—Lo imposible es que tu padre siga muerto.
Las palabras de Tomás quedaron suspendidas en la quietud húmeda del garaje subterráneo. Eran pesadas, definitivas, y parecieron absorber todo el oxígeno del ambiente.
Valentina no reaccionó de inmediato. No podía hacerlo.
Miraba la vieja carta escrita por su madre como si las letras cursivas fueran a cambiar de forma, a reorganizarse en una mentira menos dolorosa delante de sus ojos. Pero la tinta azul seguía ahí, inmutable.
—No —dijo finalmente, con un hilo de voz que apenas se escuchó—. No puede ser. Estás equivocado.
Tomás no respondió. Sabía que ninguna palabra de consuelo iba a servir en ese momento.
—Yo vi su cuerpo en el hospital, Tomás. Vi cómo los monitores se apagaban.
—No viste su cuerpo muerto, Valentina. Viste a un hombre sedado que después fue declarado muerto.
—Vi el maldito ataúd bajar a la tierra.
—Cerrado. Tu padre insistió en un cajón cerrado. Siempre me pareció extraño para alguien de su perfil.
Valentina levantó la mirada, con los ojos brillando de furia y negación.
—Vi el funeral. Recibí el pésame de cientos de personas. Pagué la lápida.
—Eso no significa que el hombre enterrado ahí bajo la tierra fuera Ricardo Ríos.
Ella negó con vehemencia, retrocediendo un paso.
—No. No me vas a hacer esto.
—Valentina, tenés que escuchar la lógica...
—¡No!
Su voz rebotó violentamente contra las paredes de cemento del garaje.
Sofía permanecía inmóvil junto al auto, abrazándose a sí misma, aterrorizada por la dimensión del secreto que acababan de destapar.
Tomás intentó acercarse, extendiendo una mano para calmarla, pero Valentina retrocedió como si él estuviera hecho de fuego.
—No me toques. No te acerques.
Él se detuvo en seco, bajando la mano.
—Está bien. Me quedo acá.
Valentina respiró profundamente varias veces, intentando que el ataque de pánico no la dominara por completo.
—Mi padre murió hace ocho meses. El catorce de marzo.
—Eso es lo que él nos hizo creer a todos para poder desaparecer del radar de Gabriel.
—No. Lo vi enfermo. Lo vi consumirse. Hablé con él todos los días en esa maldita habitación.
Tomás la observó con una calma empática.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él a solas, lúcido?
Valentina tardó en responder. Su mente volaba hacia el pasado reciente, buscando refugio en los recuerdos.
—Tres días antes de su supuesta muerte. Después lo sedaron por el dolor.
Tomás intercambió una mirada significativa con Sofía, quien asintió levemente.
—¿Y cómo estaba en esa última charla?
Valentina cerró los ojos. Intentó recordar la escena.
La última conversación larga. La luz pálida de la tarde entrando por la ventana del San Gabriel. La forma peculiar en que su padre la había mirado, sosteniéndole la mano con una fuerza inusual para alguien moribundo.
Había algo extraño. Algo que en ese momento había atribuido a la medicación o al delirio de la enfermedad, pero que ahora cobraba un sentido macabro.
—Estaba... diferente.
—¿En qué sentido, Vale? Describilo.
—Parecía apurado. Y parecía... despedirse definitivamente. Me dijo que no importaba lo que pasara, tenía que recordar siempre la fecha de mi cumpleaños.
Tomás bajó la mirada hacia el sobre manila.
—Porque probablemente sabía que no volverías a verlo en mucho tiempo, si su plan funcionaba.
Valentina negó, aferrándose a su dolor.
—Pero murió. Hubo un acta de defunción firmada por un médico.
Tomás se acercó lentamente, sin invadir su espacio.
—En el sistema que él y mi padre crearon, un acta de defunción es solo un papel sellado por alguien a quien se le pagó lo suficiente. ¿Estás segura de que murió?
Valentina lo miró, indignada.
—¿Qué clase de pregunta enferma es esa? ¡Era mi padre!
—Precisamente por eso. Era tu padre, el hombre que nos engañó a todos hace siete años metiendo un cuerpo X en mi lugar. Si lo hizo una vez por mí, pudo hacerlo de nuevo por él.
Valentina sintió que la rabia comenzaba a crecer, hirviendo en su pecho.
—Vos aparecés en mi puerta después de siete años fingiendo estar muerto, y ahora pretendés decirme que mi padre, a quien lloré hace meses, también está vivo en algún lado. Es una locura.
—No pretendo nada, Valentina. La carta de mi madre es clara.
—Entonces ¿qué querés hacer ahora?
Tomás sostuvo su mirada con firmeza absoluta.
—Quiero descubrir quién está detrás de todo esto, limpiar tu nombre de esa maldita lista y terminar lo que empezó mi padre.
Sofía intervino, dando un paso tentativo hacia ellos.
—Y para eso necesitamos saber qué hay en la memoria USB de Ricardo. Es la única pieza del rompecabezas que nos falta.
Valentina miró el pequeño dispositivo plateado que todavía tenía fuertemente apretado en la mano.
—Sí. Tiene que haber respuestas acá adentro.
Tomás asintió, sacando las llaves del auto blindado.
—Vamos a un lugar seguro donde podamos abrirla sin que el sistema de Gabriel nos rastree.
—¿Dónde? Acá ya no es seguro.
—Conozco a alguien que puede ayudarnos con eso. Un experto.
***
El lugar estaba situado en una zona industrial de Avellaneda, al sur de la ciudad.
Era un pequeño taller mecánico rodeado de fábricas abandonadas y galpones oxidados. Parecía desierto y ruinoso desde afuera.
Tomás estacionó el auto de Ricardo a la vuelta de la esquina y se acercaron a pie, bajo la llovizna persistente.
Se detuvo frente a una puerta de chapa reforzada y golpeó dos veces.
Esperó unos diez segundos.
Golpeó una tercera vez, con un ritmo específico. Un código.