El disparo atravesó la oscuridad y rompió el silencio como un latigazo.
Valentina gritó, un sonido agudo y lleno de terror puro que resonó en las paredes vacías de la habitación.
Tomás reaccionó por puro instinto de supervivencia, entrenado por años en las sombras. Se abalanzó sobre ella, empujándola sin piedad contra el suelo de madera cubierto de polvo.
—¡Abajo! ¡Cuerpo a tierra!
Casi de inmediato, otro disparo.
El ruido fue ensordecedor en el espacio cerrado. El vidrio de una de las grandes ventanas estalló en mil pedazos, lloviendo esquirlas sobre ellos como una granizada de cristal.
Sofía, paralizada por el pánico, se agachó torpemente y gateó hasta esconderse detrás de la mesa, cubriéndose la cabeza con ambas manos.
—¡¿Quién carajos está disparando?! —gritó ella, con la voz ahogada.
Nadie respondió.
Tomás permanecía tendido sobre Valentina, protegiéndola con su propio peso. Tenía el arma levantada hacia las sombras, apuntando hacia el pasillo principal, con los ojos bien abiertos buscando cualquier movimiento en la negrura absoluta.
—No se muevan un centímetro —ordenó Tomás en un susurro áspero y cortante.
—¿Tomás? —preguntó Valentina, temblando incontrolablemente bajo él.
—Silencio.
Se escucharon pasos. Lentos, metódicos, pisando sobre el vidrio roto que cubría el suelo.
Uno.
Dos.
Tres.
Alguien avanzaba sigilosamente por el pasillo, dirigiéndose directo hacia el salón donde estaban acorralados.
Tomás ajustó su agarre en la empuñadura del arma y apuntó directamente hacia la silueta difusa en la puerta, con el dedo en el gatillo.
Entonces, de manera abrupta, las luces del edificio volvieron a encenderse todas a la vez, cegándolos por una fracción de segundo.
Cuando los ojos de Tomás se ajustaron al resplandor, vio que la mujer —Elena, la madre de Valentina— seguía allí, parada en el umbral.
Pero ya no estaba sola.
Un hombre alto y elegante estaba justo detrás de ella, sosteniendo un arma que apuntaba a la espalda de la mujer.
Tomás reconoció el rostro al instante, y la sangre le hirvió en las venas.
—Gabriel.
Gabriel Ferrer levantó lentamente su propia arma y la apuntó hacia el centro de la sala.
—Bajá la tuya, muchacho. Se terminó el juego.
Tomás no obedeció. Mantuvo su objetivo firme, apuntando directamente a Gabriel.
—¿Vos disparaste hacia acá, hijo de puta?
—No. Yo no desperdicio balas en las ventanas.
Gabriel miró fríamente a la mujer que tenía como escudo.
—Ella sí lo hizo.
Valentina se incorporó a medias, apoyándose en los codos, asombrada. Miró a su madre biológica, incapaz de entender.
—¿Vos disparaste? ¿Por qué?
La mujer no respondió. Mantuvo la mirada fija al frente, con una expresión gélida.
Gabriel dio un paso hacia el salón, empujando levemente a Elena con el cañón del arma.
—Porque quería asegurarse de que ustedes dos, un par de idiotas sentimentales, entendieran de una vez que esto ya no es un juego. Se les acabó el tiempo.
Tomás seguía apuntando, negándose a ceder el control.
—¿Qué querés de nosotros, Gabriel? ¿Por qué nos acorralás acá?
Gabriel desvió la mirada hacia la gruesa carpeta roja que descansaba sobre la mesa, cerca de donde se escondía Sofía.
—Quiero exactamente lo mismo que quiere ella.
—¿El archivo maestro? Llevátelo. Es todo tuyo.
—No.
Gabriel negó con la cabeza, una sonrisa condescendiente asomando a sus labios.
—El archivo no me importa. La quiero a Valentina.
Tomás se levantó de un salto y se colocó rápidamente delante de ella, cubriendo su cuerpo por completo.
—No.
Gabriel suspiró pesadamente, pareciendo cansado.
—Siempre igual, Tomás. Siempre jugando al mártir.
—No vas a llevártela a ningún lado.
—Es que no estás prestando atención, chico. No quiero "llevármela" para hacerle daño.
Gabriel miró directamente a los ojos aterrados de Valentina, ignorando a Tomás.
—Quiero salvarla.
Ella soltó una risa amarga, corta, que sonó como un quejido.
—¿Salvarme vos a mí?
—Sí.
—Vos arruinaste mi vida desde que tengo memoria.
Gabriel bajó la mirada por un instante, asumiendo el peso de la acusación.
—Lo sé.
—Me mentiste sobre mi padre.
—Sí. Fue una decisión necesaria.
—Sobre mi madre.
Gabriel permaneció en silencio, sin atreverse a justificar aquello.
—Y sobre Tomás. Le arruinaste la vida a él también.
Esta vez, Gabriel levantó los ojos con una dureza implacable.
—También. Todo fue diseñado así.
Valentina sintió que la rabia pura le daba fuerzas para ponerse de pie por completo, enfrentando al hombre.
—Entonces, si sos capaz de admitirlo todo... decime una sola maldita verdad esta noche.
Gabriel esperó en silencio, inmutable.
—¿Quién soy yo realmente, Gabriel?
La habitación quedó en un silencio mortal.
Gabriel finalmente respondió, y cada palabra fue una condena.
—Sos la razón por la que empezó toda esta organización.
Valentina frunció el ceño, exigiendo más que una frase hecha.
—Eso no significa nada para mí. Es un acertijo barato.
—Significa, Valentina, que cuando naciste descubrimos algo en vos que iba a cambiar las reglas del juego para siempre.
—¿Qué descubrieron?
Gabriel miró fugazmente a la mujer vestida de negro que estaba junto a él.
—Tu madre puede explicarlo mucho mejor que yo. Ella diseñó la fachada de ese engaño.
Valentina la observó con repulsión.
—¿Es verdad lo que dice este monstruo?
La mujer asintió mecánicamente.
—Sí.
Valentina sintió que las piernas le temblaban. Se agarró del respaldo de una silla vieja.
—¿Por qué todos ustedes se confabularon para ocultarme quién eras? ¿Por qué dejarme creer que estabas en una tumba?
Su madre dio un paso lateral y adoptó una postura fría.
—Porque eras demasiado importante, Valentina. No podías ser criada a la luz del día.
—No soy importante. Soy una persona normal.
—Para ellos sí lo sos. Para el núcleo de la red.
—¿Para quiénes?
La mujer respiró profundamente.
—Para la organización original que Ricardo, tu padre adoptivo, intentó destruir desde adentro robando los códigos genéticos.