El hombre que no debía amar”

Lo que no podemos sentir

La segunda vez que lo vi, entendí que aquello no había sido una coincidencia.
Había intentado convencerme de lo contrario durante toda la noche.
Me repetí que una ciudad tan grande podía hacer que dos personas se cruzaran más de una vez. Que quizá él ni siquiera me había reconocido. Que aquella mirada que había sentido sobre mí no significaba nada.
Pero sabía que estaba mintiendo.
Porque cuando cerré los ojos, todavía podía verlo.
Su rostro.
La forma en que me había mirado.
Y, sobre todo, aquella pequeña sonrisa que apareció en sus labios cuando nuestras miradas se encontraron.
No era una sonrisa amable.
Era una sonrisa de reconocimiento.
Como si él también hubiera estado pensando en mí.
—No puede ser —murmuré mientras miraba mi reflejo en el espejo.
Tenía el cabello desordenado y los ojos cansados. Había pasado demasiado tiempo intentando descubrir por qué aquel hombre conseguía alterar mi tranquilidad con solo aparecer.
Me alejé del espejo y tomé el teléfono.
No tenía ningún mensaje suyo.
Por supuesto que no.
Ni siquiera tenía su número.
Y, sin embargo, una parte de mí esperaba que apareciera su nombre en la pantalla.
Sacudí la cabeza.
—Esto es absurdo.
Me vestí rápidamente y salí de la habitación.
Necesitaba distraerme.
Necesitaba recordar que había una razón por la que había decidido mantener mi corazón lejos de cualquier hombre.
Especialmente de uno como él.
Cuando llegué al edificio donde trabajaba, todo parecía normal.
Personas entrando y saliendo.
Teléfonos sonando.
Voces mezclándose en los pasillos.
Hasta que escuché una voz detrás de mí.
—Buenos días.
Me quedé inmóvil.
No necesitaba girarme para saber quién era.
Mi corazón lo reconoció antes que mis ojos.
Respiré profundamente y finalmente me di la vuelta.
Era él.
Vestía completamente de negro y sostenía una carpeta en una mano. Su expresión era tranquila, casi indiferente.
Pero sus ojos...
Sus ojos no tenían nada de indiferentes.
—Buenos días —respondí.
Intenté continuar caminando.
—¿Vas a seguir huyendo de mí?
Me detuve.
Cerré los ojos durante un segundo.
Después me giré lentamente.
—Yo no estoy huyendo.
Él dio un paso hacia mí.
—Entonces mírame y dímelo.
Lo miré.
Y ese fue mi error.
Porque durante unos segundos olvidé todo lo que quería decir.
Él también guardó silencio.
Entre nosotros quedó un espacio pequeño, pero parecía contener todo aquello que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.
—No deberíamos hacer esto —dije finalmente.
—¿Hacer qué?
—Mirarnos así.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—¿Así cómo?
—Sabes perfectamente cómo.
Su sonrisa desapareció.
—Sí. Lo sé.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Entonces sabes que esto no puede pasar.
—¿Por qué?
No respondí inmediatamente.
Porque la verdadera razón era demasiado complicada.
Porque él tenía una vida que yo no quería destruir.
Porque yo tenía heridas que todavía no habían cerrado.
Porque algunas personas llegan a nuestra vida en el momento equivocado.
Y porque, a veces, querer a alguien puede ser el peor error que cometamos.
—Porque tú y yo no debemos estar juntos —susurré.
Él bajó la mirada durante unos segundos.
Cuando volvió a mirarme, había algo diferente en sus ojos.
Algo que me hizo perder el aire.
—Tal vez tengas razón.
Sentí un extraño alivio.
Hasta que agregó:
—Pero eso no significa que pueda dejar de pensar en ti.
No supe qué responder.
Él se acercó un poco más.
—Desde aquella primera vez no he conseguido sacarte de mi cabeza.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no quiero escucharlo.
—¿Porque no sientes lo mismo?
Abrí la boca, pero ninguna palabra salió.
Él entendió mi silencio.
Y esa vez no sonrió.
Solo me miró.
—Eso pensé.
Se dio la vuelta y comenzó a alejarse.
Yo debería haberlo dejado marcharse.
Era lo correcto.
Era lo más seguro.
Pero antes de que pudiera desaparecer por el pasillo, escuché mi propia voz.
—Espera.
Él se detuvo.
Se giró lentamente.
Yo caminé hacia él.
Cada paso parecía llevarme más lejos de todo aquello que había prometido proteger.
Cuando quedé frente a él, levanté la mirada.
—No sé qué me está pasando —confesé.
Su expresión cambió.
—A mí tampoco.
—Y tengo miedo.
—Yo también.
Aquella respuesta me sorprendió.
Porque por primera vez comprendí algo.
Quizá él no era tan indiferente como quería aparentar.
Quizá detrás de aquella seguridad había alguien que también estaba luchando contra sus propios sentimientos.
Entonces hizo algo que no esperaba.
Extendió la mano.
No me tocó.
Simplemente la dejó entre nosotros.
Como si me estuviera dando la oportunidad de decidir.
Miré su mano.
Después sus ojos.
Y durante unos segundos pensé en tomarla.
Pero no lo hice.
Retrocedí.
—No todavía.
Él asintió lentamente.
—Está bien.
Me di la vuelta y me alejé.
Pero esta vez sabía que algo había cambiado.
Porque ya no podía fingir que no sentía nada.
Y, peor aún...
Él tampoco podía hacerlo.
Continuará…




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