Un año después
La lluvia había comenzado temprano aquella mañana de primavera porteña.
Era un aguacero constante, rítmico, que lavaba las calles de Buenos Aires y dejaba un olor a asfalto limpio y a tierra húmeda en el aire.
Valentina permanecía de pie junto a la gran ventana de su nuevo departamento en Palermo, sosteniendo una taza de café humeante entre las manos, observando cómo las gotas resbalaban lentamente por el vidrio, distorsionando las luces de los autos que pasaban por la avenida.
Sobre el escritorio de madera de roble, justo detrás de ella, descansaba un portarretratos con una única fotografía.
Eran dos personas. Ella y Tomás, sonriendo genuinamente en una playa del sur, con el pelo alborotado por el viento y la piel tostada por el sol.
No había sombras ocultas detrás de aquella imagen. No había identidades falsas, ni miedos ancestrales acechándolos desde los bordes del papel. No había nombres tachados en listas negras.
Eran, simplemente, ellos. En su versión más honesta.
Valentina tomó la fotografía, acarició el marco plateado y sonrió.
Había pasado exactamente un año.
Trescientos sesenta y cinco días desde aquella noche infernal en la bóveda subterránea.
Doce meses desde que apretó aquel botón y miles de archivos encriptados salieron volando hacia el dominio público, destruyendo a la élite intocable.
Todo había cambiado drásticamente. Las réplicas del terremoto de información seguían sintiéndose en los tribunales y en las redacciones de noticias. El país entero seguía asimilando la idea de que un gobierno en las sombras había operado con impunidad durante tres décadas.
Pero para Valentina, el cambio más profundo no había sido social ni político. Había sido interno.
Dejó la fotografía en su lugar y tomó su abrigo del perchero. Salió del departamento y caminó bajo el paraguas hasta el paseo de la Costanera.
Tomás estaba sentado en un banco de madera frente al Río de la Plata. Llevaba una campera gruesa de lana para protegerse de la brisa húmeda del río.
Tenía un libro de bolsillo entre las manos. Uno que habían comprado juntos aquella misma mañana en una librería de usados en la calle Corrientes.
Valentina se acercó en silencio, observándolo desde la distancia por un segundo.
Ya no era el fantasma asustado que había tocado a su puerta en medio de la tormenta. Ya no era el fugitivo paranoico de la estación Constitución. Y ya no era el peón torturado de Daniel Vidal.
Sus hombros estaban relajados. Su postura era la de un hombre que, por fin, había dejado de correr.
No era un libro sobre conspiraciones políticas el que leía.
No hablaba de robo de identidades, corporaciones siniestras, códigos de espionaje o muertes fingidas.
Era, pura y simplemente, una novela de misterio barata. Una historia ficticia donde los crímenes se resolvían en trescientas páginas y los malos siempre terminaban en la cárcel.
Valentina se sentó junto a él en el banco mojado, cerrando el paraguas.
—¿Qué estás leyendo con tanta atención? —le preguntó, rozando su hombro con el de ella.
Tomás levantó la mirada, bajando la portada desgastada para que ella la viera. El título estaba impreso en letras amarillas chillonas.
—Una historia de detectives de los años cuarenta. De las clásicas.
Ella sonrió, arqueando una ceja.
—¿En serio, Tomás? Con todo lo que vivimos, ¿elegís leer sobre crímenes en tu tiempo libre?
—Quería leer algo tranquilo, predecible y con reglas claras. Un mundo donde el detective siempre sabe quién es el asesino en el último capítulo.
—Creo que elegiste muy mal el género para relajarte —bromeó ella, apoyando la cabeza en el respaldo del banco.
Tomás soltó una pequeña y profunda risa, un sonido cálido que ella había aprendido a atesorar como un trofeo de guerra.
Durante unos largos segundos permanecieron en un silencio cómodo, sanador. El río inmenso y marrón avanzaba con pesadez frente a ellos, tragándose la lluvia y los problemas de la ciudad.
—¿Pensás alguna vez en aquella noche en el cementerio? —preguntó Valentina de repente, en un tono suave, sin ánimos de remover el dolor.
Tomás cerró el libro, marcando la página con el dedo, y miró el horizonte gris.
—Todos y cada uno de los días de mi vida.
Ella lo miró a los ojos, buscando algún rastro de arrepentimiento.
—¿Y te arrepentís de algo?
Tomás pensó la respuesta durante unos segundos, midiendo el peso de su pasado.
—De muchísimas cosas. De haber sido un cobarde. De haberte dejado sola. De no haber enfrentado a mi padre antes de que lastimara a tanta gente.
—¿De haber vuelto a tocar el timbre de mi casa esa noche de tormenta?
Él giró el rostro hacia ella y le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—No. De eso no me voy a arrepentir mientras respire.
Valentina bajó la mirada hacia sus propias manos, jugueteando con el anillo de plata que había vuelto a colgar en su cuello, ahora desprovisto de todo su poder tecnológico y convertido en un simple símbolo de amor.
—Yo sí me arrepiento de algo.
—¿De qué?
—De haber creído durante tantos años que estabas bajo esa lápida fría. De haber dejado que me convencieran de que mi vida se había terminado ahí.
Tomás negó suavemente con la cabeza.
—No fue culpa tuya, Vale. Te enfrentaste a los mejores arquitectos de mentiras del planeta. Fuiste una víctima perfecta de su diseño.
—Lo sé.
—Entonces no lo cargues más sobre tus hombros. Ya es suficiente. Soltalo.
Valentina sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina.
—Estoy aprendiendo a hacerlo. De a poco.
Tomás le devolvió la sonrisa, con los ojos brillando de una paz desconocida.
—Yo también estoy aprendiendo. Es un proceso.