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Al hospital no le gustó sentirse observado.
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El castigo no fue inmediato.
Fue educado.
Eso lo hizo peor.
La casa —o lo que fuera ahora— amaneció impecable. Demasiado.
Las grietas habían desaparecido. El silencio había vuelto… pero no era el mismo.
Valeria se dio cuenta al mirarse al espejo.
No había reflejo.
No oscuridad.
No distorsión.
Simplemente… nada.
—Octavio —dijo sin levantar la voz—.
Ven aquí. Ahora.
Él apareció detrás de ella y se quedó helado.
—Ok —murmuró—.
Eso definitivamente no estaba en el manual de “efectos secundarios normales”.
Valeria levantó una ceja.
—¿Ves? Ni siquiera me está borrando.
Solo… me está omitiendo.
El espejo crujió suavemente, como una garganta incómoda.
—La paciente V presenta incompatibilidad estructural.
—Ah —respondió ella—.
¿Ahora soy un error del sistema?
—Corrección.
—La paciente no puede ser integrada completamente.
Octavio sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Silencio.
Uno largo.
Medido.
—Porque la paciente no fue reclamada.
Valeria frunció el ceño.
—¿Reclamada por quién?
El aire vibró.
Y entonces, Don Eusebio apareció… nervioso.
Eso sí era nuevo.
—Miren —dijo rápidamente—.
Antes de que San Benito siga con esta… conversación incómoda…
hay algo que deben saber.
—Me encanta cuando el terror empieza así —murmuró Valeria.
Don Eusebio respiró hondo.
—El hospital no crea vínculos desde cero.
Solo aprovecha los que ya existen.
Octavio cerró los puños.
—¿Y Valeria?
—Valeria —dijo Don Eusebio—
ya tenía algo que el hospital no pudo copiar.
La luz cambió.
No se apagó.
Se volvió… antigua.
—Tú no viniste por Octavio —continuó—.
El hospital te dejó entrar porque…
ya estabas marcada.
Valeria sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Marcada cómo?
La voz regresó. Más fría.
—La paciente V presenta interferencia previa.
—Entidad externa registrada.
Octavio dio un paso atrás.
—¿Entidad… externa?
Valeria negó lentamente.
—No.
No me digas que ahora tengo un fantasma premium o algo así.
Don Eusebio soltó una risa nerviosa.
—No exactamente.
Las paredes comenzaron a mostrar imágenes.
Una Valeria niña.
En una cama.
No hospitalaria.
Una casa vieja.
Una abuela rezando.
Un susurro que no sonaba clínico… sonaba protector.
Valeria se llevó la mano a la boca.
—Yo… estuve muy enferma de niña.
Octavio la miró.
—Nunca me lo contaste.
—Porque no lo recuerdo bien —susurró—.
Solo… sombras.
Y una sensación de que algo se quedó conmigo.
El hospital retrocedió.
No físicamente.
Conceptualmente.
—Interferencia no médica.
—Riesgo de contaminación.
Valeria sintió un calor extraño en la espalda.
No miedo.
Presencia.
—Entonces… —dijo despacio—
¿no puedes tocarme porque no soy solo tuya?
Silencio absoluto.
Don Eusebio sonrió, pálido.
—Exacto.
Y eso, querida…
te convierte en una contraindicación ambulante.
Mateo apareció de la nada, comiendo papas.
—O sea que…
¿ella es alérgica al hospital?
Valeria lo miró.
—Me encanta esa definición.
El hospital se enfadó.
Las luces se encendieron y apagaron violentamente.
—La paciente V debe ser aislada.
Octavio se interpuso de inmediato.
—No.
Valeria lo tomó de la mano.
—No puede conmigo —susurró—.
Pero puede contigo.
Eso dolió más que cualquier susto.
—Escúchame —continuó ella—.
Si el hospital no puede tocarme…
va a usar lo que sí puede.
Octavio.
Y como si hubiera entendido,
una puerta apareció al fondo del pasillo.
Blanca.
Simple.
Con un letrero:
ALA DE ESTABILIZACIÓN — SUJETO O
Valeria sintió el aire irse de sus pulmones.
—No.
La voz habló, firme.
—Tratamiento alternativo aprobado.
—Separación terapéutica.
Octavio la miró, intentando sonreír.
—Ey…
ya sobrevivimos a cosas peores.
Valeria negó, con lágrimas contenidas.
—Esto no es lo mismo.
Porque esta vez,
el hospital no quería evaluarlos.
Quería romper el vínculo por donde más dolía.
Y desde algún lugar que no era clínico,
algo antiguo y silencioso dentro de Valeria
despertó.
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