—*Protocolo de eliminación definitivo iniciado.*
La voz metálica, carente de toda emoción humana, volvió a repetirse a través de los altavoces ocultos en el techo del búnker. Las luces rojas giratorias tiñeron el rostro de Valentina con un resplandor sangriento.
Valentina miró a Tomás, con el terror latiendo en su garganta.
—¿Qué significa eso?
Él no respondió inmediatamente. Observaba las luces estroboscópicas que parpadeaban rítmicamente sobre el corredor de cemento, calculando el tiempo.
—Significa que este lugar, junto con todo y todos los que estamos adentro, va a dejar de existir en menos de tres minutos.
A través del cristal blindado, Ricardo permanecía sentado detrás de la inmensa mesa de conferencias. No parecía asustado. Solo profundamente cansado.
—No hay mucho tiempo, Tomás —se le escuchó decir a través de los parlantes de comunicación de la sala aislada.
Valentina, desesperada, corrió hacia el cristal y lo golpeó con ambas manos.
—¡Papá!
Intentó abrir la pesada puerta de vidrio que los separaba, tirando de la manija de acero con todas sus fuerzas, pero estaba herméticamente cerrada.
—¡Abrila! ¡Salí de ahí!
Ricardo negó lentamente con la cabeza desde el otro lado.
—No puedo, mi amor.
—¿Por qué no podés? ¡Salí!
—Porque no tengo la llave maestra desde este lado de la consola. El sistema se bloqueó cuando entraron.
Tomás se acercó de inmediato al panel de seguridad electrónico que estaba junto al marco de la puerta de vidrio.
—¿Quién la tiene? ¿Cómo lo anulamos?
Ricardo lo miró a los ojos a través del cristal grueso.
—Vos sabés quién la tiene.
Tomás frunció el ceño, revisando frenéticamente el teclado alfanumérico.
—Yo no tengo ninguna llave, Ricardo. Mi código de administrador fue revocado hace años.
—Sí la tenés —insistió Ricardo, señalando hacia Valentina.
Ricardo apuntó con el dedo índice directamente al cuello de su hija.
—La llevás colgando cerca del corazón desde hace siete años.
Tomás bajó la vista hacia el pecho de Valentina, y la comprensión lo golpeó de nuevo.
—El anillo.
—No puede ser —murmuró Valentina, agarrando el objeto de plata—. Esto me lo regalaste vos.
—Es una llave criptográfica encubierta —explicó Ricardo por el altavoz—. Daniel la diseñó.
Valentina, sin dudarlo un segundo más, se quitó la fina cadena del cuello y se la entregó a Tomás.
—¿Cómo funciona? Hacelo rápido.
—Ponela en el panel. En la ranura de anulación.
Tomás tomó el anillo de plata y lo colocó cuidadosamente en una pequeña ranura circular oculta debajo de la botonera.
El sistema emitió un pitido agudo y un sonido de procesamiento de datos.
La pantalla del panel parpadeó en amarillo.
*ACCESO PARCIAL. IDENTIDAD FÍSICA ACEPTADA.*
Pero la puerta no se abrió. Los cerrojos magnéticos seguían sellados.
—¿Qué falta? —preguntó Valentina, mirando los segundos bajar en el reloj digital del techo: 02:15.
Ricardo respondió, levantándose por primera vez de la silla:
—Falta la clave genética. Su sangre.
Valentina lo miró a través del cristal, horrorizada.
—¿Mi sangre?
—El sistema necesita confirmar que la persona portadora de la llave sos realmente vos, Valentina. Es el último filtro de Daniel.
Tomás, con un movimiento fluido, sacó la pequeña navaja táctica que siempre llevaba en el bolsillo.
—No —dijo él—. Tiene que haber otra forma de puentearlo.
Valentina lo detuvo, agarrando la hoja de la navaja con firmeza.
—Yo lo hago. Dámela.
Sin pensarlo dos veces, se hizo un pequeño corte limpio en la yema del dedo índice. Apretó hasta que afloró una gota roja y espesa, y la dejó caer sobre el pequeño sensor de cristal del panel.
Durante unos eternos segundos, no ocurrió absolutamente nada.
01:45.
Después, la pantalla del panel cambió a un verde brillante.
*IDENTIDAD GENÉTICA CONFIRMADA. DESBLOQUEO INICIADO.*
Se escuchó un siseo de despresurización, y la pesada puerta de vidrio blindado se abrió hacia un lado.
Valentina entró corriendo a la sala.
—¡Papá!
Ricardo dio un paso y ella se arrojó a sus brazos.
Durante unos preciosos segundos, no existió nada más en el mundo.
No había luces rojas ni alarmas atronadoras.
No había secretos de treinta años de antigüedad.
No había hombres armados persiguiéndolos en el piso superior.
No había un conteo regresivo hacia la muerte, ni siete años de dolorosas mentiras.
Solo ella y el hombre que la había criado, al que había creído perdido bajo dos metros de tierra.
—Perdoname —susurró Ricardo contra su cabello, con la voz ahogada por la emoción—. Perdoname por todo el daño que te hice.
Valentina lloró contra su pecho, apretando su camisa arrugada.
—Me hiciste creer que estabas muerto, papá. Fui a un funeral falso.
—Lo sé, hija. Fue lo más difícil que tuve que hacer en mi vida.
—Me dejaste sola. Completamente sola.
—Lo sé.
—¿Por qué? ¿Por qué tanta crueldad?
Ricardo cerró los ojos, abrazándola con más fuerza.
—Porque si sabías la verdad de que yo seguía respirando, te iban a matar a vos para llegar a mí. Eras mi única debilidad.
Valentina se apartó lentamente, mirándolo a la cara.
—¿Quiénes? ¿Gabriel?
Ricardo miró a Tomás por encima del hombro de Valentina.
—Todos ellos. Gabriel, Daniel y los mercenarios que contrataron.
Tomás se acercó, rompiendo la burbuja emocional.
—Necesitamos salir de acá. 01:20 en el reloj.
Ricardo asintió, volviendo a su modo pragmático. Tomó la pesada carpeta de cuero de la mesa.
—La carpeta. Ya está desencriptada.
Tomás la tomó, sintiendo el peso de miles de vidas destruidas.
—¿Qué contiene exactamente?
—Todo.
—¿Todo qué?
—Nombres reales, cuentas offshore, identidades de reemplazo, operaciones de blanqueo de los últimos veinte años. Las pruebas para destruir el sistema desde la raíz.
Ricardo miró a Valentina directamente a los ojos.
—Y también contiene tu verdadera historia. Tu certificado de origen.