El edificio parecía aún más viejo que la primera vez.
Las ventanas rotas parecían ojos vacíos observándolo.
Por un momento pensó en regresar a casa.
Pero recordó el mensaje.
"La habitación 217 sigue abierta."
Y siguió adelante.
Empujó la puerta principal.
El viejo metal chirrió.
El sonido resonó por todo el edificio.
Daniel encendió la linterna.
El haz de luz recorrió los pasillos vacíos.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Subió lentamente las escaleras hacia el segundo piso.
Cada escalón crujía bajo sus pies.
Cuando llegó al corredor de pediatría, sintió el mismo frío que había experimentado antes.
La puerta de la habitación 217 seguía allí.
Al final del pasillo.
Pero algo había cambiado.
Ahora estaba entreabierta.
Daniel sintió que el corazón se le aceleraba.
La puerta había estado cerrada la última vez.
Con pasos lentos avanzó hacia ella.
La oscuridad dentro de la habitación era absoluta.
Empujó la puerta.
Esta vez no opuso resistencia.
Entró.
La linterna iluminó paredes descascaradas, juguetes cubiertos de polvo y una cama oxidada.
Todo parecía abandonado.
Hasta que escuchó una voz.
—Gracias por volver.
Daniel giró rápidamente.
Sofía estaba de pie junto a la ventana.
No parecía aterradora.
Parecía triste.
Muy triste.
—¿Qué quieres? —preguntó Daniel.
La niña bajó la mirada.
—No puedo salir.
—¿Por qué?
Sofía señaló una vieja puerta metálica escondida detrás de unos muebles.
—Porque él sigue aquí.
Un estruendo recorrió el hospital.
Las luces del pasillo parpadearon.
Aunque no había electricidad.
La temperatura cayó de golpe.
Y entonces escucharon algo.
Un ruido pesado.
Arrastrándose por el corredor.
Más cerca.
Más cerca.
Más cerca.
Sofía dio un paso atrás.
Por primera vez Daniel la vio aterrada.
—No debía encontrarte...
—¿Quién?
La niña levantó lentamente una mano temblorosa.
Y señaló la puerta.
La sombra de algo enorme comenzó a cubrir el suelo de la habitación.
Como si una figura gigantesca estuviera acercándose desde el pasillo.
Entonces una voz grave resonó detrás de la puerta.
Una voz que no parecía humana.
—Te encontré.
La manija comenzó a girar lentamente.
Y la puerta empezó a abrirse.
Continuará...