Durante varios segundos interminables, nadie dijo absolutamente nada en el callejón mojado.
La calle parecía haberse quedado sin sonidos. Incluso el ruido lejano del tráfico de la Avenida Brasil parecía haberse apagado, dejando solo el repiqueteo incesante de la llovizna sobre los charcos.
Valentina miraba a Sofía, intentando encontrar algún rastro de la amiga que creía conocer detrás de esa máscara de terror.
Tomás no apartaba los ojos de ella, procesando la atrocidad que acababa de escuchar.
—Repetilo —dijo él, con una voz peligrosamente baja.
Sofía tragó saliva, frotándose los brazos para entrar en calor.
—Tu padre estaba en el otro automóvil. Él provocó el choque.
Tomás negó lentamente con la cabeza, resistiéndose a la verdad.
—Mi padre murió en un accidente cuando yo tenía dieciséis años. Lo vi en el cajón.
—Eso es lo que te hicieron creer.
—No.
—Tomás...
—No. —Su voz salió más fuerte, rebotando en las paredes de ladrillo—. Mi padre murió.
Sofía se acercó un paso, con los ojos llenos de una pena amarga.
—Tu padre murió, sí... pero después del accidente. De este accidente. Del tuyo.
Tomás quedó completamente inmóvil.
—¿Después?
—Sí.
Valentina intervino, sintiendo que el piso se movía bajo sus pies.
—¿Cuánto después, Sofía?
Sofía cerró los ojos, recordando.
—Tres días.
Tomás retrocedió, chocando contra los contenedores de basura. La noticia parecía haberle quitado toda la fuerza de golpe.
—Eso es imposible.
—Lo vi, Tomás. Con mis propios ojos.
—¿Dónde?
—En el hospital. En la habitación de terapia intensiva.
Tomás la miró, furioso y desorientado.
—¿Qué hacía él ahí?
—Esperaba por vos. Vigilaba que despertaras.
—Yo estaba muerto para el mundo. Oficialmente estaba muerto.
—No. —Sofía negó, llorando en silencio—. Para el mundo sí, pero no para ellos. Estabas vivo.
Valentina sintió un escalofrío profundo.
—Entonces alguien cambió la historia completa. Falsificaron hasta los registros médicos.
Sofía asintió, secándose las mejillas húmedas.
—Sí. Todo fue orquestado.
Tomás pasó una mano por su rostro mojado, sintiendo que la cordura se le escapaba.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué me dejaste vivir creyendo que era huérfano?
—Porque cuando saliste del hospital, semanas después... ya no eras Tomás Vidal.
Él levantó la mirada bruscamente.
—¿Qué significa eso?
Sofía respiró profundamente, abrazándose a sí misma.
—Significa que alguien había preparado otra identidad para vos. Alguien te borró del mapa antes de que despertaras.
Valentina recordó inmediatamente la carpeta negra que habían dejado en el archivo.
—La lista.
Sofía asintió.
—La lista.
Tomás tomó la carpeta que aún llevaba bajo el brazo, la abrió bajo la lluvia fina y volvió a mirar su nombre impreso en el papel.
TOMÁS VIDAL — ELIMINADO.
—¿Quién decidió que yo estaba muerto? —preguntó, apretando el papel—. ¿Quién dio la orden?
Sofía no respondió de inmediato. Miró el suelo.
—¿Quién, Sofía?
—Tu padre.
Tomás apretó la mandíbula hasta que los dientes le crujieron.
—¿Por qué? ¿Por qué su propio hijo?
—Porque alguien dentro de la organización quería matarte de verdad, Tomás. Tu padre intentó sacarte del tablero antes de que te encontraran.
—¿Quién quería matarme?
Sofía miró a Valentina con terror absoluto.
—La misma persona que ahora está buscando la memoria USB que tenés en el bolsillo.
Un automóvil gris pasó por la calle al final del callejón, reduciendo la velocidad.
Los tres se quedaron en silencio absoluto, conteniendo la respiración, hasta que las luces rojas traseras desaparecieron en la niebla de la mañana.
Tomás habló finalmente, guardando la carpeta dentro de su campera.
—Quiero saber qué pasó exactamente aquella noche. Minuto a minuto.
Sofía asintió, aliviada de que no le gritara más.
—Entonces tenemos que irnos de acá. Ya.
—No.
—Tomás, por favor...
—Quiero saberlo ahora.
Sofía lo miró, desesperada.
—No puedo contártelo todo parada en medio de la calle, con Gabriel persiguiéndonos. Nos van a encontrar.
—Entonces vamos a un lugar seguro.
—No existe ningún lugar seguro para nosotros. Ninguno.
Valentina intervino, con una idea formándose en su cabeza.
—Hay uno.
Los dos la miraron, sorprendidos.
—La casa de mi padre.
Tomás negó inmediatamente, instintivamente.
—No. Es el primer lugar donde van a buscar.
—Está vacía. Y fue allanada por la policía hace meses. Ya no la vigilan.
—Precisamente por eso puede ser una trampa.
—Nadie sabe que tengo las llaves. Las cerraduras se cambiaron después de que la vacié.
Sofía la miró, sorprendida.
—¿Vos tenés las llaves de la casa de San Isidro?
Valentina asintió.
—Mi padre me las dio en secreto antes de morir.
Tomás se quedó pensativo, evaluando los riesgos contra los beneficios. Necesitaban un techo, electricidad y, sobre todo, respuestas.
—Vamos.
***
La casa estaba ubicada en un barrio residencial en las afueras de la ciudad, rodeada de altos muros cubiertos de hiedra muerta. Ricardo Ríos había vivido allí durante casi veinte años. Era una fortaleza de ladrillo a la vista y madera oscura.
Valentina nunca había vuelto a pisar ese suelo desde el día del funeral. Le resultaba demasiado doloroso.