El enfrentamiento final con el director fue inevitable.
Valeria lo encaró:
—¡Basta! ¡No puedes mantener a todos atrapados aquí para siempre!
El director sonrió, sin maldad, solo diversión siniestra.
—San Benito no olvida… y nadie se va… a menos que demuestres que mereces salir.
Octavio se adelantó:
—Ella merece salir. Y yo también quiero salir contigo, Valeria.
Valeria lo miró, asintió, y juntos enfrentaron al hospital: fantasmas furiosos, pasillos que se retorcían, camillas que casi los aplastan, y Don Eusebio causando caos accidental que, curiosamente, ayudaba a abrir la salida.
—¡Café fantasmal o real! —gritó él—. ¡Última lección!
Valeria y Octavio cruzaron la última puerta, sosteniéndose de la mano. Mateo los siguió, jadeando.
—¡Nunca más intento escapar solo! —dijo con un guiño—. Esto es demasiado.
El director desapareció en un susurro siniestro, dejando una risa resonando en el viento:
—San Benito no olvida…
Valeria y Octavio salieron al pueblo. Exhaustos, cubiertos de polvo y risas, se miraron y se besaron de nuevo, esta vez sin fantasmas que los interrumpieran.
—Sobrevivimos —dijo Valeria—.
—Y juntos —respondió Octavio—.
Y por primera vez, en San Benito, todo parecía… un poco normal.
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