El hombre que no debía amar”

La segunda vez

Elena había intentado convencerse de que el encuentro de la noche anterior no significaba nada.
Había sido un accidente.
Un desconocido que había chocado con ella bajo la lluvia, unas pocas palabras y después cada uno había seguido su camino.
Nada más.
Sin embargo, mientras se preparaba para ir a trabajar aquella mañana, no podía dejar de recordar sus ojos.
—Qué tontería —murmuró frente al espejo.
Se acomodó el cabello y tomó su bolso.
—No voy a volver a verlo.
Lo dijo con tanta seguridad que casi consiguió creérselo.
Casi.
Cuando llegó al café, todavía faltaban algunos minutos para abrir. Dejó su bolso detrás del mostrador, encendió las luces y comenzó a preparar todo.
El lugar estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Elena estaba colocando unas tazas cuando escuchó el sonido de la puerta.
La campanilla anunció la llegada de un cliente.
—Buenos días —dijo sin levantar la mirada.
No recibió respuesta.
Extrañada, levantó los ojos.
Y se quedó inmóvil.
Era él.
El mismo hombre de la noche anterior.
Por un instante, Elena olvidó completamente lo que estaba haciendo.
Él estaba de pie junto a la puerta, vestido con una camisa negra y un abrigo oscuro. Su expresión era seria, aunque sus ojos parecían divertirse al verla.
—Buenos días —repitió él.
Elena parpadeó.
—Buenos días.
—Parece que tenemos una costumbre.
—¿Una costumbre?
—Encontrarnos.
Ella intentó sonreír.
—Creo que es la segunda vez. No sé si podemos llamarlo costumbre todavía.
Él soltó una pequeña risa.
—Entonces tendremos que esperar a la tercera.
Elena sintió calor en las mejillas y rápidamente bajó la mirada hacia las tazas.
—¿Qué va a tomar?
—Un café.
—¿Cuál?
—El que usted recomiende.
Elena lo miró nuevamente.
—¿Siempre deja sus decisiones en manos de desconocidas?
—No.
—Entonces, ¿por qué conmigo?
Él guardó silencio durante unos segundos.
—Porque ayer me pareció que sabía lo que hacía.
Elena no supo qué responder.
Terminó preparando el café y lo dejó sobre la mesa.
—Aquí tiene.
—Gracias.
Él tomó la taza, pero no bebió inmediatamente.
—¿Cómo se llama?
Elena dudó.
—¿Por qué quiere saberlo?
—Porque sería extraño seguir encontrándonos sin siquiera saber nuestros nombres.
Ella sonrió.
—Elena.
Él extendió la mano.
—Alejandro.
Sus manos se encontraron durante un instante.
Fue apenas un segundo.
Pero para Elena pareció mucho más.
Retiró la mano rápidamente.
—Espero que disfrute el café, Alejandro.
—Estoy seguro de que sí.
Ella regresó al mostrador.
Intentó concentrarse en su trabajo, pero podía sentir la mirada de Alejandro de vez en cuando.
Pasaron varios minutos.
Él terminó su café, dejó unas monedas sobre la mesa y se levantó.
Elena pensó que se marcharía.
Pero antes de llegar a la puerta, él se detuvo.
—Elena.
—¿Sí?
—Mañana volveré.
Ella arqueó una ceja.
—¿Por el café?
Alejandro sonrió.
—Tal vez.
Y salió.
Elena se quedó mirando la puerta cerrada.
—¿Qué me está pasando?
No tenía ninguna respuesta.
Al día siguiente, Alejandro volvió.
Y al otro también.
Siempre a la misma hora.
Siempre pedía lo mismo.
Un café.
Y siempre encontraba alguna excusa para hablar con Elena.
Al principio eran conversaciones pequeñas.
El clima.
El trabajo.
La ciudad.
Después empezaron a hablar de cosas más personales.
Elena descubrió que Alejandro no hablaba mucho de sí mismo, pero cuando lo hacía, escogía cuidadosamente cada palabra.
También descubrió que sonreía poco.
Pero cuando sonreía de verdad, algo cambiaba completamente en su rostro.
Una tarde, mientras Elena limpiaba una mesa, Alejandro preguntó:
—¿Siempre has trabajado aquí?
—Desde hace dos años.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Aunque tengas que aguantar clientes como yo?
Elena soltó una carcajada.
—Tú no eres tan malo.
—Eso suena decepcionante.
—¿Por qué?
—Esperaba causar una mejor impresión.
Ella lo miró.
—Ya causaste una impresión.
Alejandro dejó de sonreír.
—¿Buena o mala?
Elena sintió que había hablado demasiado.
—No lo sé.
—Entonces todavía tengo una oportunidad.
Ella no respondió.
Porque, en el fondo, sabía que sí.
Alejandro tenía una oportunidad.
Y eso era precisamente lo que empezaba a preocuparla.
Esa tarde, cuando Elena salió del café, encontró una sorpresa.
Alejandro estaba apoyado contra su automóvil.
—¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
—¿A mí?
—Sí.
Elena miró alrededor.
—¿Por qué?
—Quería invitarte a cenar.
Ella se quedó callada.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
—No debería.
Alejandro frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Elena bajó la mirada.
—Porque apenas te conozco.
—Entonces podemos conocernos.
—No es tan sencillo.
—¿Hay alguien más?
La pregunta la tomó desprevenida.
—No.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Elena respiró profundamente.
—Tengo miedo de equivocarme.
Alejandro se acercó un poco.
—Todos tenemos miedo de equivocarnos.
—No todos tienen las mismas razones.
Él la observó en silencio.
Por primera vez, Elena notó algo diferente en sus ojos.
Una tristeza que intentaba ocultar.
—¿También tienes miedo? —preguntó ella.
Alejandro tardó unos segundos en responder.
—Más del que imaginas.
Aquella respuesta cambió algo entre ellos.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué te pasó?
Alejandro negó con la cabeza.
—Otro día.
—¿Por qué?
—Porque si te lo cuento ahora, quizá no quieras volver a verme.
Ella lo miró sorprendida.
—Eso suena bastante serio.
—Lo es.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Finalmente, Alejandro abrió la puerta del automóvil.
—No tienes que cenar conmigo.
Elena pensó que aquello sería todo.
Pero antes de marcharse, él añadió:
—Solo quería pasar un rato contigo.
Ella sintió un extraño nudo en el pecho.
—Alejandro...
Él la miró.
—¿Sí?
—¿Por qué yo?
Alejandro sostuvo su mirada.
—Eso es precisamente lo que estoy intentando descubrir.
Después subió al automóvil y se marchó.
Elena permaneció allí, observando cómo las luces desaparecían al final de la calle.
No sabía quién era realmente Alejandro.
No sabía qué secreto escondía.
Pero había algo que sí sabía.
Quería volver a verlo.
Y eso podía ser el principio de algo maravilloso.
O el comienzo de su mayor error.
Porque algunas personas llegan a nuestra vida para quedarse.
Y otras llegan para cambiarla para siempre.




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