Sí, de perfil. —¿Cómo era? Describila. Tomás se llevó una mano a la frente, presionando con los dedos como si tratara de exprimir la imagen. —Cabello oscuro, recogido. Un abrigo caro. —¿Edad? —Treinta y tantos. Quizás cuarenta. —¿La conocías del pasado? ¿De cuando trabajabas con mi padre? —No. Nunca la había visto en mi vida.

Valentina pensó durante unos segundos, procesando la información. —¿Y qué hizo esa mujer? Tomás abrió los ojos y la miró con pesadez. —Entró en la habitación de tu padre. Burló la seguridad como si no existiera. —¿Y vos qué hacías? —Yo estaba afuera, inmovilizado. No podía intervenir sin revelar que estaba ahí. —¿Escuchaste algo de lo que pasó adentro? —Una discusión. Fuerte, pero en susurros. Trataban de no alertar a las enfermeras. —¿Entre ellos dos? ¿Mi padre y ella? —Sí.




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