El Hospital Que Te Sigue A Casa

Capítulo 9: Pronóstico reservado

😈🖤🩸🖤😈🏥

El hospital dejó de intentar ser sutil.

Eso fue lo primero que notaron.

No más evaluaciones grupales.
No más gráficos pasivo-agresivos.
No más “procedimientos estándar”.

El aire cambió.

Ya no era clínico.
Era expectante.

Como un quirófano segundos antes del primer corte.

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Valeria seguía abrazando a Octavio cuando lo sintió.

No la presencia antigua.

Eso ya no era novedad.

Era otra cosa.

Una concentración.

Como si cada pared, cada baldosa, cada recuerdo almacenado estuviera girando hacia ellos.

—Nos está midiendo —susurró ella.

—¿En centímetros o en tragedia? —murmuró Mateo desde el fondo.

Nadie rió.

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El pasillo comenzó a reorganizarse.

No se movía violentamente.

Se reacomodaba.

Puertas aparecían.
Otras desaparecían.
Las salidas se multiplicaban.

Demasiadas opciones.

—Eso no es bueno —dijo Don Eusebio con el ceño fruncido—.Cuando San Benito ofrece alternativas…es porque ya eligió el final.

Una pared se abrió mostrando tres puertas.

Cada una con una placa metálica.

ALTA DEFINITIVA
REINGRESO PERMANENTE
TRASLADO

Octavio sintió que el estómago se le hundía.

—Eso es manipulación de manual.

La voz respondió con serenidad quirúrgica:

—Pronóstico reservado.—El vínculo compromete la estabilidad estructural.—Decisión requerida.

Valeria soltó el abrazo lentamente.

—No vamos a elegir así.

—La omisión también es una elección.

Mateo levantó la mano.—Pregunta honesta: ¿qué pasa si rompemos las tres?

Silencio.

Don Eusebio lo miró con interés.

—Esa… no está en protocolo.

Valeria dio un paso adelante.

La presencia dentro de ella se activó como una brasa soplada.

Calor en la columna.
Presión detrás de los ojos.

—No quieres que elijamos —dijo ella—.Quieres que confirmemos algo.

La luz parpadeó.

—Explicación imprecisa.

—No —insistió—.Si uno se queda, el otro se rompe. Si nos vamos, te debilitamos. Si nos trasladas…nos conviertes en otra historia clínica.

Las puertas vibraron.

Octavio la miró.

—¿Qué estás pensando?

Valeria tragó saliva.

—Que el hospital no es el edificio.

Silencio.

Mateo parpadeó.—Por favor dime que no estamos dentro de una metáfora.

—Estamos dentro de un sistema —corrigió ella—.Y los sistemas sobreviven porque nadie cuestiona la raíz.

Don Eusebio dejó caer la sonrisa.

—Cuidado.

Demasiado tarde.

---

El suelo se volvió transparente por un instante.

Debajo no había cimientos.

Había camas.

Cientos.

Miles.

Apiladas en capas.

Recuerdos.
Miedos.
Decisiones no tomadas.

San Benito no era un hospital.

Era acumulación.

—Tú no curas —susurró Valeria—.Retienes.

El edificio crujió.

No con enojo.

Con revelación.

---

Octavio dio un paso a su lado.

—Si somos una anomalía…

—Somos un error estadístico —terminó ella.

Mateo murmuró: —Siempre supe que moriría por mala matemática.

Valeria extendió la mano hacia las tres puertas.

No para abrirlas.

Para tocarlas al mismo tiempo.

La presencia antigua dentro de ella no empujó.

No atacó.

Se expandió hacia abajo.

Hacia lo que sostenía todo.

Las placas comenzaron a oxidarse.

Las letras se distorsionaron.

ALTA DEFINITIVA se convirtió en
ALTA DIFERIDA

REINGRESO PERMANENTE se fracturó en
DEPENDENCIA

TRASLADO se deshizo en
PROPAGACIÓN

El hospital respiró con dificultad.

—Interferencia estructural.—Advertencia.—Advertencia—

Octavio tomó la otra mano de Valeria.

—Si esto explota…

—Explota contigo —respondió ella.

Y por primera vez, no sonó romántico.

Sonó definitivo.

---

Las luces se apagaron por completo.

Oscuridad real.

No clínica.

En la negrura, la voz cambió.

Ya no era amable.

Ya no era profesional.

Era antigua.

—No pueden destruir lo que los sostuvo.

Valeria sintió que esa frase era verdad.

En parte.

El hospital había evitado muertes.
Había ofrecido permanencia.
Había negociado con el miedo.

No era puro mal.

Era obsesión.

—No queremos destruirte —dijo ella en la oscuridad—.Queremos que nos sueltes.

Silencio.

Largo.

Profundo.

Y luego—

Un latido.

No de monitor.

De algo más grande.

Octavio apretó su mano.

—Valeria… creo que estamos en el centro.

Ella lo supo.

El núcleo.

El lugar donde el hospital decidía quién era paciente… y quién era historia.

Y algo dentro de esa oscuridad empezó a formarse.

No una puerta.

No una sala.

Una figura.

Alta.

Hecha de batas superpuestas y pulseras hospitalarias.

Sin rostro.

Con todas las voces.

San Benito.

No el edificio.

La voluntad.

—Evaluación final —dijo.

Mateo dio un paso atrás.—Ah, genial. El jefe final.

Don Eusebio susurró algo que no sonó a broma:

—Si lo enfrentan…ya no hay reinicio.

Valeria miró a Octavio.

Él la miró de vuelta.

—Nunca hubo reinicio —dijo él.

La figura extendió algo que parecía una mano.

En ella, dos pulseras hospitalarias.

Una con el nombre de Octavio.
Otra con el de Valeria.

—Uno debe quedarse.—El sistema no tolera doble anomalía.

Valeria sintió el peso de la verdad.

El hospital no quería amor.

Quería equilibrio.

Y ellos… lo habían roto.

Octavio tomó aire.

—Si tengo que—

—No —lo cortó ella.

La figura inclinó la cabeza.




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