El hospital donde nadie se va

Capítulo 7: Confrontando al director (antes de ensuciarse las manos)

Valeria Montenegro respiró hondo mientras Octavio la guiaba por los pasillos iluminados débilmente.
El hospital estaba inquieto, expectante… como si supiera que algo importante iba a pasar.

—Entonces… —dijo Valeria— antes de que me conviertas en guardiana oficial…
(miró a Octavio)
…quiero hablar con el director.

Octavio frunció el ceño.

—No es buena idea.

—Oh, no —dijo ella—. Las buenas ideas no existen aquí.
Así que vamos con la peor.

Subieron al ala administrativa, donde la oficina del director aparecía de la nada, como si nunca hubiera estado antes.

La puerta se abrió sola.

—Buenas noches —dijo la voz suave, educada y mortal—.
Valeria Montenegro, ¿decidiste finalmente obedecer o solo perder el tiempo?

—No —respondió Valeria, con todo el sarcasmo que le quedaba—. Vine a preguntarle qué diablos espera de mí.

El director sonrió, cruzando los dedos con calma casi insultante.

—Espero que sobrevivas.
Eso es todo.

—¿Eso es todo? —repitió ella, incrédula—. ¡Eso es un maldito manual de horror disfrazado de trabajo!

—Manual —dijo él—. ¿Qué manual?
Aquí enseñamos haciendo.
Aprenderás o… bueno, verás.

—¿Veré qué? —susurró Valeria, sin poder evitar un escalofrío.

—Qué sucede cuando alguien intenta irse.

Valeria recordó a Mateo Ríos y su intento fallido.
—¡No pienso permitir que nadie más pase por eso! —dijo, enfurecida—. No voy a ser cómplice.

—Entonces eres perfecta —respondió el director—. Justamente necesitamos a alguien con voluntad propia.
Pero que pueda aprender a **obedecer cuando la situación lo exige.

—Eso no tiene sentido —dijo Valeria—. ¡Tener voluntad propia aquí es una sentencia de muerte!

—No —dijo él, acercándose—. Tener voluntad propia es la diferencia entre vivir dentro del hospital y ser consumido por él.

Valeria tragó saliva.

—Entonces… si acepto… ¿qué pasa?
¿Me convierto en un fantasma o me dan bata de supervisor?

El director sonrió más ampliamente que antes.

—Ni uno ni otro.
Te entrenaré para ser guerrera viva en San Benito.
Y te aseguro… será divertido.

—Divertido… —murmuró Valeria, con un hilo de ironía—. Eso es como decir que ser arrastrada por un pasillo de sombras mientras alguien te susurra secretos del más allá es “divertido”.

—Exactamente —respondió el director—.
Aprenderás a sobrevivir… y quizás… a disfrutarlo un poco.

En ese momento, Octavio tomó su brazo, mirándola fijamente.

—No puedo enseñarte todo —susurró—. Pero puedo protegerte un poco mientras aprendes.

Valeria lo miró, sintiendo la mezcla más confusa del mundo: miedo, odio, y algo que dolía mucho más que los fantasmas.

—Perfecto —dijo ella, endureciéndose—. Vamos con tu entrenamiento absurdo.
Pero si me muero… será por tu culpa.

—Lo sé —dijo Octavio, con media sonrisa—. Y yo también me muero un poco cada vez que lo hago.

Don Eusebio apareció desde el techo, con su escoba en alto.

—¡Clase práctica! —anunció—. Empezamos con limpieza de fantasmas y manejo de pacientes que no se van.
¿Quién quiere café primero? Porque fantasmas no… pero ustedes sí.

Valeria suspiró, resignada.
—Bienvenido al turno nocturno —susurró—. Donde nadie se va… y todos nos volvemos locos.

Octavio tomó su mano sin permiso.
Valeria lo miró, medio molesta, medio sorprendida.

—¿Qué…?

—Si vas a sobrevivir —dijo él—, necesitas alguien que te cubra la espalda.
Y, bueno… yo no me voy.

Valeria tragó saliva.
—Genial —dijo, sarcástica—. Ya somos un par de muertos en vida… y aún tenemos romance tóxico incluido.

El sótano tembló, el hospital rió, y Don Eusebio chasqueó la lengua.

—Ay… esto va a ser largo.

---

😈🖤😂




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.