El golpe contra la puerta principal volvió a escucharse en el silencio de la casa de San Isidro.
Esta vez no fue un simple golpe. Fue una embestida brutal.
La madera pesada tembló violentamente dentro del marco, astillándose cerca de la cerradura. El eco resonó en las paredes del pasillo.
Valentina apretó la memoria USB plateada entre los dedos, sintiendo cómo el metal frío le dejaba una marca en la palma de la mano. El pánico le oprimía el pecho.
—Tenemos que salir de acá ya mismo —dijo Tomás, buscando una vía de escape en el estudio cerrado.
Sofía, sin embargo, seguía mirando la pantalla de su teléfono desechable iluminada en sus manos. Estaba pálida como un cadáver.
—No podemos.
Tomás se volvió hacia ella de inmediato, con los ojos clavados en su rostro aterrorizado.
—¿Qué dijiste?
—La salida trasera... por la cocina. Está bloqueada.
—¿Cómo lo sabés, Sofía? No te moviste de acá.
Sofía levantó lentamente el teléfono para que él pudiera verlo.
—Me lo acaban de decir.
Tomás se acercó de dos zancadas y le arrebató el aparato.
—Dame eso.
El mensaje seguía allí, brillando en letras crudas sobre el fondo oscuro.
NO BUSQUEN A LA MADRE DE TOMÁS.
Y debajo, la última actualización:
ELLA YA LOS ESTÁ BUSCANDO A USTEDES. LA PUERTA TRASERA NO SE VA A ABRIR.
Tomás leyó ambas frases y sintió un peso helado instalándose en su estómago.
Después levantó la mirada hacia Sofía, escrutando sus ojos llorosos.
—¿Quién te está escribiendo? —exigió saber.
—Te juro que no lo sé.
—¿Nunca viste el número? ¿Nunca intentaste rastrearlo?
—Siempre aparece como número privado. Es un canal unidireccional. No puedo contestarles aunque quiera.
Tomás devolvió el teléfono de mala gana. Otro golpe hizo vibrar la puerta de entrada, seguido por un grito amortiguado desde el jardín delantero. Se estaban coordinando para entrar al mismo tiempo.
Valentina miró hacia el pasillo oscuro.
—¿Cuánto falta para que entren, Tomás?
Tomás sacó la pistola que llevaba oculta en la cintura y comprobó la recámara con un chasquido metálico.
—Poco. Muy poco.
Sofía miró el arma y retrocedió un paso, tapándose la boca.
—No podemos enfrentarlos. Son demasiados, tienen fusiles.
—No pienso hacerlo —respondió Tomás con frialdad—. Si disparamos una sola vez, nos matan a los tres.
—Entonces, ¿qué vas a hacer? Nos van a acribillar acá adentro.
Tomás señaló la inmensa biblioteca de madera que cubría toda la pared norte del estudio, de donde habían sacado las fotos.
—Hay otra salida.
Valentina frunció el ceño, confundida a pesar del terror de la situación.
—¿Cómo sabés que hay otra salida?
—Porque tu padre construyó esta habitación específicamente para poder escapar.
—¿Y vos cómo sabés todo eso? —insistió Valentina, acercándose a él.
Tomás la miró a los ojos, y la confesión fue un golpe bajo.
—Porque ya estuve acá.
Valentina sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia o el frío.
—¿Cuándo?
Tomás no respondió, enfocándose en mover los libros pesados de la estantería.
—Tomás. Mirame y contestame. ¿Cuándo?
Él detuvo sus manos y la miró.
—Hace siete años.
La revelación la dejó completamente inmóvil. El aire parecía haberse vuelto más denso en la habitación secreta.
—¿Antes del accidente?
—Después.
—¿Estuviste en esta casa, caminando por estos pasillos... después de que te declararon muerto en la ruta?
—Sí.
—¿Con mi padre?
Tomás asintió pesadamente.
—Ricardo me trajo acá en secreto. Me escondió en esta misma habitación durante días.
Valentina sintió una mezcla indescifrable de rabia, traición y una tristeza infinita.
—¿Y nunca me viste? ¿Nunca me buscaste mientras yo lloraba por vos en la habitación de al lado?
—Una vez.
—¿Dónde?
Tomás bajó la mirada, incapaz de sostener la de ella.
—En tu cumpleaños.
Valentina quedó inmóvil. Su mente viajó rápidamente hacia el pasado.
—¿Qué cumpleaños?
—El de tus veintidós años.
Ella recordó aquella noche con claridad cristalina. Había llovido a cántaros, igual que ahora. Su padre había organizado una pequeña cena en el living principal, intentando animarla. Tomás había desaparecido de su vida hacía casi dos años, y ella todavía no podía superar el duelo de su muerte injusta.
—Yo estaba en la casa —susurró ella, con la voz quebrada.
—Sí. Estabas sentada cerca de la chimenea.
—¿Vos estabas acá? ¿En este estudio?
—Sí. Aislado.
Valentina sintió que le faltaba el aire. Se llevó una mano al pecho.
—¿Dónde estabas exactamente?
Tomás señaló la única ventana enrejada que daba al jardín trasero.
—Ahí afuera. En la oscuridad, bajo la lluvia.
Ella lo miró, sintiendo cómo el corazón se le estrujaba.
—¿Me viste?
—Sí. Tenías puesto ese suéter gris que te regalé.
—¿Y no entraste? ¿No me dijiste que estabas vivo?
—No podía.
Valentina negó lentamente con la cabeza, recordando cada detalle de aquella velada melancólica.
—Yo salí al jardín esa noche. Fumé un cigarrillo en la galería porque me asfixiaba estar adentro.
—Lo sé. Te vi encenderlo.
—Estuve sola en medio de la tormenta.
—No estabas sola, Valentina.
Ella cerró los ojos con fuerza. Un recuerdo particular emergió de las profundidades de su memoria, tan vívido como si hubiera pasado ayer. Había sentido una presencia. Una mirada intensa clavada en su nuca. Había mirado hacia la oscuridad de los arbustos cerca del viejo roble, pero no había visto a nadie. Pensó que era su propia imaginación jugándole una mala pasada por la tristeza.
—Eras vos.
Tomás no respondió.
Valentina sintió una lágrima caliente bajar por su rostro helado.
—Estuviste a pocos metros de mí. Podría haber extendido la mano y tocarte.
—Sí.
—Y no dijiste nada. Me dejaste llorarte de nuevo.
—Si lo hacía, te ponía en un peligro de muerte inminente. A vos y a Ricardo.
Ella se limpió la lágrima con rabia.
—Siempre la misma maldita excusa.