El crujido de la grava bajo los zapatos de Ricardo Ríos era el único sonido que rompía el silencio sepulcral de la madrugada.
Caminaba encorvado, arrastrando la pierna derecha, sosteniéndose el abdomen con un brazo que parecía dislocado. Cada paso era una victoria contra el dolor y la gravedad. A pesar de los golpes y la sangre que le cubría la mitad del rostro, mantenía la mirada fija en su hija.
Valentina sentía que el pecho le iba a estallar. Quería correr hacia él, romper la distancia y abrazarlo, pero los brazos de Tomás la rodeaban como tenazas de acero, manteniéndola anclada junto a la tumba.
—Esperá, Vale —le susurró Tomás al oído, sin apartar los ojos de los tiradores de Salvatierra—. Dejá que cruce la mitad del camino. Si te movés ahora, lo acribillan por la espalda.
Cuando Ricardo estuvo a dos metros de ellos, sus rodillas finalmente cedieron.
Tomás lo soltó a Valentina y se abalanzó hacia adelante, atrapando a su antiguo mentor antes de que su rostro golpeara contra el mármol de la lápida.
Valentina cayó de rodillas a su lado, tomando el rostro magullado de su padre entre sus manos temblorosas.
—Papá... ya está, ya estás con nosotros —lloró ella, limpiándole la sangre de los ojos con la manga de su remera.
Ricardo tosió, escupiendo un hilo rojo, y le dedicó una sonrisa torcida, carente de fuerza pero llena de amor.
—Son un par de idiotas obstinados... —susurró él con dificultad—. Les dije que me dejaran atrás.
Tomás lo acomodó suavemente contra la base de la lápida de granito, usándola como cobertura parcial.
—Nunca fuimos buenos siguiendo tus órdenes, Ricardo. Ya deberías saberlo.
A veinte metros de distancia, la figura elegante y siniestra del Doctor Salvatierra rompió el momento de intimidad con un aplauso lento y sarcástico.
—Conmovedor. Realmente digno de una tragedia griega, Nicolás. Pero el tiempo de las reuniones familiares se agotó. El archivo y la chica. Ahora.
Tomás se levantó lentamente, interponiéndose entre su familia y los fusiles que los apuntaban.
Metió la mano en el bolsillo interior de su campera y sacó la memoria USB plateada, levantándola en el aire para que brillara bajo las luces de la camioneta.
—Acá tenés la memoria, Salvatierra. El trabajo de toda una vida.
Salvatierra extendió una mano, enguantada en cuero negro.
—Tirala hacia acá. Suavemente.
—No tan rápido —replicó Tomás—. Si te tiro esto, nos vas a fusilar antes de que toque el piso.
—Nicolás, por favor. No me insultes. Soy un profesional.
—Y yo soy un paranoico —dijo Tomás, dando un paso lateral para mantenerse en la línea de visión de la oscuridad, donde sabía que Elena estaba apuntando—. Traé tu computadora. Comprobá que los archivos están intactos acá mismo. Cuando veas que tenés el control del sistema, nos damos la vuelta y nos vamos.
Salvatierra frunció el ceño, evaluando la trampa. Miró a su alrededor, escrutando la niebla, pero el ego pudo más que la prudencia. Quería coronarse rey esa misma noche.
Hizo un gesto seco con dos dedos.
Uno de los guardias tácticos bajó su fusil, abrió la puerta de la camioneta y sacó un maletín rígido, resistente a impactos. Caminó hasta la mitad de la distancia, se acercó a una tumba plana de mármol negro que estaba a pocos metros de Tomás, y abrió el maletín.
En su interior había una computadora portátil de grado militar, encendida y conectada a un servidor satelital.
Salvatierra caminó hacia la computadora, flanqueado por sus dos mejores hombres.
—Acercate, Nicolás. Traé el juguete. Y traé a la llave humana.
Tomás miró a Valentina. Le ofreció una mano para ayudarla a levantarse.
—Es hora, Vale. No demuestres miedo.
Ella asintió, tragándose el terror. Se puso de pie, irguiendo la espalda con la misma terquedad que había heredado de su madre.
Caminaron juntos los pocos pasos que los separaban de la tumba que ahora servía de altar tecnológico.
Tomás arrojó la memoria USB sobre el teclado de la computadora.
Salvatierra la tomó con avidez, sus ojos brillando con codicia pura. La conectó en un puerto lateral de la máquina.
La pantalla negra se iluminó inmediatamente con un cartel de advertencia en rojo.
**ACCESO DENEGADO.**
**SE REQUIERE CLAVE BIOMÉTRICA DE NIVEL CERO.**
Salvatierra suspiró, sacando un pequeño escáner óptico del maletín y conectándolo por un cable.
Miró a Valentina con una sonrisa perversa.
—Tu turno, princesa. El anillo y tu sangre. Exactamente como lo diseñó tu brillante padre adoptivo.
Tomás le entregó el anillo de plata a Valentina.
Ella lo colocó en la pequeña ranura del escáner. El dispositivo parpadeó en amarillo, reconociendo el microchip incrustado en el metal.
—Ahora, el toque final —dijo Salvatierra, pasándole una pequeña lanceta médica—. Solo una gota. No te preocupes, soy médico, sé que no duele.
Valentina lo miró con el mayor de los desprecios. Tomó la lanceta, se pinchó el dedo índice sin pestañear y presionó la yema sangrante contra la lente del escáner de cristal.
El silencio fue absoluto. El lector zumbó suavemente.
La pantalla de la computadora parpadeó y cambió a un color verde brillante que iluminó los rostros de los tres en medio de la niebla.
**IDENTIDAD CONFIRMADA.**
**SUJETO R-17 AUTORIZADO.**
**SISTEMA DESBLOQUEADO.**
La interfaz del programa maestro se desplegó ante ellos. Cientos de carpetas, directorios encriptados, listas de nombres reales cruzados con identidades falsas, transferencias bancarias internacionales y mapas de empresas pantalla. Todo el imperio invisible del país estaba servido en esa pantalla de quince pulgadas.