Era en aquel entonces la ciudad Encantada. Lugar donde toda persona habitante de allí era feliz. Cumplían metas, objetivos y sueños. Todos conocían a todos, cada vecino se llevaba bien con el otro. Vivían en total armonía. Tan suave como la luz de la luna llena.
Pero había algo que casi nadie sabía. En un viejo y hermoso castillo vivía un extraño ser de mirada espeluznante. Un ser de fuertes manos y piel pálida más fría que el hielo puro. Nadie más lo acompañaba, era él y su castillo. Pero, ¿quién le había dado vida a ese monstruo? Su historia era larga, pero la contaban así:
Hacía ya cien años, cuando un hombre joven de nombre Patrick se mudó a la ciudad Encantada con el mismo sueño que muchos otros jóvenes de aquella época: ser feliz. No fue mucho tiempo después cuando conoció a una hermosa mujer no mayor que él y, luego de un tiempo de compartir una bella amistad, pasaron a tener un muy feliz matrimonio. Ella se mudó con Patrick, y unos años después, creyeron que ya era tiempo de formar una familia.
Pero lamentablemente, ella nunca logró darle un hijo.
El tiempo se hizo pesado. Cada día, cada mes, cada año perdido sin poder cumplir su más grande sueño, dolía. Su amada empezaba a envejecer y, ver la melancolía en sus ojos cada mañana, lo hizo tomar una decisión.
Tenía que crear vida.
No era científico, pero su padre lo fue hace mucho tiempo atrás. Y le había dejado como herencia un libro, el cuál nunca leyó. Esa mañana de abril, puso en marcha su plan. Juntó y creó piezas, las cosas de la casa poco a poco desaparecían para usarlas en su experimento. Pero aquellos que creyó solo serían días, se hicieron otros duros años de sufrimiento.
Con ello, llegó la decepción de aquella persona que más amaba. La mirada de su esposa lucía cada vez más apagada... más dolorosa, más desolada.
Ya no era el hombre de quién se enamoró. Ese... ese no era su Patrick.
Cuando estuvo a punto de terminar con su único objetivo, el amor de su vida lo abandonó. La casa se sintió vacía. Él se sintió vacío. Las lunas que pasó pensando en ella fueron las que determinaron su siguiente decisión. Porque, aunque sufrió hasta casi darse por vencido, continuó hasta lograr su loca obsesión. Y muy a pesar de que los años le pasaron factura y había desperdiciado más de la mitad de su vida, lo logró.
Le dio vida a su creación y lo llamó «Charlie».
Era un hombre, de piel y labios pálidos. Su cabello era negro y su forma de comportarse era extraña. Quiso enseñarle muchas cosas, una de ellas era sentir emociones, sin embargo, todo era en vano, no lo lograba, pues le faltó construir algo más para su hijo: Un corazón.
Pero tantos años de dedicación no le sirvieron de mucho. Aquella última luna de vida, tomó la mano de Charlie y le dijo sus últimas palabras: «Perdóname, hijo. Si alguna vez logras sentir, si alguien tiene la bondad de darte un corazón, ama a esa persona más de lo que te amo yo a ti».
Charlie creyó que lloraría por la muerte de su padre, pero no fue así. Ninguna queja o sollozo salió de él. Sin embargo, le dio un entierro digno en agradecimiento por darle vida.
Después de ello, Charlie se quedó solo. Nunca más volvió a ver la luz del sol. Se encerró en su propio castillo tan vacío y a la vez tan lleno de soledad. Contó cada día, cada mes, cada año. ¿Alguien vendría por él? No. Ni siquiera pensaba en eso.
No fue hasta aquella tarde en la que una joven chica de mirada dulce decidió ir en busca de aquel ser, había escuchado que era espeluznante, pero nada podía asustarla tanto, ¿verdad? Había sido aquel reto entre amigas que habían hecho. ¿Quién sería la más valiente? Pfff, una rubia tonta no lo sería.
Alto, espera... Ella sí lo fue.
Cargaba un pequeño bolso cuando se encaminó al castillo en lugar de volver a casa. Al llegar, después de pasar por el oscuro bosque, entró sin previo aviso. Abrió las puertas con toda la fuerza que su delgado cuerpo pudo ofrecer y adentró para buscarlo.
¡Pero qué osadía! ¡Cómo se atrevía a entrar al castillo de aquella bestia!
Mhm... ella no lo vio así.
Llegó a la última habitación y entre la oscuridad vio a algo moverse. O a alguien.
—¿Hola?
No contestó. Los nervios que no sintió cuando se armó de valor al ir, se hicieron presente en sus piernas y brazos cuando sus pequeños bellos se elevaron, erizando su piel del miedo. Su voz casi fue un temeroso susurro cuando pronunció:
—Acércate, quiero verte.
Él salió. Su mirada era extraña. Parecía ingenuamente asustado. Con sus ojos fijos en ella, de pies a cabeza, se quedó en su lugar, a varios metros lejos de su presencia.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? Debes irte.
Ella tembló un poco, pero rápidamente sonrió.
—Soy Emma. Y no se me apetece irme. Además, ¿por qué lo haría?
Él parpadeó confundido. Tragó saliva.
—No quiero lastimarte, Emma.
Ella, en lugar de sentirse intimidada, en lugar de correr como todos los demás lo habían hecho de tan solo verlo asomarse a su propia ventana, sintió la necesidad de quedarse con él. De conocerlo. De observar cada detalle de su escalofriante aspecto que pronto era algo demasiado curioso de entender.
Dios, el mundo está tan lleno de maravillas que han sido juzgadas por mucho tiempo.
Pero cuando sus pies decidieron invadir el espacio que aquel joven había estado guardando, sus ojos temblaron. Ese sentimiento de curiosidad pronto fue reemplazado por la incertidumbre. Por la pena. Su aspecto de cerca era... diferente. ¿Por qué tenía la ropa desgarrada? ¿Por qué su rostro, a pesar de ser pálido, lucía... tan apagado?
—No pareces ser peligroso... ¿Por qué no vienes conmigo?
—N-no. Debes irte.
No supo cómo, pero lo logró convencer de al menos quedarse con él unas horas. Tenía tanta curiosidad por él, por quién lo creó, cómo funcionaba, cómo es que pudo vivir tanto tiempo. Y a través de ese sentimiento fue que nacieron las ganas de ir a verlo todos los días. Todas las tardes se quedaba con él y, con la ayuda de una lámpara volvía a casa antes del atardecer.