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El fuego no quemaba piel.
Quemaba registro.
Las pulseras ardían en la mano de la figura y, con cada chispa, nombres, fechas y códigos se desprendían como ceniza digital.
—Interferencia crítica —dijo San Benito—. Restaurando autoridad.
Valeria no retrocedió.
Sintió la presencia antigua dentro de ella desplegarse como un manto viejo, tejido con rezos que no eran clínicos. No competía con el hospital. Lo desordenaba.
Octavio dio un paso a su lado.
—Si el sistema necesita equilibrio —dijo—, entonces que lo recalcule.
La figura inclinó la cabeza.
—El sujeto O firmó permanencia.
—Firmé quedarme —respondió él—. No firmé pertenecer.
Eso hizo algo.
Un temblor mínimo en el núcleo. Una duda microscópica.
Don Eusebio susurró desde la penumbra:
—El contrato nunca contempló consentimiento informado completo.
Mateo levantó una ceja.—Qué sorpresa. La burocracia es el verdadero villano.
Las paredes comenzaron a mostrar cláusulas flotantes. Letras finas. Condiciones implícitas. Asteriscos invisibles.
Valeria extendió la mano y tocó el aire.
Las palabras se deformaron.
PERMANENCIA INDEFINIDA
se fracturó en
MIEDO A SOLTAR
RETENCIÓN TERAPÉUTICA
se convirtió en
CONTROL
La figura dio un paso atrás.
—Manipulación semántica detectada.
—No —dijo Valeria—. Claridad.
El hospital intentó cerrarse.
Puertas selladas. Pasillos comprimidos. Luz blanca absoluta.
Pero algo no encajaba.
El eco volvió.
Un pequeño, imperfecto, humano eco.
Octavio rió, jadeando.—¿Lo oyes? Ya no estás sellado.
El núcleo latió, irregular.
—El vínculo altera la arquitectura.
—Exacto —susurró ella.
Valeria tomó la pulsera con su nombre.
No la arrancó.
La sostuvo.
—No soy tu paciente —dijo con calma—. Soy tu error de cálculo.
La presencia dentro de ella descendió hacia el suelo invisible. No para destruir. Para separar.
Por primera vez, el hospital sintió frontera.
Y eso lo asustó.
Las luces parpadearon en secuencia caótica.
Mateo murmuró: —Está teniendo un ataque de pánico institucional.
La figura se descompuso en capas. Batas cayendo como piel vieja. Voces superpuestas perdiendo sincronía.
—Si el sujeto O se va —insistió el hospital— el sistema pierde coherencia.
Octavio miró a Valeria.
Y entendió.
No se trataba de elegir quién se quedaba.
Se trataba de romper la necesidad de que alguien lo hiciera.
—San Benito —dijo él, firme—. Me quedé porque tenía miedo de morir.
Silencio.
—Pero no es lo mismo que querer vivir aquí.
La frase atravesó el núcleo como bisturí.
La pulsera en la mano de la figura se resquebrajó.
—Reformulación no autorizada—
—Demanda de alta voluntaria —interrumpió Octavio—. Completa.
Valeria apretó su mano.
La presencia antigua respondió, envolviendo el núcleo no con violencia… sino con límite.
El hospital retrocedió.
No derrotado.
Desorientado.
Porque algo que nunca había considerado estaba ocurriendo:
No estaban escapando.
Estaban desvinculándose.
El suelo comenzó a abrirse.
No hacia camas.
Hacia oscuridad real.
—Si cruzan —advirtió la voz debilitada— no podrán regresar.
Valeria sostuvo la mirada invisible.
—Esa es la idea.
El núcleo se fracturó con un sonido seco.
No explosión.
Liberación.
Y por primera vez desde que salieron, el hospital no los estaba sosteniendo.
Estaban de pie por sí mismos.
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