El hospital donde nadie se va

Capítulo 3: El sótano donde empezó todo

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El sótano del Hospital San Benito olía a humedad, óxido y decisiones que nadie quiso firmar.

—No me mires así —murmuró Valeria, ajustándose la linterna—. Si morimos, quiero que quede claro que yo dije que esto era mala idea.

—Tú siempre dices que todo es mala idea —respondió Octavio mientras bajaba los escalones—. Es parte de tu encanto.

—No me coquetees en un lugar donde probablemente haya cadáveres mal gestionados.

—No estoy coqueteando.

—Entonces eso es peor.

Las luces parpadearon.
La puerta del sótano se cerró detrás de ellos con un clic seco.

—Genial —dijo Valeria—. Encerrados. Qué romántico.

—Concéntrate —dijo Octavio—. Aquí fue donde ocurrió todo en 1986.

—¿“Todo” qué?

Octavio se detuvo frente a un archivo metálico oxidado. Sacó una llave antigua de su bolsillo.

—El error.

El archivo se abrió solo.

Dentro había expedientes manchados, informes incompletos y una lista escrita a mano:

PACIENTES NO EGRESADOS

Valeria pasó las páginas.
Fechas repetidas.
Firmas tachadas.
Y un detalle que le heló la sangre.

—Octavio… —susurró—. Estas causas de muerte están… incompletas.

—Porque no murieron —dijo él—. Se quedaron.

Un sonido se arrastró por el fondo del sótano.
Un arrastre lento. Pesado.

—Dime que eso es Don Eusebio con su carrito —pidió Valeria.

—Don Eusebio no baja aquí —respondió Octavio.

—Por supuesto que no.

La temperatura cayó de golpe.

Una figura emergió de la oscuridad: un paciente con bata antigua, ojos hundidos, la boca cosida con hilo quirúrgico.

Valeria retrocedió hasta chocar con Octavio.

—No mires —ordenó él, sujetándola por el brazo.

—Estoy mirando —susurró ella—. Estoy mirando mucho.

El paciente levantó una mano temblorosa y señaló a Octavio.

—Tú… prometiste —susurró la cosa.

Valeria giró la cabeza lentamente.

—¿PROMETISTE QUÉ?

Octavio apretó la mandíbula.

—Que los ayudaría a irse.

—¿Y no lo hiciste?

—No pude.

El paciente dio un paso más. El hilo de su boca comenzó a romperse.

—Él se quedó —gimió—. Nosotros también.

Valeria sintió cómo algo invisible le presionaba el pecho.
El hospital la observaba.
La medía.

—Octavio… —dijo con la voz quebrada—. Si salimos vivos de esta, voy a gritarte. Mucho.

—Lo sé.

De pronto, el paciente se detuvo frente a ella.
La miró directo a los ojos.

—Tú sí puedes —susurró—. Tú nos ves sin miedo.

—No —respondió Valeria, temblando—. Tengo miedo. Mucho.

—Pero no huyes.

La figura se desvaneció.
El aire volvió a moverse.

Silencio.

Valeria se dejó caer contra la pared, respirando con dificultad.

—No vuelvas a esconderme cosas —dijo—. No soy fuerte como tú.

Octavio se arrodilló frente a ella, serio… pero vulnerable.

—No eres fuerte como yo —admitió—. Eres peor.

Ella lo miró.

—¿Eso fue un insulto?

—Fue una advertencia.

Por primera vez, él no se apartó cuando Valeria apoyó la frente en su pecho.

—Tengo miedo de ti —confesó ella—. Y eso no me gusta.

Octavio cerró los ojos un segundo.

—Yo tengo miedo de que te quedes.

Desde arriba, una campana antigua sonó.

Don Eusebio gritó desde la escalera:

—¡Muchachos! El hospital eligió guardián nuevo!

Valeria levantó la cabeza lentamente.

—¿Guardián… de qué?

Octavio la miró con una mezcla de culpa y algo peligrosamente parecido al afecto.

—De los que no se van.

Y el sótano selló sus puertas.

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