😈🖤
Valeria descubrió que lo más aterrador no era ver cosas que no estaban.
Era no estar segura de las que sí.
Todo empezó con una foto.
Una simple foto enmarcada sobre la repisa de la sala.
Valeria pasó frente a ella con una taza de té… se detuvo… retrocedió dos pasos.
—Octavio —dijo con voz neutra—.
¿Desde cuándo tenemos una foto del hospital en la casa?
Octavio levantó la vista desde el sofá.
—No tenemos ninguna—
Se quedó callado.
La foto mostraba la entrada de San Benito.
Antigua.
En blanco y negro.
Y frente a la puerta… estaban ellos dos.
Más jóvenes.
Más cansados.
Con expresiones que Valeria no recordaba haber tenido.
—Eso… —murmuró Octavio—.
Eso no pasó.
Valeria tragó saliva.
—¿Estás seguro?
Octavio la miró.
No con miedo.
Con algo peor.
—Sí —dijo—.
Porque si esa foto es real…
significa que volvimos.
Silencio.
—Ja —rió Valeria, forzando una carcajada—.
Bueno, tal vez es una metáfora visual del trauma.
La foto crujió suavemente.
El marco se rajó.
Valeria dejó la taza sobre la mesa.
—Ok.
Metáfora muy agresiva.
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Salieron al pueblo.
Necesitaban gente. Ruido. Pruebas de realidad.
Error número dos.
En la plaza, una señora se acercó a Valeria con una sonrisa dulce.
—Qué bueno verla caminando otra vez, mija.
Valeria parpadeó.
—¿Perdón?
—Después de lo suyo… —continuó la mujer—.
Pensé que no volvería a levantarse de la cama.
Octavio intervino rápido.
—Creo que nos confunde con otra persona.
La mujer negó con la cabeza.
—No, no.
Usted es la del ala norte.
La que gritaba de noche.
Valeria sintió que el suelo se inclinaba.
—Yo… nunca estuve internada —dijo.
La mujer frunció el ceño.
—Claro que sí.
Todos lo estuvieron, de una forma u otra.
Se alejó tarareando una melodía que Valeria había escuchado en sueños.
—Ok —dijo Valeria, respirando rápido—.
Estoy oficialmente incómoda.
—Valeria… —empezó Octavio.
—No —lo cortó—.
No me digas que es “normal”.
Nada de esto es normal.
Y entonces lo escuchó.
No con los oídos.
Con la cabeza.
—Paciente consciente.
—Orientada en tiempo, parcialmente en espacio.
—Negación persistente.
Valeria se detuvo en seco.
—¿Oíste eso?
Octavio negó lentamente.
—No.
Eso fue peor.
—Octavio… —susurró—.
Creo que el hospital me está evaluando.
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Esa noche, Valeria encontró algo en el cajón de su buró.
Una carpeta.
Blanca.
Con su nombre completo.
VALERIA — HISTORIA CLÍNICA
—Esto no es gracioso —dijo, riendo sin humor.
Octavio la abrió con manos temblorosas.
Las hojas estaban llenas.
Notas.
Observaciones.
Fechas… de antes de que se conocieran.
—Esto es imposible —dijo él—.
Yo habría sabido si estabas aquí.
Valeria leyó en voz alta:
—“Paciente presenta apego emocional al sujeto O.”
(silencio)
"Sujeto O actúa como ancla y detonante.”
Levantó la vista.
—¿Detonante de qué?
La última página estaba escrita a mano.
Con una letra elegante, conocida.
“Si Valeria recuerda, el vínculo se fortalece.
Si niega, el hospital intervendrá.
Pronóstico: amor complicado por condiciones estructurales.”
Valeria soltó una risa seca.
—¿Ves?
Ni siquiera el terror psicológico se molesta en ser optimista.
Octavio se acercó, desesperado.
—Esto es culpa mía.
Yo abrí la puerta.
—No —respondió ella—.
La cruzamos juntos.
Se miraron.
Silencio largo.
—Octavio… —dijo ella—.
Si descubro que alguna parte de mí pertenece al hospital…
Él la interrumpió, tomándole el rostro.
—Entonces la arrancamos de ahí.
Aunque me cueste a mí.
Ella cerró los ojos.
—Eso no fue parte de ningún trato, ¿verdad?
—No —susurró él—.
Y eso es lo que más miedo me da.
Las luces se apagaron.
Y una voz —suave, profesional, casi cariñosa— habló desde ninguna parte:
—La paciente progresa.
—El apego es estable.
—Preparar siguiente fase.
Valeria abrió los ojos, temblando.
—Octavio…
Desde el pasillo, algo rodó lentamente hacia ellos.
No una camilla.
Una cama.
Y sobre la almohada…
una pulsera hospitalaria.
Con su nombre.
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