Y el mundo cambió otra vez.
La habitación 217 no era una habitación común.
Era más grande por dentro.
Mucho más grande.
Como si contuviera un espacio imposible.
Las paredes estaban cubiertas de marcas.
Nombres.
Fechas.
Y repeticiones del número 217 escritas miles de veces.
Sofía estaba en el centro.
Inmóvil.
Como si estuviera esperando ese momento desde siempre.
—Llegaste al núcleo —dijo ella.
Daniel miró alrededor.
—¿Núcleo de qué?
Sofía bajó la mirada.
—Del hospital… cuando dejó de ser un lugar.
El aire se volvió más pesado.
Y entonces apareció algo detrás de Daniel.
No una criatura.
No una sombra.
Sino una estructura.
El hospital mismo, comprimido en forma humana.
Una voz surgió desde todas partes.
—Aquí se corrige lo que se rompe.
Las paredes comenzaron a latir.
Como un corazón gigante.
Sofía dio un paso hacia Daniel.
—No es un lugar físico… es una idea que aprendió a sobrevivir.
Daniel sintió un mareo.
Todo lo que había vivido comenzó a mezclarse:
Todo era parte del mismo ciclo.
La voz volvió.
—Tú eres el último ancla estable.
Daniel retrocedió.
—No quiero ser eso.
Sofía lo miró.
Con una tristeza profunda.
—No es elección… es estructura.
El hospital comenzó a cerrarse sobre ellos.
Las paredes avanzaban lentamente.
Y entonces…
Sofía hizo algo inesperado.
Tomó la mano de Daniel.
—Si el núcleo se rompe… todo deja de repetirse.
Daniel entendió.
Romper el 217 no era escapar.
Era terminar el sistema.
La figura del hospital avanzó.
—Si haces eso… nada recordará nada.
Sofía lo miró por última vez.
—Ni siquiera nosotros.
Silencio.
Daniel cerró los ojos.
Y tomó la decisión.
Extendió la mano hacia el núcleo.
El centro de la habitación.
Donde todo se originaba.
Y lo tocó.
Continuará…