El mensaje de texto seguía iluminando la pantalla del teléfono con un brillo azulado, arrojando sombras duras sobre los rostros dentro del vehículo.
«Ya sabemos cuál de los dos sobrevivió.»
Tomás no apartaba la mirada del pequeño rectángulo de cristal. Parecía haber dejado de respirar. Cada músculo de su mandíbula estaba tenso, marcando la fuerza con la que apretaba los dientes.
Valentina, desde el asiento del acompañante, observó su rostro transfigurado por la paranoia.
—¿Quién lo mandó? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—No lo sé. Es un número encriptado.
—¿Seguro?
Tomás levantó lentamente los ojos de la pantalla, y la frialdad que había en ellos hizo que Valentina sintiera un escalofrío.
—No.
La respuesta seca la sorprendió.
—¿Qué significa eso, Tomás?
—Que hay una persona en este mundo que podría haberlo enviado ahora mismo para marcarnos.
—¿Quién?
Tomás no respondió con palabras. Simplemente giró la cabeza hacia el asiento trasero del auto.
Sofía permanecía inmóvil, acurrucada contra la puerta, intentando hacerse lo más pequeña posible.
—Ella. —La acusación de Tomás cortó el aire como una navaja.
Valentina giró su cuerpo sobre el asiento inmediatamente, enfrentando a su amiga.
—¿Sofía?
Su amiga abrió los ojos de par en par, sacudida por la acusación.
—¿Qué?
—¿Vos mandaste ese mensaje recién? —exigió Valentina.
—No. Te lo juro por mi vida que no.
Sin previo aviso, el sonido metálico de un arma desenfundada llenó el habitáculo. Tomás se había girado por completo y ahora apuntaba el cañón de su pistola directamente al pecho de Sofía.
Sofía levantó las manos por puro instinto, aplastándose contra el vidrio empañado.
—¡No hice nada! ¡No tengo un teléfono encima!
—Entonces explicame cómo sabían los limpiadores de tu padre que estábamos estacionados acá, a esta misma hora. Explicame cómo saben mi puto nombre.
Sofía lo miró, llorando, genuinamente confundida y aterrorizada.
—No sabía, Tomás. No sé cómo nos rastrean.
—Mentís. Sos los ojos de Gabriel.
—¡No!
Valentina, actuando por impulso para evitar una tragedia en ese auto cerrado, se interpuso, agarrando el brazo armado de Tomás con ambas manos y empujándolo hacia abajo.
—Tomás, bajá el arma. Estás perdiendo el control.
—Valentina, corréte de la línea de fuego.
—No me voy a correr.
Sofía comenzó a llorar desesperadamente, sollozando en el asiento trasero.
—Yo no sé qué está pasando... quiero que esto termine.
Tomás sostuvo la mirada desafiante de Valentina durante unos segundos interminables, evaluando si ella también era parte de la trampa. Finalmente, la cordura táctica se impuso. Bajó el arma a regañadientes.
—Entonces alguien nos está siguiendo muy de cerca. Y nos está escuchando.
Miró por el espejo retrovisor exterior.
El vehículo sedán oscuro que estaba detrás de ellos, a unos cincuenta metros en la calle mojada, seguía detenido con el motor en marcha y las luces de posición apagadas.
—Y sabe que tenemos la carpeta roja.
Tomás soltó el freno de mano y pisó el acelerador a fondo.
El automóvil salió disparado por la avenida industrial, patinando un segundo sobre el asfalto resbaladizo antes de encontrar tracción.
Valentina miró hacia atrás a través de la luneta salpicada por la lluvia.
El otro vehículo encendió sus luces largas de inmediato y comenzó a seguirlos, acelerando para acortar la distancia.
—Nos siguen, Tomás. Vienen rápido.
—Sí. Los veo.
—¿Quiénes son?
—Los que quieren recuperar la carpeta roja antes de que alguien más vea los nombres.
—¿Y si la destruimos ahora mismo? La tiramos por la ventana al río.
Tomás negó bruscamente mientras daba un volantazo para esquivar un camión de carga estacionado, metiéndose de contramano por una calle estrecha.
—No. Estás loca.
—¿Por qué? ¡Es lo que nos está poniendo en peligro!
—Porque es la única maldita prueba que tenemos en este mundo.
—¿Prueba de qué? ¿De que fabricaban identidades? Ya lo sabemos.
Tomás la miró fugazmente, y sus ojos estaban llenos de una tristeza profunda.
—De que tu vida entera fue construida sobre una mentira genética.
Valentina sintió un escalofrío que le heló la sangre. El auto volvió a girar bruscamente, haciéndola golpear contra la puerta.
—¿Qué querés decir con eso?
—Que Ricardo Ríos no era tu único padre.
Ella cerró los ojos, intentando bloquear las revelaciones.
—Eso ya me lo dijiste antes, en el otro auto.
—No. —Tomás negó, concentrado en la persecución—. No te dije toda la verdad todavía. Te di la mitad.
Valentina lo miró, sintiendo que no podía soportar una mentira más.
—Entonces hablá. Ahora. Antes de que nos maten.
Tomás respiró profundamente, esquivando un charco inmenso que salpicó agua sucia sobre el parabrisas.
—Gabriel Ferrer no solo es tu padre biológico, Valentina.
—¿Qué más es?
—Es quien ordenó que te ocultaran en primer lugar, usando a Ricardo como fachada.
—¿Por qué mi propio padre ordenaría esconderme como si fuera un monstruo?
—Porque cuando naciste, los técnicos de la clínica clandestina descubrieron que tu ADN coincidía con una muestra que podía destruir toda la estructura de la organización desde adentro.
Valentina quedó inmóvil en su asiento, procesando lo imposible.
—¿Mi ADN?
—Sí. Tu firma genética.
—Eso no tiene el menor sentido. Yo no soy nadie.
—Para ellos sí lo sos. Para ellos sos una bomba de tiempo caminando.
—¿Qué fue lo que encontraron exactamente en mi sangre?