El hospital donde nadie se va

Capítulo 11: El secreto de Octavio

El sótano estaba más oscuro que nunca, y los ecos de pasos, risas y susurros parecían multiplicarse.
Valeria avanzaba con Octavio a su lado, su mano rozando la de él casi por accidente… otra vez.

—Vale… —dijo Octavio con voz tensa—. Hay algo que debo decirte antes de que avancemos con la siguiente lección.

—¿Otra cosa imposible de comprender o algo peor? —preguntó Valeria, sarcástica pero alerta—. Porque si es peor que polvo fantasma y casi besos… no sé si sobrevivo.

Octavio suspiró, mirándola a los ojos.
—No es peor… es real.
(silencio dramático)
…Soy parte del hospital.

Valeria lo miró con incredulidad.
—¿Qué… qué quieres decir con “parte del hospital”?

—Nací aquí… y morí aquí —dijo él, casi en un susurro—. Pero no soy como los demás fantasmas.
Puedo interactuar, proteger, entrenar… sobrevivir.
Eso me condenó a quedarme… y a cuidar de quien el hospital elige.

Valeria retrocedió un paso, sintiendo que todo lo que había creído sobre él y el hospital se desmoronaba.

—Así que… —dijo, intentando no gritar—.
…tú eres como… ¿una especie de “guardián fantasma” encubierto?

Octavio asintió.
—Exacto.
Y eso explica por qué sé dónde está cada sombra, cada trampa… y por qué te cubro todo el tiempo.

Valeria se llevó la mano a la boca, tratando de procesar.
—¡Dios! —murmuró—. Todo este tiempo… pensé que solo me molestabas y me salvabas por… razones tontas…
(silencio)
…¡pero eres… parte del hospital!

Octavio la miró, con un brillo que combinaba humor y tristeza.
—Y aún así… me importas.
Más de lo que debería.
Más de lo que puedo permitir… y al mismo tiempo, menos de lo que puedo explicar.

Valeria tragó saliva.
—Eso… eso es… completamente imposible.
Y aún así… no puedo evitar sentir que estoy más cerca de ti que de cualquier puerta de salida.

En ese momento, un fantasma enorme descendió, haciendo un sonido como risa y rugido al mismo tiempo.

—¡Clase práctica nivel “ahora mueren de miedo”! —gritó Don Eusebio desde un rincón, empujando un carrito lleno de frascos de polvo y campanitas—.
¡Usen todo lo que saben y sobrevivan… si pueden!

Valeria y Octavio se lanzaron juntos a la escena, esquivando sombras que imitaban a fantasmas celosos y camillas que se movían como si tuvieran voluntad propia.
Mateo gritaba detrás, cayéndose cada cinco segundos.

—Octavio… —murmuró Valeria, mientras rodaban por el suelo y casi chocaban labios otra vez—.
…si sobrevivimos a esto… tenemos que hablar sobre lo tuyo… y lo mío.

Él la sostuvo más cerca, esquivando un ataque de sombra que parecía un brazo gigante de bata.

—Sobreviviremos —susurró él—.
Y después… resolveremos lo que podamos sobre nosotros.
Pero primero… mantente viva.

El polvo fantasma los cubrió, el hospital parecía reírse con ellos, y Valeria comprendió algo más:

en San Benito, el amor y el terror siempre vienen juntos… y Octavio no era solo un aliado.
Era el corazón del caos… y ella estaba atrapada justo en medio.

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