El hospital estaba vivo, respirando a su alrededor. Las luces parpadeaban, y los fantasmas del pasado se paseaban haciendo gestos ridículos y aterradores al mismo tiempo.
—Bien —dijo Octavio, con la voz temblando un poco de anticipación—. Hoy es la prueba real.
Si no sobrevivimos a esto, nadie lo hace.
Valeria miró a Mateo, quien llevaba ya tres camillas imaginarias, y a Don Eusebio, que arrastraba un carrito lleno de frascos de polvo fantasmal como si fuera un desfile absurdo.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Valeria, ajustándose la bata—. Porque sinceramente, mi cerebro ya renunció.
—Rescatar a Mateo de la “sala de experimentos fantasmas” —respondió Octavio—. Y sobrevivir. Fácil, ¿no?
En cuanto entraron, las sombras comenzaron a imitarlos: una fingía que Octavio resbalaba dramáticamente, otra hacía gestos exagerados de beso hacia Valeria.
—¡AHHH! —gritó ella, rodando para esquivar una camilla que se movía sola—. Esto es ridículo y aterrador al mismo tiempo.
Octavio la sostuvo mientras ambos rodaban al suelo, pegados. Por un instante, sus labios casi se rozaron.
—¡No! —gritó Valeria, separándose—. Esto… esto es mortal y romántico a la vez.
Entre risas nerviosas y polvo fantasmal, lograron rescatar a Mateo. Don Eusebio apareció de la nada.
—¡Clase completada! —gritó—. Sobrevivieron… casi sin morir de amor ni de miedo.
Valeria suspiró, cubriéndose de polvo.
—Perfecto… esto es mi vida ahora.