La madrugada avanzaba con una lentitud agónica, devorando los restos de la tormenta.
La lluvia había dado paso a una llovizna fina y constante, y una niebla espesa comenzaba a levantarse desde el asfalto caliente, envolviendo la ciudad en un manto fantasmal.
Elena había logrado puentear el encendido de un viejo sedán gris que encontraron estacionado a tres cuadras del edificio abandonado. Nadie hizo preguntas. A esas alturas, robar un auto era el menor de sus delitos.
El viaje hacia la zona norte de la provincia de Buenos Aires transcurrió en un silencio absoluto, tan pesado que casi asfixiaba.
Valentina iba sentada en la parte de atrás, mirando por la ventanilla cubierta de gotas. Su mente era un torbellino de imágenes fragmentadas que se negaban a encajar.
Veía a Gabriel Ferrer cayendo de rodillas, con el pecho destrozado por las balas, diciéndole que quería salvarla.
Veía a su padre, Ricardo, encerrado en un búnker de cristal, asumiendo la culpa de haber armado todo el teatro para protegerla del sistema.
Y miraba la nuca de Tomás —o Nicolás, el nombre todavía le resultaba extraño y ajeno— en el asiento del acompañante, perfilado contra las luces de la autopista Panamericana.
Se sentía vacía. Había perdido a sus dos padres en menos de doce horas, y la mujer que manejaba el auto, su madre biológica, le resultaba una perfecta y letal desconocida.
—Faltan cinco kilómetros para el desvío —anunció Elena, con los ojos fijos en la neblina.
Tomás asintió en silencio. Sacó el revólver que le había quitado a uno de los hombres de Salvatierra antes de escapar y comprobó el cargador por enésima vez.
Sofía, sentada junto a Valentina, temblaba de frío. No había dejado de llorar la muerte de Gabriel, acurrucada contra la puerta del auto. A pesar de haber descubierto que su padre era un monstruo corporativo, la sangre seguía tirando.
Valentina se obligó a hablar, rompiendo la quietud fúnebre del habitáculo.
—¿Cómo sabés que Salvatierra va a aceptar ir al cementerio, Tomás?
Él la miró por el espejo retrovisor.
—Porque Salvatierra es un sádico con complejo de superioridad. Quiere la memoria USB, te quiere a vos por tu ADN y quiere el control de la organización. Un intercambio en un lugar aislado y simbólico como el cementerio apela a su ego. Se va a sentir intocable ahí.
—¿Y si trae un ejército? —preguntó Sofía, limpiándose las mejillas con la manga mojada de su abrigo.
—Lo va a hacer —respondió Tomás con frialdad—. Pero un cementerio privado a las cuatro de la mañana, en medio de la niebla, es un terreno lleno de puntos ciegos. Hay mausoleos, estatuas, desniveles. Un equipo táctico pierde su ventaja si no sabe exactamente de dónde viene el golpe. Nosotros vamos a elegir el campo de batalla.
Elena giró el volante con brusquedad, tomando la bajada hacia Pilar.
El cementerio privado "Jardines del Descanso" estaba ubicado en una zona arbolada y exclusiva, lejos de los ruidos de la ciudad. Era inmenso, con hectáreas de césped perfectamente cuidado, senderos de grava blanca y panteones de mármol negro que parecían pequeñas mansiones.
Aparcaron el sedán gris a doscientos metros de la entrada principal, ocultos bajo las ramas caídas de un sauce llorón.
Bajaron del auto en silencio. El frío calaba hasta los huesos, pero la adrenalina mantenía la sangre caliente.
Tomás guio al grupo hacia uno de los muros laterales, cubierto de enredaderas. Era una zona que las cámaras de seguridad no lograban cubrir por completo.
—Por acá. Suban rápido. Yo las cubro —indicó Tomás, entrelazando las manos para hacerle pie a Valentina.
Ella apoyó su bota en las manos de él y se impulsó hacia arriba. Al pasar sobre el muro, sintió un pinchazo de déjà vu. Estaba entrando ilegalmente al mismo lugar donde había pasado incontables domingos llorando con un ramo de flores en la mano.
Sofía y Elena saltaron después. Tomás fue el último en trepar, aterrizando sin hacer ruido sobre el césped húmedo del interior.
El silencio del cementerio era sobrecogedor. Solo se escuchaba el crujir de la grava bajo sus pies. Caminaron como sombras entre las lápidas y las estatuas de ángeles que los observaban desde la niebla.
—Sector cuatro —susurró Tomás, liderando el camino sin dudar un instante. Conocía el mapa de memoria—. Fila diecisiete.
Caminaron durante cinco minutos que parecieron horas. La bruma les llegaba hasta las rodillas, dándole al lugar un aspecto irreal.
Finalmente, Tomás se detuvo frente a una parcela despejada.
Había una lápida de granito gris, sobria y elegante.
Valentina se acercó lentamente, sintiendo que el corazón le latía en la garganta.
Se agachó y rozó con la yema de los dedos las letras talladas en bajorrelieve en la piedra fría.
**TOMÁS VIDAL**
*1992 - 2019*
*Tu memoria vive en nosotros.*
Un nudo doloroso le apretó la tráquea. Miró hacia un costado. Tomás estaba parado a un metro de distancia, mirando su propio nombre tallado en la tumba, con las manos metidas en los bolsillos de su campera empapada.
—Acá venía a llorarte —susurró Valentina, sin poder apartar los ojos de la lápida—. Hablaba con vos. Te contaba cómo me había ido en los exámenes. Te pedía perdón por no haber estado en el auto con vos esa noche.
Tomás apretó los labios, sintiendo la punzada de culpa.
—Y yo te veía hacerlo.
Valentina se puso de pie, sorprendida.
—¿Qué?
—Yo venía acá también, Vale. Me escondía detrás de aquellos cipreses —Tomás señaló un grupo de árboles oscuros a unos cincuenta metros de distancia—. Veía cómo le dejabas flores a mi hermano. Y me odiaba a mí mismo cada segundo por no poder cruzar esa distancia y abrazarte.