Pero no podía.
La oscuridad era absoluta.
No veía nada.
No escuchaba nada.
Solo sentía aquella presencia sujetándolo.
Fría.
Antigua.
Paciente.
De pronto, una luz apareció frente a él.
Pequeña.
Débil.
Como una vela a punto de apagarse.
Y en esa luz vio a Sofía.
—Escúchame con atención —dijo ella—. No queda mucho tiempo.
—¿Qué está pasando?
Sofía bajó la mirada.
—El hospital siempre necesita a alguien.
—¿Alguien para qué?
—Para recordar.
Las paredes comenzaron a aparecer alrededor de ellos.
Primero una.
Luego otra.
Hasta formar nuevamente la habitación 217.
Daniel observó algo extraño.
La habitación ya no estaba vacía.
Había fotografías colgadas por todas partes.
Cientos de ellas.
Tal vez miles.
Niños.
Enfermeras.
Médicos.
Pacientes.
Todos aparecían en las imágenes.
Y en cada fotografía había una sombra oscura observando desde algún rincón.
—¿Quién es? —preguntó Daniel.
Sofía tembló.
—Nadie sabe su nombre.
Antes era una persona.
Hace mucho tiempo.
Pero el hospital lo cambió.
La temperatura descendió.
Las fotografías comenzaron a moverse.
Como si estuvieran vivas.
En una de ellas apareció Daniel.
Una fotografía que jamás había sido tomada.
Él estaba de pie en el pasillo.
Mirando directamente a la cámara.
Y detrás de él...
estaba la sombra.
Daniel sintió un nudo en el estómago.
—Eso no es posible...
—Sí lo es —susurró Sofía—. Porque todavía no ha ocurrido.
Las luces estallaron.
Una por una.
La habitación volvió a quedar oscura.
Entonces una voz surgió desde cada rincón.
Desde el suelo.
Desde las paredes.
Desde el techo.
—Ya es hora.
La sombra apareció frente a ellos.
Más clara que nunca.
Más cercana que nunca.
Y por primera vez...
Daniel pudo ver su rostro.
Y lo que vio lo dejó paralizado.
Porque la sombra tenía exactamente su misma cara.
Continuará...