El Hombre Que Debía Morir

Capítulo 18: La mentira de aquella noche

—¿Qué te dijo?
Tomás permanecía frente a ella en la vereda, bajo la lluvia, con los ojos oscurecidos por la preocupación.
Valentina no podía responder. Su garganta estaba completamente bloqueada.
Todavía tenía el teléfono apretado en la mano con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. La pantalla se había apagado hacía unos segundos, pero las últimas palabras de Ricardo seguían repitiéndose dentro de su cabeza, resonando como un eco envenenado.

*No confíes en Tomás.*
*Él no te contó lo que pasó aquella noche.*
*Fue Tomás quien entregó mi ubicación a Gabriel.*

Valentina levantó lentamente la mirada, parpadeando para apartar las gotas de lluvia y las lágrimas.
Tomás comprendió de inmediato que algo fundamental había cambiado. Su instinto de supervivencia le advirtió que la conexión entre ellos se había roto.
—Valentina. —Dio un paso al frente, levantando una mano para consolarla.
Ella retrocedió un paso, casi tropezando con el cordón de la vereda.
—No te acerques.
Tomás se quedó completamente inmóvil, con la mano suspendida en el aire.
—¿Qué pasó? ¿Quién era en el teléfono?
—Mi padre llamó.

La expresión de Tomás cambió radicalmente. La alerta táctica reemplazó a la preocupación.
—¿Ricardo? ¿Hablaste con Ricardo recién?
Valentina asintió, respirando de forma irregular.
—Está vivo.
Durante un instante, una fracción de segundo apenas, Tomás pareció genuinamente aliviado. Soltó un suspiro pesado.
Después, miró detenidamente el rostro de Valentina, desfigurado por el dolor y la sospecha.
Y dejó de sonreír.
—¿Qué te dijo sobre mí?
Ella apretó aún más el teléfono contra su pecho.
—Que no confíe en vos. En ningún momento.

Tomás bajó la mirada hacia el asfalto mojado. Cerró los ojos con fuerza.
—Valentina... por favor.
—No. No me pidas por favor.
—Escuchame un segundo. Dejame explicarte.
—¿Es verdad, Tomás? —lo interrumpió ella, con la voz afilada como un cristal roto.

Tomás no respondió.
Ese silencio, esa pausa antes de la defensa, fue suficiente.
Valentina sintió que el pecho se le cerraba herméticamente, aplastando sus pulmones.
—¿Entregaste su ubicación? ¿Vos lo vendiste a la organización esa noche?
—No es lo que pensás, Vale. Te juro que no fue así.
—Entonces decime qué carajos es. Dejá de usar frases armadas y decime la verdad de una maldita vez.

Tomás levantó la mirada, enfrentando la tormenta en los ojos de ella.
—Yo no entregué a tu padre para que lo mataran.
—¿Nunca?
—Nunca. Jamás haría eso.
—¿Estás completamente seguro?
—Sí. Te doy mi vida en ello.
Valentina lo observó con asco y desesperación.
—Entonces, decime, si eso es cierto... ¿por qué mi padre gastaría la poca batería que le queda escondido en un pozo para llamarme y decirme exactamente eso?
Tomás respiró profundamente, pasándose las dos manos por el pelo mojado.
—Porque quiere que desconfíes de mí. Es una táctica de manual.
—¿Por qué mi padre querría ponerme en tu contra en un momento así?
—Porque necesita que te alejes. Que cortes los lazos.
—¿De vos?
—Sí. De mí y de todo mi pasado. Soy radiactivo para vos.

Valentina negó lentamente con la cabeza, incapaz de asimilar tanta paranoia.
—No entiendo nada. Nada tiene sentido en esta historia de mierda.
Tomás dio un paso tentativo hacia ella.
Ella retrocedió dos.
—Necesito tiempo. Necesito pensar sola.
—No tenemos tiempo para esto, Valentina. Los hombres de Gabriel nos están buscando y Daniel anda suelto.
—¡Siempre decís lo mismo! —Su voz se quebró, elevándose por encima del ruido de la tormenta—. ¡Siempre es urgente! Siempre tenemos que correr sin mirar atrás. Siempre hay alguien persiguiéndonos con armas. Y cada vez que creo que finalmente voy a entender algo, cada vez que bajo las defensas... aparece otra mentira tuya.

Tomás bajó la mirada, sintiendo el peso de la acusación. Sabía que no podía defender lo indefendible.
—Tenés razón.
—No me sirve de nada que tengas razón, Tomás. Me sirve que seas honesto.
—Lo sé.
—Quiero la verdad. Ahora mismo. Acá en la calle.
Tomás permaneció callado durante unos interminables segundos.
Valentina lo miró fijamente, con los brazos cruzados.
—Toda la verdad. Minuto a minuto de la noche del accidente.
Él suspiró profundamente, rindiéndose.
—Está bien.

Sofía, que observaba la escena desde unos metros de distancia, sintiéndose como una intrusa después de su propia traición, tosió levemente.
—¿Quieren que me vaya? Los espero en la esquina.
Valentina negó secamente sin mirarla.
—No. Quedate ahí.
Tomás miró hacia ella con severidad.
—Vos también tenés todo el derecho a escuchar esto. Te lo debo.
Sofía frunció el ceño, confundida.
—¿Qué cosa me debés a mí?
Tomás se apoyó contra la chapa oxidada del portón del taller.
—Saber qué pasó realmente la noche del accidente. La noche en que supuestamente morí y tu padre tomó el control.

Valentina sintió un escalofrío de anticipación. Se cruzó de brazos más fuerte.
—Empezá desde el principio. Sin omitir detalles.
Tomás cerró los ojos, visualizando la línea de tiempo.
—El accidente en la ruta nunca fue un accidente. Fue un evento planificado.
—Eso ya lo sé, Tomás. Tu padre y Ricardo lo armaron.
—No. —La miró directamente a los ojos—. No sabés hasta qué punto fue planificado. Ni quién iba realmente a morir esa noche.




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