El núcleo reaccionó como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
Un pulso recorrió toda la habitación.
Luego otro.
Luego un tercero… más fuerte.
Las paredes comenzaron a agrietarse.
Pero no como piedra.
Como realidad.
Sofía dio un paso atrás.
—Ya empezó…
La estructura del hospital-habitación comenzó a descomponerse.
Los nombres en las paredes se borraban.
Las fechas se mezclaban.
El número 217 parpadeaba sin control.
La voz del sistema se quebró:
—ERROR… ERROR… ERROR…
El hospital entero empezó a perder forma.
Ya no era un lugar.
Ya no era una idea estable.
Era algo cayendo sobre sí mismo.
Daniel no soltó el núcleo.
Algo dentro de él lo mantenía conectado.
Como si ahora fuera parte del sistema.
Sofía gritó:
—¡Suéltalo o te vas con él!
Pero Daniel entendió algo distinto.
—Si lo suelto… vuelve a empezar.
El núcleo brilló con intensidad.
Y mostró imágenes:
Todo estaba conectado.
Sofía se acercó rápidamente.
—No tienes que hacerlo solo.
Tomó su mano.
Por un segundo, el sistema dudó.
La voz se distorsionó:
—DOS ANCLAS DETECTADAS…
El núcleo comenzó a sobrecargarse.
Daniel miró a Sofía.
—Si lo rompemos… no habrá regreso.
Ella asintió.
—Lo sé.
Juntos empujaron.
El núcleo se fracturó.
Una línea de luz lo atravesó.
Luego otra.
Y otra.
El 217 comenzó a romperse desde dentro.
El hospital gritó.
Pero no con sonido.
Con existencia.
Todo se desmoronó.
Paredes.
Recuerdos.
Pasillos.
Versiones de Daniel.
Versiones de Sofía.
Y entonces…
Silencio total.
Continuará…