El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 14: La verdad de una madre

Valentina no podía apartar los ojos de aquella mujer en el callejón.
Había imaginado ese rostro cientos de veces a lo largo de su vida. Lo había buscado en fotografías antiguas de bordes gastados. En recuerdos borrosos de su infancia que ya no sabía si eran reales o inventados. En sueños melancólicos que se habían ido perdiendo con los años hasta convertirse en humo.
Pero nunca, ni en sus fantasías más salvajes, había imaginado volver a verlo frente a ella, respirando, bajo la lluvia fría del sur de la ciudad.

—Mamá... —susurró, con la voz quebrada.
La mujer, Elena, asintió lentamente. Sus ojos oscuros estaban llenos de una tristeza infinita.
—Valentina.
Ella dio un paso tambaleante hacia adelante.
—¿Estás viva?
La mujer sonrió con una mueca que no llegó a sus ojos.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre, mi amor. Nunca me fui del todo.

La respuesta la golpeó con la fuerza de un latigazo.
—No entiendo.
—Lo sé. Sé que es demasiado.
Valentina sintió que las lágrimas comenzaban a caer, mezclándose con la lluvia en su rostro.
—Me dijeron que habías muerto. Tuve que ir a un cementerio cuando era una nena.
—Tu padre necesitaba que lo creyeras. Era vital.
—¿Mi padre? —Valentina sintió que el poco respeto que le quedaba por Ricardo se esfumaba—. Ricardo armó todo eso.
La mujer bajó la mirada, avergonzada.
—Sí. Lo armó para salvarnos.

Valentina negó con la cabeza, sintiendo asco.
—¿Por qué?
—Porque si el mundo sabía que estaba viva, si la organización lo descubría, también podían encontrarte a vos para usarme en tu contra. O viceversa.
Tomás, que todavía mantenía el arma baja pero en alerta, intervino con voz dura.
—¿Quiénes te iban a encontrar, Elena?
La mujer lo miró de arriba abajo.
—Todavía seguís haciendo las mismas preguntas de hace siete años, Tomás.
—Y vos seguís sin responderlas.
Ella lo observó durante unos segundos, estudiando sus cicatrices.
—Tenés los ojos de tu padre. La misma mirada terca.

Tomás endureció la expresión al instante.
—No hables de él. No después de lo que me hizo.
—Algún día vas a necesitar saber quién era Daniel realmente.
—Ya sé quién era. Un monstruo.
—No. —La mujer negó lentamente—. Sabés quién quería él que creyeras que era. Son cosas muy distintas.

Antes de que Tomás pudiera replicar, un disparo sordo resonó detrás de ellos, destrozando el vidrio de un auto viejo cerca de la puerta trasera del taller.
La mujer reaccionó inmediatamente, con reflejos entrenados.
—Tenemos que irnos. Ya.
Tomás tomó a Valentina del brazo, cubriéndola.
—Por acá. Rápido.

La mujer los condujo corriendo hacia una camioneta 4x4 oscura que estaba estacionada discretamente detrás de los muros del taller, fuera de la vista de la calle principal.
Subieron rápidamente, resbalando en el barro.
Ella tomó el volante, insertó la llave y encendió el motor.
—Agáchense. No levanten la cabeza.
El motor rugió.
La camioneta salió del patio trasero derrapando, destrozando un cerco de alambre, justo cuando otro disparo impactaba contra la pared de ladrillos, a centímetros de donde habían estado parados.

Valentina miró hacia atrás a través del cristal oscuro de la luneta.
Los hombres armados salían del taller, disparando hacia la calle, mientras Esteban les devolvía el fuego desde el interior para cubrirlos.
—¿Quiénes son esos hombres? —gritó Valentina por encima del ruido del motor.
—No importa ahora. Bajá la cabeza —ordenó Elena.
—¡Para mí sí importa! ¡Casi nos matan!
Su madre la miró por el espejo retrovisor, con una calma aterradora.
—Lo sé.
—Entonces hablá. Dejá de ocultarme cosas.
—Primero tenemos que alejarnos de la zona de fuego.

Tomás, asomado apenas por la ventana del acompañante, observaba la calle que dejaban atrás.
—Nos siguen, Elena.
La mujer pisó el acelerador a fondo, esquivando baches en las calles de tierra de Avellaneda.
—Lo sé. Los vi.
—¿Cuántos son?
—Dos vehículos. Las SUV negras de Gabriel.
—¿Podemos perderlos?
—No con esta lluvia y en este barrio. Nos tienen ubicados.
Tomás la miró, sacando el cargador de su arma para revisar la munición.
—Entonces tenemos un problema grave.
La mujer sonrió apenas, maniobrando el volante con una sola mano.
—Siempre tuvimos problemas, Tomás. Esto no es nuevo.

Valentina, desde el asiento trasero junto a una petrificada Sofía, la observó, intentando asimilar que la mujer que conducía era la madre que había llorado toda su vida.
—¿Cómo sabías que estábamos en ese taller mecánico exactamente?
—Porque Ricardo me avisó.

Valentina sintió un escalofrío que le paralizó la espalda. Miró a Tomás y luego al espejo.
—Ricardo está muerto. O al menos, alguien ocupó su lugar.
Su madre no respondió de inmediato. Esquivó un camión en un cruce.
—Mamá. Respondeme.
La mujer permaneció concentrada en la carretera, con los nudillos blancos de apretar el volante.
—Ricardo murió. El verdadero Ricardo.
—Entonces ¿cómo te avisó de que íbamos a estar ahí?
—No me avisó ahora, Valentina. Me dejó un protocolo.
—¿Cuándo?
—Meses antes de morir en el hospital.

Valentina quedó en silencio, procesando la información.
—Él sabía que algún día encontrarías la memoria USB.
—¿Cómo podía estar tan seguro?
—Porque la dejó preparada de manera que solo vos pudieras activarla.
Tomás intervino desde adelante.
—¿Y por qué no la destruyó simplemente? ¿Por qué dejar una bomba de tiempo?
—Porque necesitaba que alguien la encontrara y terminara el trabajo que él no pudo.
—¿Quién?
La mujer miró a Tomás fugazmente.
—Vos.




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