El hospital donde nadie se va

Capítulo 8: Entrenamiento nocturno y casi beso

El sótano del Hospital San Benito era un caos organizado.
O, como decía Valeria, “un lugar donde el sentido común viene a morir”.

—Bienvenida a tu primera lección, guardiana —dijo Octavio mientras señalaba una camilla que se movía sola—.
Ese es tu primer paciente.

Valeria parpadeó.

—¿Eso… me va a atacar? —preguntó, levantando la linterna como si fuera un sable láser.

—No. Pero podría empujarte al otro lado del pasillo —respondió Octavio—. Solo practica esquivar.

Antes de que pudiera replicar, una sombra gigante descendió de la pared y cayó sobre la camilla.

—¡OH, DIOS MÍO! —gritó Valeria—.
¿Eso es…?

—Fantasmas de pacientes antiguos —respondió Octavio—. Muy educados, pero con sentido del humor pésimo.

La camilla salió disparada hacia ella. Valeria esquivó y cayó sobre Octavio.
Ambos rodaron por el suelo, respirando fuerte, pegados uno al otro.

—¡Sepárate! —gritó ella, mientras intentaba enderezarse—. ¡Esto no es momento de…!

Octavio estaba demasiado cerca.
Demasiado.
Y, de repente, sus rostros quedaron a centímetros.

—Esto no es… —murmuró él también, atrapando su respiración.

Una sombra chilló detrás de ellos.
Valeria dio un brinco y lo empujó accidentalmente… contra Octavio.

—¡Ahhh! —gritó, y accidentalmente sus labios rozaron los de él en un casi beso.

—¡DIOS! —exclamó ella, separándose—. Esto no… no pasó.

—Sí pasó —dijo Octavio, con media sonrisa—. Y creo que sobrevivimos para contarlo.

Antes de que pudiera replicar, Don Eusebio apareció de la nada, empujando un carrito de limpieza que parecía tener vida propia.

—¡Clase práctica! —anunció—.
Ahora aprendemos cómo esquivar fantasmas mientras se carga un paciente imaginario y se evita besar al médico correcto.

Valeria rodó los ojos.

—¿¡IMAGINARIO?! —gritó—. ¡¡Esto es una pesadilla!!

—Y tú eres la protagonista —respondió Octavio, ayudándola a ponerse de pie—.
Vamos, mueve al paciente… con cuidado.

Mientras Valeria empujaba una camilla invisible, los fantasmas comenzaron a seguirla, haciendo gestos ridículos: aplaudiendo, guiñando el ojo, incluso uno fingió resbalar y cayó sobre Don Eusebio.

—¡AY! —chilló él—. Eso sí que no estaba en el manual.

Valeria suspiró, riéndose a medias, aterrada a medias.

—Esto es… completamente absurdo.

—Y mortal —añadió Octavio—. Pero sobrevivirás… probablemente.

—¿Probablemente? —murmuró ella, mientras esquivaba otra sombra que parecía lanzarle un estetoscopio—.
¿Y si me matan?

—Entonces te conviertes en fantasma educado —dijo Don Eusebio—.
Pero créeme, no se los recomiendo. La fila es larga.

Valeria miró a Octavio, respirando con fuerza.

—¿Sabes? —dijo—. Esto es terror… pero…
(miró sus labios accidentalmente otra vez)
…también es un poco… emocionante.

Octavio frunció el ceño.
—Guarda tus emociones para cuando los fantasmas no intenten matarte.

—¿Y el romance accidental? —replicó ella, sarcástica—. Porque casi te beso hace cinco segundos.

—Casi —dijo él—. Pero sobrevivimos, así que técnicamente ganamos los dos.

Valeria rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír mientras una sombra gritaba algo incomprensible detrás de ellos.

—Bien —dijo Don Eusebio—. Ahora aprendemos cómo correr mientras sostienes café y esquivas la muerte.

Valeria se quedó sin aire.
—Esto… es… el peor trabajo del mundo.

—Y el mejor entrenamiento para sobrevivir —respondió Octavio, tomando su mano mientras corrían juntos del pasillo hacia la siguiente “clase práctica”.

Y así, entre fantasmas que hacían muecas, camillas traicioneras, Don Eusebio haciendo comentarios absurdos y el casi beso que ambos fingían olvidar, Valeria entendió algo:

Sobrevivir en San Benito podía ser mortal… pero a veces, también hacía reír.
Y a veces… incluso podía doler el corazón.

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😈🖤😂




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