El ruido de los pasos se acercaba rápidamente. Tomás hizo una señal urgente con la mano para que Valentina y Sofía permanecieran en absoluto silencio. Los tres quedaron inmóviles dentro del archivo polvoriento, mimetizándose con las sombras de las altas estanterías metálicas.
La puerta de cristal esmerilado seguía entreabierta, permitiendo que una fina franja de luz se filtrara desde el pasillo. Desde el corredor exterior llegaba el sonido inconfundible de una respiración agitada. Alguien estaba justo del otro lado de la madera.
Después, nada. Un silencio aterrador.
Valentina miró a Tomás, buscando alguna directiva. Él señaló con la barbilla la puerta trasera de la habitación, una salida de emergencia que apenas se distinguía en la penumbra.
Sin embargo, Sofía negó violentamente con la cabeza.
—No podemos salir por ahí —susurró, con la voz temblando.
Tomás la miró, frunciendo el ceño.
—¿Por qué?
—Porque está bloqueada.
—¿Desde cuándo?
—Desde que yo entré. No quise correr riesgos.
Tomás se acercó rápidamente a la puerta trasera. Empujó el manubrio metálico hacia abajo, pero no cedió ni un milímetro. Estaba trabada con algo pesado del otro lado.
—¿Quién la bloqueó, Sofía?
Ella bajó la mirada, avergonzada y aterrorizada.
—Ellos.
Valentina sintió un escalofrío que le erizó los vellos de la nuca.
—¿Quiénes son "ellos"?
Sofía la miró a los ojos.
—No sé cómo se llaman, Vale. Te lo juro.
—Pero sabés quiénes son. Trabajaste para ellos.
—Sí.
—Entonces hablá. Ahora.
Sofía tragó saliva ruidosamente.
—Son personas que trabajan para una organización que se encarga de limpiar errores.
Tomás se acercó, invadiendo su espacio personal.
—¿Cuál organización?
Sofía negó con la cabeza repetidas veces.
—No tiene nombre.
—Toda organización, por secreta que sea, tiene un nombre. Un alias. Algo.
—Esta no, Tomás. Ese es el punto. Son fantasmas.
Tomás la observó durante unos segundos, evaluando si estaba mintiendo. Decidió cambiar de táctica.
—¿Cómo se comunican con vos?
—No lo sé.
—¿Quién te contactó inicialmente para espiar a Valentina?
—Nunca vi su rostro. Todo fue por teléfono.
—¿Entonces cómo sabías qué hacer?
Sofía metió una mano temblorosa en el bolsillo de su abrigo húmedo y sacó un teléfono móvil pequeño y desechable, un modelo antiguo.
—Me enviaban mensajes. Instrucciones claras y precisas.
Tomás se lo quitó de las manos sin pedir permiso.
—¿Desde cuándo hacés esto?
—Hace cuatro meses.
Valentina la miró, sintiendo que el piso se abría bajo sus pies.
—¿Cuatro meses?
Sofía asintió, llorando.
—Desde la muerte de tu padre.
Valentina sintió un nudo opresivo en el pecho. La traición dolía más que el miedo.
—¿Qué te dijeron exactamente?
Sofía bajó la voz hasta convertirla en un murmullo.
—Que si quería mantener viva a mi familia, a mis padres, tenía que vigilarte día y noche.
Valentina retrocedió, como si Sofía estuviera infectada.
—¿Me vigilaste?
—Sí.
—¿Durante cuatro meses enteros?
—Sí.
—¿Y todo este tiempo, cada vez que nos veíamos, cada vez que llorabas conmigo, fingiste que no pasaba nada?
Sofía comenzó a llorar abiertamente.
—No sabía qué hacer, Vale. Estaba aterrorizada.
—¡Podrías haberme contado!
—No podía. Amenazaron con matarlos si abría la boca.
—¡Soy tu mejor amiga!
—¡Precisamente por eso! —estalló Sofía en un susurro—. Porque sabían que harías algo estúpido para protegerme.
Valentina quedó en un silencio sepulcral, procesando la magnitud del engaño.
Sofía se secó una lágrima con el dorso de la mano.
—No quería que te pasara nada malo.
—Pero de todos modos les diste información sobre mí.
—Información falsa.
Tomás, que estaba revisando los mensajes del teléfono desechable, levantó la mirada bruscamente.
—¿Qué dijiste?
Sofía lo miró, intentando recuperar un poco de dignidad.
—Les di información falsa a propósito.
Valentina frunció el ceño, confundida.
—¿Qué información?
—Les dije que no habías tenido ningún contacto con nadie relacionado con el pasado de tu padre. Que eras inofensiva.
Tomás comprendió al instante la implicación de esa mentira.
—Pero sí lo habías tenido.
Sofía asintió.
—Sí.
—¿Con quién?
Sofía miró a Valentina con los ojos enrojecidos.
—Con Ricardo.
Valentina sintió un vacío repentino en el estómago.
—¿Cuándo?
—Dos semanas antes de que muriera en el hospital.
—¿Y por qué no me lo contaste?
Sofía bajó la mirada, incapaz de sostener la de su amiga.
—Porque él mismo me pidió que no lo hiciera.
Tomás se acercó de nuevo.
—¿Qué te pidió Ricardo exactamente?
Sofía metió la mano en su otro bolsillo y sacó una pequeña memoria USB plateada, completamente lisa.
—Me dio esto.
Valentina la miró como si fuera una granada a punto de explotar.
—¿Qué es?
—No lo sé. Nunca intenté abrirla.
Tomás extendió la mano con autoridad.
—Dámelo.
Sofía dudó, apretando el dispositivo en su puño.
—No.
Tomás la miró con severidad.
—Sofía, si querés salir viva de acá, necesitamos saber qué contiene esa memoria ahora mismo.
—Dije que no.
—¡Sofía!
—Ricardo fue muy claro. Me dijo que solamente debía entregárselo a Valentina.