La voz automática seguía repitiendo la advertencia con una monotonía exasperante, pero pronto fue ahogada por un sonido mucho más letal.
El crujido de la madera astillándose.
La pesada puerta doble del salón no fue simplemente abierta; fue volada desde sus bisagras. Una carga explosiva direccional destrozó la cerradura, enviando una lluvia de astillas afiladas y humo gris hacia el interior del departamento oscuro.
Inmediatamente después, un cilindro metálico rodó por el suelo de parqué, deteniéndose a centímetros de la mesa de roble.
Tomás lo reconoció en una fracción de segundo.
—¡Cierren los ojos y tapense los oídos! —gritó, arrojándose con todo su peso sobre Valentina, aplastándola contra la alfombra cubierta de vidrios rotos.
La granada aturdidora detonó con un estruendo que pareció rasgar el tejido mismo de la realidad. Un destello de luz blanca, millones de veces más brillante que el sol, inundó la habitación, seguido de un zumbido ensordecedor que anuló cualquier otro sonido.
Valentina sintió que el cerebro le vibraba contra el cráneo. Estaba ciega, sorda y desorientada, atrapada bajo el cuerpo de Tomás. Apenas podía respirar a causa del humo acre de la pólvora.
A través de la neblina del aturdimiento, Tomás levantó su arma y comenzó a disparar a ciegas hacia el umbral de la puerta. Los fogonazos de su pistola iluminaban fugazmente la habitación.
Gabriel Ferrer, a pesar de sus años como estratega de escritorio, demostró por qué había sobrevivido tanto tiempo en la cima de la cadena alimenticia. Se había parapetado detrás de un pesado sillón de cuero y devolvía el fuego con una precisión letal, usando su arma automática.
Elena, la madre de Valentina, disparaba desde el otro flanco, moviéndose en las sombras con la agilidad de un fantasma.
Los intrusos, vestidos con equipo táctico negro y máscaras antigás, entraron en formación de cuña, respondiendo con ráfagas de subfusil que destrozaron los cuadros de las paredes, los jarrones y la mampostería.
El departamento se convirtió en una trituradora de carne. El aire se llenó de polvo de yeso y plomo volador.
Sofía gritaba desde su escondite debajo de la mesa, con las manos apretadas sobre la cabeza, aterrada por el fuego cruzado en el que su propio padre participaba.
Valentina intentó moverse, pero Tomás la mantuvo inmovilizada contra el suelo.
—¡No te levantes, carajo! —le gritó él, aunque ella apenas podía escucharlo por el zumbido en sus oídos.
Uno de los tácticos avanzó demasiado, apuntando su fusil directamente hacia donde estaban Tomás y Valentina.
Antes de que pudiera apretar el gatillo, Gabriel se puso de pie, exponiéndose por completo, y le disparó tres veces en el pecho. El hombre cayó pesadamente hacia atrás, pero el movimiento de Gabriel delató su posición.
Una ráfaga de balas cruzó la sala, trazando una línea invisible que encontró su objetivo.
Gabriel Ferrer soltó un gruñido ahogado, un sonido gutural y antinatural. El arma se le resbaló de las manos y cayó de rodillas, con los ojos muy abiertos, manchando su camisa impecable con tres flores rojas que florecían rápidamente en su abdomen.
—¡Gabriel! —gritó Elena, perdiendo su fachada gélida por un segundo de puro instinto.
Gabriel la miró desde el suelo. Tosió, escupiendo un hilo de sangre oscura que le manchó la barbilla. A pesar del dolor evidente que lo estaba desarmando, clavó sus ojos en Valentina, que lo observaba horrorizada desde el piso.
En medio del estruendo ensordecedor de los disparos, el hombre que había ordenado asesinatos, el arquitecto de la mentira más grande del país, movió los labios formando una última frase silenciosa dirigida a su hija biológica.
*Te dije que te iba a salvar.*
Con un último esfuerzo sobrehumano, Gabriel tomó su arma del suelo, se levantó a medias y comenzó a vaciar el cargador hacia la puerta, atrayendo todo el fuego enemigo hacia su posición, convirtiéndose en un escudo de carne para que los demás pudieran escapar.
Tomás no desperdició el sacrificio. Sabía que no iban a ganar ese tiroteo.
Agarró a Valentina por el cuello de la campera y tiró de ella.
—¡A la ventana! ¡Ahora!
Elena agarró a Sofía, arrastrándola desde debajo de la mesa.
—¡Movéte, Sofía, corré!
Los cuatro corrieron encorvados hacia el fondo del living, donde los ventanales ya habían sido destrozados por los primeros disparos del asalto. El viento y la lluvia entraban a raudales, empapando las cortinas destrozadas.
Tomás saltó primero por el marco roto, aterrizando sobre la resbaladiza estructura metálica de la escalera de incendios en el exterior del edificio. Se giró de inmediato, extendiendo los brazos.
—¡Saltá, Vale! ¡Dámela mano!
Valentina no lo pensó. El sonido de los disparos acribillando el cuerpo de Gabriel a sus espaldas fue el último empujón que necesitaba. Saltó al vacío, aterrizando torpemente sobre el metal oxidado. Tomás la sostuvo para que no cayera al callejón, tres pisos más abajo.
Sofía saltó después, llorando histéricamente, seguida muy de cerca por Elena, que aterrizó con la gracia de un gato callejero y cerró la persiana metálica desde afuera para ganarles unos preciosos segundos.
—¡Bajen, no se detengan! —ordenó Elena, empujando a Sofía por los escalones.
La lluvia los azotaba sin piedad. El metal de la escalera de incendios estaba helado y resbaladizo. Cada paso era un riesgo de muerte, pero el peligro real venía desde arriba.
Escucharon los gritos de los comandos tácticos acercándose a la ventana que acababan de abandonar.