Él aparecía solo.
Pero el espacio a su lado no era simplemente vacío.
Era un hueco con forma.
Como si alguien hubiera sido arrancado de la imagen.
El viento sopló fuerte.
Y por un segundo… Daniel creyó escuchar la voz de Sofía.
Pero no venía de afuera.
Venía de la foto.
—No estoy perdida…
Daniel levantó la mirada.
El campo donde estaba ya no parecía natural.
Había pequeñas distorsiones en el aire.
Como cicatrices invisibles.
Cada una susurraba cosas distintas.
Fragmentos:
El suelo vibró.
Muy suavemente.
Como un latido.
Y entonces apareció algo nuevo.
No el hospital.
No la grieta.
Algo más pequeño.
Una puerta.
De madera vieja.
Parada en medio del campo.
Sin paredes.
Sin estructura.
Solo una puerta.
Daniel se levantó lentamente.
—¿Esto… es una broma? —susurró.
La puerta se abrió sola.
Dentro no había oscuridad.
Había un pasillo iluminado.
Demasiado limpio.
Demasiado perfecto.
Y al fondo…
Sofía.
Daniel dio un paso hacia adelante.
Pero se detuvo.
Algo no estaba bien.
Sofía no se movía.
No parpadeaba.
Solo lo miraba.
—No soy yo… —dijo su voz desde la nada.
La imagen se distorsionó.
Y el pasillo cambió.
Ahora dentro había el hospital otra vez.
Pero distinto.
Más ordenado.
Más nuevo.
Como si nunca hubiera sido destruido.
La voz del hospital habló suave:
—Se reparó el error.
Daniel sintió frío.
—¿Qué hiciste?
La puerta respondió sin moverse:
—Reemplazamos lo perdido.
Dentro del hospital reconstruido…
Sofía caminaba otra vez.
Pero no lo miraba a él.
Miraba al vacío.
Como si no lo recordara.
Daniel sintió que algo se rompía dentro de él.
La puerta comenzó a cerrarse.
—¡No! —gritó.
Pero la voz respondió:
—El equilibrio siempre vuelve.
La puerta se cerró.
Y desapareció.
Silencio.
Daniel quedó solo otra vez.
Pero ahora sabía algo peor:
El hospital no necesitaba capturar.
Solo necesitaba reescribir.
Y él… ya había sido parcialmente borrado.
Continuará…