Ni suelo.
Ni aire.
Ni tiempo.
Solo un vacío limpio.
Daniel abrió los ojos.
O al menos creyó hacerlo.
No tenía forma de saberlo.
A su lado… Sofía.
Pero diferente.
Más clara.
Más real.
—¿Estamos… vivos? —preguntó Daniel.
Sofía tardó en responder.
—No exactamente.
El vacío comenzó a transformarse lentamente.
No en un lugar.
En un recuerdo.
Fragmentos aparecieron:
Pero todo estaba incompleto.
Como si alguien intentara reconstruirlo sin todas las piezas.
Sofía miró alrededor.
—No se destruyó… se dividió.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Una forma comenzó a aparecer frente a ellos.
No era el hospital.
No era la criatura.
Era algo nuevo.
Una estructura pequeña.
Inestable.
Como un eco del 217.
La voz regresó… pero débil.
Fragmentada.
—CONTINUIDAD… FALLIDA…
Sofía dio un paso atrás.
—El sistema no murió… se fragmentó.
Daniel entendió.
No habían terminado el ciclo.
Solo lo habían roto en piezas.
Y cada pieza… podía crecer otra vez.
La estructura comenzó a expandirse.
Lentamente.
Pero algo era diferente.
Ya no los reconocía.
Sofía susurró:
—Ahora no sabe quiénes somos…
El fragmento del hospital creció sin dirección.
Sin propósito.
Solo existencia incompleta.
Daniel respiró hondo.
—Entonces hay que terminarlo de verdad.
Sofía lo miró.
—Esta vez… no desde dentro.
El vacío comenzó a abrir pequeñas grietas otra vez.
Pero ahora eran distintas.
No eran entradas.
Eran salidas.
Daniel tomó la mano de Sofía.
—Si esto se repite otra vez…
Ella terminó la frase:
—…ya sabemos cómo detenerlo.
Y caminaron hacia la primera grieta.
Continuará…