No acepté verlo de inmediato.
Eso habría sido demasiado fácil.
Intercambiamos mensajes durante tres días.
No constantes.
No obsesivos.
Medidos.
Kael no escribía “¿qué haces?”
Escribía cosas como:
“¿Qué te hace sentir segura?”
O
“¿Prefieres que te entiendan o que te sostengan?”
Eso me irritaba.
Porque respondía.
Y porque mis respuestas no eran ligeras.
El cuarto día dijo:
“Estoy en el mismo lugar del otro día.
No estoy esperando.
Solo estoy aquí.”
No preguntó si iría.
Solo lo dijo.
Tardé veinte minutos en decidir.
Treinta en vestirme.
Una hora en admitir que quería verlo.
El restaurante estaba menos lleno.
Lo vi antes de que él me viera a mí.
Traje oscuro. Sin corbata.
Espalda recta.
La clase de presencia que no necesita volumen.
Cuando sus ojos me encontraron, no hubo sorpresa.
Hubo reconocimiento.
Me acerqué.
—No sabía si vendrías —dijo.
—Dijiste que no estabas esperando.
—No lo estaba. Pero eso no significa que no lo deseara.
Me senté frente a él.
La mesa era pequeña.
Demasiado pequeña.
Mis rodillas casi rozaban las suyas.
—No suelo hacer esto —dije.
—¿Venir?
—Elegir.
No respondió de inmediato.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Como qué?
—Como que estés aquí con la espalda recta pero los hombros tensos.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Me observas demasiado.
—No. Te presto atención.
Silencio.
El mesero interrumpió. Pedimos vino.
Cuando quedamos solos otra vez, Kael apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Valeria, ¿qué fue lo último que te hizo sentir reemplazable?
No era una pregunta normal para una segunda cita.
—Eso es directo.
—La superficialidad me aburre.
—¿Y asumir que alguien ha sido reemplazado no es una suposición?
—No. Es estadística emocional.
Lo miré fijo.
—Mi ex —dije finalmente— decidió que alguien más era más… conveniente.
Kael no reaccionó con lástima.
—Conveniente no significa mejor.
—Significa fácil.
—Y tú no eres fácil.
No fue halago.
Fue constatación.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué fue lo último que te hizo cerrar algo?
Su mandíbula se tensó apenas.
—Mi padre.
Eso me sorprendió.
—¿Murió?
—No. Se enfermó.
Silencio.
—Cuando alguien fuerte se debilita —continuó— entiendes que todo es temporal. Y que depender demasiado de algo puede volverse una pérdida inevitable.
Ahí estaba.
La grieta.
—Entonces no te gusta necesitar.
—No me gusta no poder sostener.
Nos miramos.
Algo se movía entre nosotros.
Más profundo que atracción.
—¿Y qué pasa si alguien quiere que la elijas? —pregunté.
—¿Lo quieres?
La pregunta fue tan directa que me dejó sin aire.
—No me gusta pedirlo.
—Eso no fue lo que pregunté.
El vino llegó.
Agradecí la pausa.
Tomé un sorbo para ganar tiempo.
—Me gusta saber que alguien se queda porque quiere. No porque yo lo suplique.
Kael inclinó la cabeza.
—Mi madre solía decir que el amor no se ruega. Se ofrece.
—¿Y tú qué crees?
Sus ojos bajaron a mis labios otra vez.
Más lento.
Más consciente.
—Creo que a veces ofrecer no es suficiente.
Mi pulso estaba en la garganta.
La tensión ya no era solo intelectual.
Era física.
Sus dedos rozaron los míos cuando ambos alcanzamos la copa al mismo tiempo.
No fue accidente.
Fue mínimo.
Pero el contacto fue preciso.
Mi piel reaccionó antes que mi mente.
No aparté la mano.
Él tampoco.
—Estás temblando —dijo en voz baja.
—No.
—Sí.
—Tal vez es el vino.
—No has tomado lo suficiente.
El aire entre nosotros se volvió más denso.
—¿Siempre analizas así cada reacción? —pregunté.
—Solo cuando quiero saber si alguien está sintiendo lo mismo que yo.
Mi respiración cambió.
—¿Y qué estás sintiendo?
Su voz bajó apenas.
—Que si me acerco un poco más, no vas a apartarte.
El mundo desapareció un segundo.
Mi padre saliendo por la puerta.
Mi ex diciendo “no es personal”.
La sensación de no ser elegida.
Y ahora esto.
La posibilidad.
—No me gusta perder el control —susurré.
—No tienes que perderlo.
—¿Entonces qué?
—Compartirlo.
Su mano se deslizó apenas por la mía.
Lento.
Consciente.
No posesivo.
El roce subió por mi brazo como electricidad contenida.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en la salida.
Estaba pensando en quedarme.
Lo miré fijo.
—Si haces esto —dije en voz baja— no puedes desaparecer después.
Kael sostuvo mi mirada sin titubeo.
—No soy tu padre.
El golpe fue silencioso.
Mi respiración se quebró apenas.
No sabía que lo había notado.
No sabía que lo llevaba tan visible.
—No vuelvas a usar eso —dije.
No fue enojo.
Fue vulnerabilidad expuesta.
Él no se defendió.
—Entonces no uses mi miedo a necesitar como arma tampoco.
Silencio.
Brutal.
Honesto.
Y extrañamente… íntimo.
Mi mano seguía bajo la suya.
Ya no temblaba.
—Esto es peligroso —murmuré.
—Sí.
—¿Y aun así quieres seguir?
Sus ojos no dudaron.
—Sí.
Y esta vez fui yo quien se inclinó apenas.
No para besarlo.
Aún no.
Sino para acortar la distancia.
Porque tal vez, solo tal vez, estaba cansada de llegar temprano a todo.
Y por primera vez…
Alguien estaba ahí al mismo tiempo que yo.