El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 9: La habitación que no existía

El papel con la dirección permaneció sobre la mesa de cristal durante varios minutos. Valentina lo observaba en silencio, con los brazos cruzados, sin atreverse a tocarlo. Era como si el simple acto de agarrarlo los comprometiera a cruzar una línea sin retorno.

Tomás, en cambio, llevaba casi cinco minutos caminando de un lado al otro del departamento, como un león enjaulado. Sus pasos sobre el piso de madera eran el único sonido además de la lluvia constante. —No vamos a ir —dijo finalmente, deteniéndose en seco. Valentina levantó la mirada, sorprendida por su rotundidad. —¿Por qué? —Porque es exactamente lo que quieren que hagamos. Quieren que vayamos corriendo detrás de cada migaja que nos tiran. —Eso ya lo sé. Lo dedujimos en Constitución. —Entonces entendés el problema. —Sí, lo entiendo. —Valentina descruzó los brazos y tomó el papel con firmeza—. Pero también sabemos algo que ellos creen que ignoramos.

Tomás se detuvo y se giró hacia ella, frunciendo el ceño. —¿Qué? —Que nosotros sabemos que es una trampa. Él la miró fijamente, casi sin dar crédito a lo que estaba escuchando. —Valentina, saber que estás caminando hacia una guillotina no hace que la hoja esté menos afilada. Eso no convierte una trampa en algo seguro. —No dije que fuera segura. —Valentina, por favor... —Mi padre dejó algo ahí —lo interrumpió ella, implacable—. Gabriel dijo que era la antigua oficina. El matón en la estación confirmó la dirección. Mi madre trabajaba ahí. Hay demasiadas coincidencias.

Tomás se acercó a la mesa, apoyando ambas manos sobre el borde. —O alguien se tomó el trabajo de armar un rompecabezas perfecto para que creamos que dejó algo ahí. —Entonces tenemos que comprobarlo. No me voy a quedar sentada en este departamento esperando el próximo mensaje. —Podríamos morir. Así de simple.

Ella sostuvo su mirada sin vacilar. —Ya viví siete años de mi vida creyendo que vos habías muerto. Sé lo que se siente. Tomás no respondió. El peso de esa culpa lo dejó sin argumentos. Valentina bajó la voz, pero su tono se volvió aún más firme. —No voy a volver a tener miedo de una muerte que todavía no ocurrió.

Él apartó la mirada hacia la ventana oscura. Había algo en esa frase que le resultaba dolorosamente familiar. Algo que le recordaba a la mujer decidida e inquebrantable que había conocido años atrás, antes de que el mundo se les cayera encima. Pero también había algo nuevo en su tono de voz. Una dureza. Determinación. Ya no estaba protegiendo a una víctima; estaba acompañando a una igual. —Vamos —dijo finalmente, agarrando las llaves del auto. Valentina asintió, guardándose el papel en el bolsillo.

Media hora más tarde, llegaron a una zona del centro de Buenos Aires que parecía haber quedado detenida en el tiempo. La antigua oficina estaba ubicada en una calle estrecha y mal iluminada. El edificio había sido construido décadas atrás, probablemente en los años cuarenta. La fachada de estilo francés estaba cubierta de hollín y humedad, y algunas ventanas de los pisos inferiores permanecían tapiadas con madera podrida.

Tomás estacionó a media cuadra, apagó las luces del auto y escrutó los alrededores antes de quitar el seguro. —¿Estás segura de que tu madre trabajaba acá? —preguntó, mirando la estructura lúgubre. Valentina miró el edificio a través del parabrisas mojado. —Sí. Reconozco la fachada por un par de fotos viejas. —¿Cuándo fue eso? —Antes de que yo naciera. —¿Qué hacía exactamente? —Era secretaria. O al menos, eso es lo que me dijeron siempre.

Tomás apagó el motor y se quitó el cinturón de seguridad. —¿Y nunca te habló de este lugar cuando eras chica? —Muy poco. Mi padre esquivaba el tema y ella nunca quiso profundizar. —¿Por qué? Valentina negó con la cabeza, recordando las respuestas evasivas de su infancia. —Decía que era aburrido. Que no había nada importante de lo que hablar. Tomás la miró, con una sonrisa sin gracia. —Parece que en tu familia esa frase significa exactamente lo contrario. Todo lo "no importante" termina escondiendo un imperio. Ella sonrió apenas, dándole la razón. —Eso parece.

Bajaron del automóvil en silencio y caminaron pegados a la pared de los edificios para esquivar la luz de los faroles. La lluvia fría les empapaba la ropa. La gran puerta doble de madera de la entrada principal estaba cerrada y asegurada con una cadena oxidada. Tomás ni siquiera se molestó en intentarlo. Rodeó el edificio hacia un callejón lateral que olía a basura acumulada. —Hay otra entrada. Estas estructuras viejas siempre tienen acceso de servicio para los sótanos.

Llegaron a una puerta metálica, descascarada y cubierta de grafitis. Tomás sacó una pequeña herramienta del bolsillo interior de su campera, algo parecido a una ganzúa. Valentina lo observó, asombrada por la naturalidad de sus movimientos. —¿Desde cuándo sabés hacer eso? —Desde que tuve que empezar a entrar a lugares donde no debía para mantenerme con vida. —Eso no responde mi pregunta, Tomás. —Es la única respuesta que te puedo dar ahora.

Hubo un clic sordo, y la cerradura cedió. Entraron, cerrando rápidamente tras ellos. El olor a humedad, a polvo y a papel viejo era tan intenso que Valentina tuvo que toser. Estaban en una especie de recibidor abandonado. Había escombros sobre el suelo de baldosas rotas y varias cajas de cartón apiladas contra las paredes manchadas de salitre.

Valentina encendió la linterna de su teléfono, proyectando un haz de luz blanca y temblorosa sobre la oscuridad. —¿Qué buscamos exactamente? —La oficina —respondió Tomás, atento a cualquier sonido. —¿Cuál de todas? Este lugar es enorme. —La de tu madre. Dijeron que todo empezó acá.




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