El hospital donde nadie se va

Capítulo 2: Los pacientes que no figuran

🕜🖤♠️♣️

Valeria Montenegro descubrió tres cosas importantes durante su segunda noche en el Hospital San Benito:

1. El café sabía peor después de la medianoche.
2. El Dr. Octavio Salazar no parpadeaba lo suficiente.
3. Había nombres en los registros que nadie más parecía ver.

—Explícame esto —dijo Valeria, empujando un expediente sobre el escritorio del control de enfermería—. Porque si vuelvo a ver otro paciente que oficialmente “no existe”, voy a gritarle al aire y no quiero darle ese gusto.

Octavio ni se inmutó. Leyó el expediente con la calma de quien revisa una receta común.

—¿A qué hora lo encontró?

—A las 2:17 a.m. —respondió ella sin pensar.

Octavio alzó la mirada.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.

—Genial —murmuró Valeria—. Ya dije algo importante, ¿verdad?

—Es la hora en que los archivos se actualizan —respondió él.

—¿Se actualizan… solos?

—No exactamente solos.

Desde el pasillo, una tos suave resonó.
Ambos se giraron.

Un hombre estaba sentado en una silla de ruedas frente a la sala tres. Pálido. Tranquilo. Demasiado tranquilo.

—Disculpen —dijo con voz educada—. Llevo esperando mi alta desde 1986.

Valeria se quedó rígida.

—¿Ochenta y… qué?

Octavio suspiró.

—Señor Calderón, ya hablamos de esto. Usted no puede salir.

—Lo sé, doctor —sonrió el hombre—. Pero igual me gusta preguntar.

Valeria dio un paso atrás.

—Octavio… —dijo en voz baja—. ¿Por qué el paciente me atraviesa el reflejo del vidrio?

—Porque no está vivo —respondió él sin dramatismo—. Y porque usted ahora puede verlo.

Silencio.

Luego:

—¿PERDÓN?

Antes de que Valeria pudiera entrar en pánico total, Don Eusebio apareció empujando un carrito de limpieza.

—Ah, el señor Calderón —dijo alegre—. Hoy está más sólido que de costumbre.

—¡EUSEBIO! —exclamó Valeria—. ¡ESE HOMBRE MURIÓ HACE DÉCADAS!

Don Eusebio ladeó la cabeza.

—Sí, pero no se ha ido.

El señor Calderón sonrió, agradecido.

—Exacto.

Valeria se pasó las manos por el rostro.

—Bien. Perfecto. Fantasmas educados. Esto ya no me sorprende.
(se giró hacia Octavio)
¿Por qué yo?

Octavio la miró. Esta vez sin sarcasmo.

—Porque el hospital la eligió.

—¿Eso es una metáfora?

—Ojalá.

Una alarma sonó de repente.
No de emergencia.
Una que no figuraba en el panel.

Luces parpadearon. El aire se volvió frío.

—¿Qué es eso? —preguntó Valeria.

Octavio se acercó a ella, demasiado cerca.

—Alguien intenta irse.

El señor Calderón desapareció.
La silla de ruedas cayó al suelo.

Desde el sótano llegó un golpe seco.
Como si algo hubiera despertado.

Don Eusebio chasqueó la lengua.

—Ay… —dijo—. Ya empezamos temprano hoy.

Valeria tragó saliva.

—Octavio…

—Sí.

—Odio admitirlo.

—Dígalo igual.

—Prefiero estar contigo que sola ahora mismo.

Él la miró con una media sonrisa peligrosa.

—Cuidado, Montenegro. Así empiezan los problemas.

Desde el sótano, una voz grave susurró un nombre.

El de Valeria.

Y el hospital, por primera vez, cerró sus puertas.

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