El Hospital Que Te Sigue A Casa

Capítulo 2: Efectos secundarios

😈🖤
Sin bajar la luz. Sin suavizar nada.
El hospital ya empezó a jugar en serio.

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Valeria aprendió algo importante esa semana:

El terror psicológico no llega con gritos.
Llega con pequeñas incoherencias.

Como abrir el refrigerador y encontrarlo demasiado ordenado.
Etiquetas blancas. Letras negras. Fechas.

—¿Desde cuándo etiquetamos la comida? —preguntó, sosteniendo un recipiente que decía:
"Cena — NO ABRIR DESPUÉS DE LAS 22:00”.

Octavio, desde la mesa, levantó la vista muy despacio.

—Valeria… —dijo—.
Eso no es tu letra.
(silencio)
…pero se parece demasiado.

Rieron.

Otra vez esa risa fea, rota, defensiva.

—Bueno —dijo ella—. Si el hospital quiere organizar mi nevera, que al menos tire lo vencido.

Octavio no respondió.

Estaba mirando el reloj.

Marcaba las 21:59.

El clic que hizo cuando pasó a 22:00 sonó… clínico.

El refrigerador se apagó.

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Esa noche salieron al pueblo, convencidos de que la normalidad ajena podía ser contagiosa.

Error clásico.

En la cafetería, el ambiente era cálido, lleno de risas falsas y cucharitas chocando…
hasta que el camarero dejó el café frente a Valeria.

—Aquí tiene —dijo con una sonrisa amable—.
Sin azúcar. Como siempre.

Valeria lo miró.

—Yo no tomo café sin azúcar.

El camarero parpadeó una vez.

—Claro que sí —respondió—. Desde su ingreso.

Silencio.

—¿Ingreso a dónde? —preguntó Octavio, ya tenso.

El camarero sonrió más fuerte.
—Ay, disculpen. Me confundí.

Se alejó.

Mateo, sentado frente a ellos, dejó la taza lentamente.

—No quiero asustarlos —dijo—.
Pero mi cucharita tiene grabado un número.

La giró.

312-B.

Valeria sintió el estómago caer.

—Esa era… —empezó.

—La sala donde intenté escapar —terminó Mateo—.
(silencio incómodo)
Diez de diez. No recomiendo.

Humor negro.
Risa breve.
Miradas tensas.

El café sabía amargo.
No por falta de azúcar.
Por memoria.

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Esa noche, Valeria ya no soñó.

Estaba despierta cuando escuchó a Octavio hablar… dormido.

—No fue un accidente —murmuró él—.
Yo acepté.

Valeria se incorporó lentamente.

—¿Aceptaste qué, Octavio?

Él abrió los ojos.

Demasiado lúcidos para alguien recién despertado.

—El hospital no mata al azar —dijo—.
Negocia.

Valeria sintió frío.
—Explícate.

Octavio se sentó al borde de la cama, pasándose la mano por el rostro.

—Yo no “morí” como te dije —confesó—.
Yo estaba muriendo.
Y San Benito me ofreció quedarme… a cambio de algo.

—¿De qué? —susurró ella.

Octavio no la miró.
—De no irme nunca del todo.

Silencio largo.
Pesado.

—Entonces… —dijo Valeria—.
¿Salir contigo fue… parte del trato?

Octavio levantó la cabeza, herido.
—No.
Tú no estabas en el acuerdo.
Tú fuiste… el error.

Eso dolió.
Porque no sonó cruel.
Sonó honesto.

—El hospital no me siguió por accidente —continuó—.
Me siguió porque yo sigo siendo suyo.
Y ahora…

Las luces parpadearon.

Una.
Dos.

Desde el pasillo llegó un sonido suave.

Ruedas.

Valeria se puso de pie de inmediato.
—No hay camillas aquí.

Las ruedas se detuvieron frente a la puerta.

TOC.
TOC.

Valeria respiró hondo, con una sonrisa tensa.
—Genial.
¿Quién invitó al trauma a dormir?

La puerta se abrió sola.

No había nadie.

Solo una silla de ruedas.

Y sobre ella, un papel doblado.

Octavio lo tomó con manos temblorosas.

Leía:

Seguimos vinculados.
Efectos secundarios: recuerdos compartidos, espacios inestables, apego emocional.
Advertencia: el amor no rompe contratos.”

Valeria lo miró, con una risa seca.
—¿Ves?
Ni el hospital cree en finales felices.

Octavio la abrazó, fuerte.
—No voy a dejar que te quite.

Desde la silla, algo suspiró.

Y por primera vez, el hospital no sonó paciente.

Sonó… celoso.

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