La figura frente a él tenía su mismo rostro.
Pero no era un reflejo normal.
Sus ojos eran más profundos.
Más vacíos.
Como si hubieran visto demasiados finales.
Sofía retrocedió lentamente.
—Ya empezó a copiarte…
Daniel tragó saliva.
—¿Copiarme… qué?
La figura dio un paso hacia adelante.
El suelo no sonó.
No hizo ruido.
Solo… avanzó.
Las luces parpadearon otra vez.
Pero esta vez, cada parpadeo mostraba algo distinto:
Como si su vida se estuviera mezclando con otra.
La figura levantó la mano.
Y cuando habló, su voz era idéntica a la de Daniel.
—No eres el primero.
El hospital entero respondió a esa frase.
Las paredes vibraron.
Las fotografías comenzaron a caer.
Una tras otra.
Como si el lugar se estuviera despegando de la realidad.
Sofía gritó:
—¡No lo escuches! ¡Eso no eres tú!
Pero la figura sonrió.
—Sí lo es… solo que todavía no lo acepta.
Daniel sintió un dolor en la cabeza.
Imágenes aparecieron sin control:
Una sala de control.
Una decisión.
Un error.
Y una puerta cerrándose para siempre.
La figura dio otro paso.
Y detrás de ella… apareció algo más.
Otra versión de Daniel.
Luego otra.
Y otra.
Todos mirándolo.
Todos con la misma expresión.
Sofía susurró:
—El hospital no crea monstruos…
—Solo divide lo que ya eres.
El suelo se agrietó.
El cuarto 217 comenzó a fragmentarse.
La figura extendió la mano hacia Daniel.
—Ven conmigo… ya es tu turno de quedarte.
Pero algo dentro de Daniel resistió.
No miedo.
No fuerza.
Memoria.
Recordó a Sofía.
Recordó el hospital.
Recordó la salida.
Y entonces gritó:
—¡NO SOY ESO!
El sonido rompió el aire.
Las versiones de él mismo se detuvieron.
El hospital tembló violentamente.
Sofía lo miró sorprendida.
—Eso… no debería funcionar…
La figura retrocedió.
Por primera vez.
Y la habitación 217 se abrió.
No como una puerta.
Sino como una salida.
Una grieta en la realidad.
Sofía tomó la mano de Daniel.
—Si sales ahora… él te seguirá.
La figura sonrió desde la oscuridad.
—Siempre lo hago.
El suelo desapareció bajo ellos.
Y cayeron hacia la grieta.
Continuará…