El interruptor se activó.
Un sonido seco recorrió todo el hospital.
KRRRNNNN…
Por un segundo, todo quedó en silencio.
Luego… el edificio reaccionó.
Las luces inexistentes explotaron en destellos blancos.
Las paredes se abrieron como si fueran piel.
Y el suelo comenzó a hundirse.
La criatura lanzó un rugido que no era sonido, sino presión.
El aire se volvió pesado.
Daniel cayó de rodillas.
Sofía gritó su nombre desde la oscuridad.
—¡Te dije que no lo hicieras!
Pero ya era tarde.
Las cadenas del contenedor se rompieron por completo.
Las siluetas de los niños comenzaron a moverse.
No salían caminando.
Salían como luz atrapada liberándose de una botella rota.
Uno por uno.
Como recuerdos escapando.
Sofía apareció frente a Daniel por un instante.
Sonriendo con tristeza.
—Gracias…
La criatura intentó avanzar.
Pero el hospital ya no la sostenía.
Todo se deshacía.
Paredes.
Pasillos.
Techos.
Memorias.
El contenedor explotó en una ola de oscuridad que se disipó en el aire como ceniza.
Y entonces… silencio.
Daniel despertó en el suelo de tierra.
Llovía suavemente.
El hospital ya no estaba.
Solo quedaban ruinas antiguas… como si hubiera estado abandonado desde siempre.
No había puertas.
No había pasillos.
Solo restos sin forma.
Daniel se levantó lentamente.
Todo dolía.
Todo era real… o eso creía.
En su mano había algo.
La fotografía.
La misma.
Pero ahora estaba diferente.
Sofía ya no estaba tachada.
Sonreía.
Y junto a ella… otros niños también aparecían claros.
Sin sombras.
Sin miedo.
El viento sopló fuerte.
Y detrás de él, una voz muy suave dijo:
—Ahora estamos libres…
Daniel giró.
No había nadie.
Solo el campo vacío.
Pero en el aire… por un segundo… se escuchó una risa leve.
Infantil.
Lejana.
Libre.
El hospital había desaparecido.
Pero algo de él… había quedado.
Final del caso