Los ojos blancos no parpadeaban.
Solo miraban.
Y desde la oscuridad, algo comenzó a salir.
Primero fue una mano.
Larga.
Demasiado larga.
Luego otra.
Arrastrándose sobre el suelo como si no pertenecieran a un cuerpo humano.
Daniel retrocedió, pero el pasillo detrás de él se deformó aún más.
Las paredes se cerraban lentamente, como si el hospital estuviera respirando.
—Corre… —susurró una voz débil.
Sofía.
Pero no venía de un lugar fijo.
Venía de todas partes.
El ser que emergía del contenedor avanzó un paso.
El suelo se hundió bajo su peso.
Y entonces Daniel lo vio completo por un instante.
No tenía rostro.
Solo una superficie oscura que parecía absorber la luz.
Y en su pecho… algo se movía.
Como si guardara recuerdos dentro.
De pronto, imágenes aparecieron en la mente de Daniel sin explicación:
Niños corriendo por pasillos.
Gritos.
Luces apagándose.
La puerta 217 cerrándose con fuerza.
Y un médico.
El mismo de la fotografía.
Sonriendo mientras activaba el sistema de contención.
La voz grave volvió a resonar.
—Yo los mantuve aquí…
La criatura dio otro paso.
—Para que no salieran…
Sofía gritó desde algún lugar invisible:
—¡Miente!
El hospital tembló.
El techo se agrietó.
La oscuridad se expandió como humo vivo.
Daniel sintió que su cuerpo se congelaba.
Y entonces entendió algo.
No era solo una criatura.
Era el hospital mismo… convertido en algo vivo.
Alimentado por lo que había encerrado.
La voz cambió de nuevo.
Ahora sonaba más humana.
Más rota.
—Si me destruyes… todos ellos desaparecen.
En la oscuridad, comenzaron a aparecer siluetas.
Niños.
Decenas.
Observando desde el interior del contenedor.
Sofía entre ellos.
Daniel sintió el peso de la decisión.
Liberarlos…
o destruir aquello que los mantenía atrapados.
La criatura extendió una mano hacia él.
Y el hospital entero comenzó a colapsar.
Continuará…