Gabriel Ferrer permaneció de pie en lo alto de la escalinata, en la entrada del edificio oscuro, como si fuera el dueño del mundo.
No llevaba guardaespaldas a la vista, aunque en su mundo eso no significaba nada.
No sostenía ningún arma. Sus manos descansaban tranquilamente sobre el mango de su paraguas.
Ni siquiera parecía preocupado por el hecho de que Tomás le apuntara directamente al pecho desde la vereda.
Simplemente los observaba a los cuatro bajo la lluvia, con una sonrisa helada. Como si hubiera sabido desde el principio, desde el momento en que enviaron la primera fotografía al departamento, que terminarían exactamente allí.
Valentina fue la primera en reaccionar, rompiendo el hechizo de parálisis que la revelación de Sofía había provocado.
Se giró lentamente hacia su amiga.
—Sofía...
Su amiga no respondió. Seguía mirando a Gabriel con una mezcla de terror infantil y resentimiento.
—¿Es verdad lo que acabás de decir? —exigió Valentina, con la voz temblando por la rabia.
Sofía tragó saliva, incapaz de mirarla a los ojos.
—Sí.
—¿Sos su hija? ¿La hija del hombre que nos arruinó la vida?
—Sí, Vale.
Valentina sintió que la última columna que sostenía su cordura se quebraba dentro de ella con un crujido sordo.
Seis años.
Seis años compartiendo secretos y cafés.
Seis años contándole sus miedos más profundos sobre la muerte de Tomás, llorando en su hombro, compartiendo sus relaciones, sus problemas, sus sueños de recibirse.
Y todo el maldito tiempo había sido una mentira diseñada en un escritorio.
—¿Desde cuándo lo sabés? —preguntó Valentina, sintiendo asco.
Sofía finalmente apartó la vista de su padre y la miró, con lágrimas resbalando por sus mejillas mojadas.
—Desde siempre. Siempre supe quién era mi padre y qué hacía.
Valentina retrocedió, como si Sofía le fuera a contagiar una enfermedad letal.
—¿Y te acercaste a mí en la facultad por él? ¿Te plantó en mi vida?
—Al principio, sí. Esa era la orden.
La brutal honestidad de la respuesta dolió mucho más de lo que Valentina esperaba. Fue una puñalada directa al corazón.
—¿Al principio?
Sofía asintió desesperadamente.
—Te lo juro, Vale. Después dejé de hacerlo por él. Dejó de ser un trabajo.
—¿Entonces por qué te quedaste? ¿Para seguir pasándole reportes de cómo sufría?
Sofía la miró directamente a los ojos, suplicando compasión.
—No. Porque te convertiste en mi amiga. Mi única amiga real.
Valentina no supo qué responder a eso. El dolor era demasiado grande como para procesarlo bajo la tormenta.
Desde la escalinata, Gabriel dio un paso hacia abajo, interrumpiendo el drama.
—Creo que ya tuvimos suficiente de esta conmovedora conversación juvenil. Tenemos asuntos de adultos que resolver adentro.
Tomás se colocó rápidamente delante de Valentina, interponiéndose entre ella y Gabriel. Levantó el arma, apuntando firme.
—No te acerques un centímetro más, Gabriel.
Gabriel sonrió, deteniéndose en el escalón inferior.
—Seguís haciendo exactamente lo mismo de siempre, Tomás. No aprendés.
—¿Qué?
—Protegiéndola con tu cuerpo. Creyendo que podés ser un escudo humano contra el mundo.
—Es lo único que sé hacer cuando se trata de ella.
—Y por eso siempre perdés —sentenció Gabriel con crueldad—. Porque el amor en nuestro negocio es una debilidad táctica.
Tomás apretó la mandíbula hasta que los músculos se le marcaron.
—Esta vez no voy a perder. Se acabó tu juego.
Gabriel ignoró a Tomás y desplazó su mirada hacia Valentina.
—Tu padre también dijo eso mismo la noche que lo vi por última vez.
Valentina dio un paso hacia adelante, asomándose por detrás del hombro de Tomás.
—¿Dónde está?
La sonrisa de Gabriel desapareció en una fracción de segundo.
—¿Quién?
—Ricardo. Mi padre.
Gabriel permaneció en un tenso silencio, estudiando el rostro de Valentina bajo la llovizna.
—Decime dónde está mi padre ahora mismo —exigió ella.
—No puedo.
—¿No podés o no querés?
Gabriel inclinó ligeramente la cabeza, evaluando la pregunta.
—Hay una diferencia enorme entre ambas cosas en mi posición.
—Entonces elegí una respuesta y decila.
Él sonrió de nuevo, pero sin rastro de alegría.
—Seguís teniendo exactamente el mismo carácter indomable de tu madre.
Elena, que había estado detrás de Valentina, dio un paso al frente, poniéndose a la altura de Tomás.
—No la metas en esto, Gabriel. Dejá a mi hija en paz.
Gabriel la miró. Y, por primera vez en toda la noche, su expresión imperturbable cambió. Sus ojos se abrieron levemente, registrando una sorpresa genuina.
—Elena. Creí que estabas muerta. Vi los certificados de defunción hace catorce años.
—Vos mismo ayudaste a firmarlos y a que todos lo creyeran —escupió ella con desprecio.
—Fue necesario en ese momento para mantener la estructura intacta.
—No. —Elena negó con asco—. No fue necesario. Fue conveniente para vos.
Gabriel permaneció unos segundos en silencio, asimilando el regreso de un fantasma más a la ecuación. Después volvió su atención a Valentina.
—Tu madre siempre tuvo serios problemas para aceptar las decisiones difíciles que la vida exige.
Valentina sintió que la rabia crecía en su interior, quemándole el estómago.
—¿De qué decisiones hablás?
Gabriel no respondió. Miró su reloj.
—¡¿Qué decisiones, Gabriel?! —gritó Valentina.
Él la miró fijamente a los ojos.
—La decisión de salvarte la vida.