No era como despertar.
Era como ser reescritos.
Daniel abrió los ojos.
Estaba en el suelo de tierra.
El cielo era real.
El aire también.
Pero algo no encajaba.
Sofía estaba a su lado.
Pero su forma era inestable.
A veces se veía nítida.
A veces, como un recuerdo a punto de borrarse.
—Salimos… —dijo Daniel.
Sofía negó lentamente.
—Solo una parte.
Detrás de ellos, el vacío seguía abierto.
Pero ya no era un portal.
Era una grieta pequeña en el aire.
Como una cicatriz.
Y desde esa grieta…
algo los observaba.
La figura con el rostro de Daniel estaba allí.
Sin intentar cruzar.
Solo mirando.
—No puedes salir completo si yo sigo existiendo —dijo con calma.
El viento sopló.
Y la grieta se cerró parcialmente.
Pero no del todo.
Sofía miró su mano.
Se estaba volviendo transparente.
—Estoy perdiendo conexión… —susurró.
Daniel entró en pánico.
—No, no, no… tiene que haber una forma.
Sofía lo miró.
Esta vez con una paz extraña.
—Sí la hay.
La grieta volvió a abrirse un poco.
Y el hospital apareció… pero solo como sombra lejana.
—Si regreso ahí… puedo estabilizar el ciclo —dijo Sofía.
Daniel la tomó del brazo.
—No vuelves.
Sofía sonrió triste.
—No es volver… es quedarme.
La figura dentro de la grieta levantó la mano.
Como esperando.
—El hospital siempre necesita un ancla —dijo la voz.
Sofía dio un paso hacia atrás.
Su cuerpo se volvía cada vez más débil.
Daniel entendió.
La salida no era completa.
Alguien siempre quedaba del otro lado.
—No… —susurró él.
Sofía lo miró por última vez.
—Gracias por recordarme… incluso cuando no debía existir.
Y sin esperar respuesta…
dio un paso hacia la grieta.
El vacío la absorbió.
Sin dolor.
Sin ruido.
La grieta se cerró.
Silencio.
Daniel cayó de rodillas.
El mundo era real otra vez.
Pero no completo.
En su mano quedó una fotografía nueva.
Solo él.
Y un espacio vacío a su lado.
Continuará…